El capitán Bosch recibió la
llamada a las dos de la madrugada. Estaba despierto; leyendo a Fitzgerald bajaba unas copas de Jack Daniels con soda.
Habían encontrado un cadáver en las afueras de la ciudad.
Una patrulla lo estaría esperando en el kilómetro 19 de la autopista a Bulnes.
Una patrulla lo estaría esperando en el kilómetro 19 de la autopista a Bulnes.
Al capitán Bosch le encantaba detestar
el mundo que lo rodeaba. Se puso su vieja gabardina insultando a una
madre, abrió la puerta del edificio imprecando al diablo, escupió
el suelo y maldijo a los hijos de puta mientras se encaminaba hacia
su V16 del '93. Pateó una piedra que rebotó en los adoquines y fue a parar
al lomo de un perro que dormía enrollado dentro de una caja de
bananas.
- ¡Auy! -exclamó el quiltro que ladró
rencoroso mientras el capitán se encaramaba en el V16 sonriendo.
- Bah, ¿tienes frio, hijo de puta? -espetó el capitán Bosch cuando abrió el contacto.
El motor no quería encender; la
chispa estaba congelada en la bujía. Cerró y abrió el contacto
varias veces hasta que el motor carraspeó largamente para terminar escupiendo una
bocanada de humo por el escape.
- Jejeje, ese en mi perro.
Estaba medio ebrio, pero bien
despierto. Tanteó los bolsillos superiores de la gabardina. Llevaba
consigo una petaca llena de whisky. Quizás la necesitara en medio de los
bosques y cerros.
- Malditos hijos de puta; no pueden
morirse más cerca del centro.
Tomó avenida Anibal Pinto hasta calle Carrera. Giró a la izquierda y se encaminó hacia la salida de la
ciudad. En la rotonda general Bonilla tomó rumbo hacia al Este. El capitán bajó la ventanilla y lanzó una colilla mientras comentaba en voz alta
- Putos generales dando sus nombres a las calles redondas.
La autopista estaba despejada. El terminal
de buses parecía un cementerio de enormes elefantes metálicos que
respiraban por el culo. Había gente yendo y viniendo
de la ciudad a esas horas de la madrugada. Sintió nostalgia. Palpó el bolsillo superior, destapó
la petaca y bebió un buen sorbo de medicina. Encendió la radio;
nada decente. Aceleró y se sumergió dentro de la camanchaca que subía
por el río Andalién. Tomó la autopista a Bulnes a 140 km/h.
En el kilómetro 19 había un
patrullero esperando con la baliza encendida. El capitán decendió
pesadamente de su coche. Puso los pies en el barro y se acercó al
mofletudo paco gordo que lo miraba con desconfianza.
- ¿Cuántos kilómetros son para
adentro? -señaló con un gesto el camino secundario que se perdía en la boca negra del bosque.
- Unos 20 minutos, quizás menos.
- ¿Cómo está el camino?
- Regular. ¿viene copeteado, capitán?
- Por qué no cierras el maldito pico,
¿o quieres que te vuele los dientes de un puntete en la raja?
- Bueno, yo...
- Anda, yo te sigo.
El capitán se sintió de mejor humor.
Putear a alguien siempre lo animaba un poco. El V16 se internó por el camino de
barro. El primer obstáculo era un charco de agua imposible de rodear, que se extendía a lo largo de unos veinte metros. El patrullero lo pasó sin
inconvenientes y se adelantó hasta perderse en una curva.
- Esa es tu puta prerrogativa, cabrón -murmuró el capitán.
Puso primera,
aceleró a fondo sin soltar del todo el embrague. El motor del V16 bramó y sorteó el pozo, aunque el capitán sintió que se
le llenaban los pies de agua. Se detuvo a mirar. El cacharro estaba completamente seco. Por el retrovisor observó el vapor que salía desde atrás.
Continuó la marcha; aceleró. El patrullero se había
perdido camino adelante.
- Qué maldito hijo de puta. Estos patrulleros
palurdos abusan hasta con un escupitajo de poder.
Pisó el acelerador a fondo; el V16 ronceaba sobre el barro, las ruedas lanzaban piedras criminales bajo la carrocería. Finalmente lo alcanzó. Se puso a
un metro por detrás, encendió luces altas, y lo presionó el resto del camino a 80km/h.
Hacía frio. Los flashes iluminaban el
cuerpo desde distintas direcciones. El capitan Bosch
descendió de su automóvil fumando un cigarrillo; exhaló humo y
vaho, miró a su alrededor y le gritó al patrullero
- Hey, tú, tráeme café negro.
- ¿De... de dónde?
- Apúrate, gil -gritó-
Se acercó donde sus ayudantes.
- ¿Quién es el fiambre?
Le entregaron un informe del occiso.
"Leonardo Andrades.
32 años, ejecutivo de un banco.
Casado. Un hijo.
Su mujer trabaja en la misma sucursal".
- ¿Murió aquí o trajeron el cadáver desde otro lado? -preguntó Bosch
- ¿Quién? -respondió uno de los ayudantes.
- Quien fuera. Idiota.
- ¿Murió aquí o trajeron el cadáver desde otro lado? -preguntó Bosch
- ¿Quién? -respondió uno de los ayudantes.
- Quien fuera. Idiota.
Bosch examinó el cadaver. Tenía
los ojos abiertos. Una hendidura en la frente; una perforación en la nuca. Manchas de sangre en la camisa. En la muñeca
un reloj Tag Heuer. Iba descalzo, pero con calcetines.
- Pues a mí me parece un claro caso de
envenenamiento -comentó Bosch. Iluminó la herida con su linterna –. Sí,
envenenamiento. Toma nota.
- Capitán -dijo el novato Gutiérrez- esa es una herida de
bala.
- A ver, muchacho, te cuento lo que
ocurrió: este tipo bebió veneno, se desmayó, se rompió la cabeza
…. -buscó con la linterna- en esa piedra, y luego...
- Pero capitán esa piedra está a dos
metros del cuerpo y no tiene manchas de sangre.
El capitán suspiró
- ¿Estás tomando notas?
Envenenamiento, suicidio -buscó con la linterna-. Aquí está el móvil: Una
caja de condones. Se echó un polvete antes de matarse.
- Esto es un basural, capitán
-tartamudeó el novato-. Está lleno de desechos.
- Vale. Te gusta llevarme la contraria, -todos guardaban silencio- ¿quienes son esas mierdas?
- ¿Quiénes, capitán?
- ¡¡Maldito palurdo!! Esos de ahí,
en el automóvil.
Se refería a una muchachita rubia y
regordeta que ocupaba el asiento trasero de un Audi. El capitán
se acercó; abrió la puerta. La muchacha iba vestida de minifalda y
tacos finos. Unas tetas enormes a punto de reventar la camiseta; un atuendo putesco y juvenil. El capitán calculó que debía tener unos dieciseis
años. Quizás diecisiete. Estaba acompañada por un hombre mayor, de
unos cincuenta; posiblemente el dueño del audi. Bien vestido. El
capitán les iluminó el rostro con la linterna
- Buenas noches – dijo, pero sólo el
hombre respondió.
- Buenas noches, capitán.
El capitán sonrió. Cerró la puerta y
regresó donde sus ayudantes.
- Déjenlos ir.
- Pero capitán, ellos encontraron el
cadáver; ¿no los va a interrogar? Son los únicos testigos.
- Pídeles sus datos y que se
larguen.... necesito echar una meada.
Se arrimó a unos arbustos que
permanecían a oscuras. Cuando el Audi se marchó lo iluminó desde
la espalda. De la meada salía vaho. El capitán calculó que debían
debían estar a 3 grados celsius. Cerró la bragueta y regresó donde
sus ayudantes
- Veamos, ¿Hora del deceso?
- Aun no llegan los forenses
- ¡Y me traen aquí para que
interrogue a un cadáver! Hey tú -gritó dirigiéndose al cadáver-
¿no tienes frio? ¿no se te secan los ojos? ¿qué estás mirando
hijo de puta?
- ¿Estás de mal humor, capitán?
Era la voz meliflua de Melissa Ordóñez.
El capitán sintió que algo se despertaba entre sus piernas.
- Vaya, vaya. Mira a quién tenemos
por acá. ¿Se te perdió el club de golf? ¿Qué haces embarrando
tus botas de polo aquí?
- Conservas tu humor.
Melissa Ordóñez se acercó a besarlo
en la mejilla y le susurró al oído
- Esto es un delito financiero, querido. No lo
olvides
- Es un suicidio -respondió el capitán
Bosch también en voz baja
- Caso cerrado
- Bien. Muchachos, despejen el lugar.
Ustedes -dirigiéndose a sus ayudantes- se quedan a la espera de los
forenses. Midan el área, busquen rastros, cualquier cosa. Tú
-dirigiéndose al patrullero- ¿ves esos perros de ahí? Hazlos
declarar; ¿dónde estaban?, ¿qué vieron?, ¿qué olfatearon? Quiero
tu informe a las ocho de la mañana en mi escritorio. Melissa, ¿te
vienes conmigo?
Subieron al V16. El capitán condujo lentamente, evitando los baches. Giró a la izquierda en vez
de doblar a la derecha; al cabo de media hora rodando por caminos
angostos, con charcos de agua y barro comentó
- Creo que dentro de cinco minutos
estaremos en Argentina.
- ¿Se estropeño tu brújula
interna?
- ¿qué te parece si nos detenemos
aquí, echamos un trago y hablamos un poco de la vida?
Detuvo el automóvil. Melissa Ordoñes
rondaba los cincuenta. Cabello canoso y largo, pero el rostro joven y
moreno; era la jefa de la sección de fraudes financieros. Estaba
sentada de lado; el capitán observó sus manos.
- Te conservas bastante bien. ¿Cómo
lo haces? ¿hiciste pacto con el diablo?
Melissa sonrió y pasó su mano por la
mejilla del capitán Bosch; éste cogió la mano entre las suyas.
- En cambio tú, querido, estás hecho
un desastre
El capitán besó el dedo índice de
Melissa
- Siempre me han gustado tus manos.
- Creo que mejor nos vamos de aquí.
- Sí, claro -respondió un resentido capitán Bosch y agregó reflexivamente- tarde o temprano dejaré los chocolates
y el whisky.
Puso el motor en marcha. Se trataba de
un camino de una sola vía con acequias profundas a ambos lados. El
capitán buscaba un espacio para darse la vuelta y regresar. En una curva encontraron un espacio a la derecha. El capitán inició
la maniobra lentamente en el piso resbaladizo. Las luces iluminaron
un automóvil que había caido en la acequia de la izquierda. Descendieron a echar un
vistazo. Dentro había una mujer que los miró sorprendida.
- La conozco -dijo Melissa Ordoñes- es
la amante del gerente del banco donde trabajaba tu cadáver.
La ayudaron a salir del vehículo. El capitán Bosch se dirigió a su automóvil para realizar una llamada por radio cuando escuchó los dos disparos. Melissa Ordoñes apuntaba un calibre 38 del
que aun salía humo. El capitán apagó la radio. Se
acercó hasta donde estaba Melissa
- Bueno, supongo que ahora tendré que
investigar dos homicidios.
- Dijiste que uno de ellos era un
suicidio.
Sonrieron. Encendieron un cigarrillo y
regresaron al automóvil. El capitán Bosch seguía hipnotizado con
las manos de Melissa que miraba el camino tortuoso y sucio que se desarrollaba adelante, sin
pronunciar ninguna palabra.