Me enteré que mi hermano
perteneció a las SS por casualidad. En su guardarropa mantenía una
revista con la esvástica. Yo temía preguntar. Siempre fue un tipo
reservado. Eran los primeros meses después de la guerra. Algunos
soldados regresaban a casa; otros desaparecieron para siempre. Berlín
estaba hecho polvo. Recogíamos las colillas de los cigarrillos
americanos y las cambiabamos por pan o pescado. A menudo pasaba las
tardes pescando en el Spree.
Los americanos
resultaron ser bastante simpáticos. Mascaban chicle y calentaban sus
alimentos en tarros. Nos enseñaron a decir “ok” y “fuck you”.
De cualquier modo las chicas alemanas no eran de su interés. Estaban
desnutridas. Todos temíamos las represalias. Cuando aparecieron las
primeras familias judías nos escupían en la calle. Un par de veces
despertamos con los vidrios rotos. Amenazas de incendio. Tuvimos que
mudarnos al barrio de Neukölln; con edificios recién construidos
para los ex-soldados. El departamento era pequeño, con un solo baño,
pero cálido en invierno.
Teníamos que compartir
la habitación. Mi padre había muerto; mamá daba clases de piano
por la mañana y trabajaba en un almacén por las tardes. Mi hermano
intentaba rearmarse. Había participado en la guerra. Había
pertenecido a las SS. Lo único que sabía era de armas, de combate y
de reducir al enemigo judío. Por las tardes se reunía con Erik, un
amigo del departamento de enfrente. Se enfrascaban en discusiones
mientras yo practicaba las sonatas de Beethoven al piano.
Erik también había
sido un SS. Después de la guerra se casó con la frau Olga; treinta
años mayor. Ella había recibido una herencia sustancial, se sentía
sola y necesitaba protección. Eran tiempos difíciles. Llegaron al
departamento de enfrente pocas semanas después que nosotros. Frau
Olga fumaba un cigarrillo tras otro y olía a tabaco. Tenía la voz
ronca y pastosa. Por las mañanas la oía carraspear con fuerza y
luego escupir. Yo imaginaba que sus flemas debían ser como el hollín
de un panzer, y que nunca se desharía de ellas del todo.
Erik eran un holgazán.
A veces mi hermano lo recibía en calzoncillos; se encerraban en el
baño a fumar. Ese verano mi madre compró un ventilador Kässel. Era
el único aparato eléctrico que teníamos en casa, además de la
radio. Fue un verano caluroso y polvoriento. Se cocinaba en las
calles; a ratos olía a pólvora. Por las noches soñaba que en
cualquier momento comenzaba la guerra. Veía paracaidistas invisibles
en todas partes, bombas cayendo del cielo como azarosas gotas de
lluvia. Recibimos las primeras imágenes de lo que los americanos
habían hecho en Hiroshima un año antes; todos sufrimos pesadillas.
Mamá apareció temprano esa tarde.
-
¿Tu hermano?
-
Fumando en el baño -
La sonata “Pathetique”
me estaba dando problemas. Mamá se detuvo junto al piano a escuchar unos compases; corrigió mis imprecisiones y agregó
- Tu
hermano no fuma.
Luego se dirigió al baño. Tras unos minutos regresó y
dijo molesta
- Tú
nunca serás concertista; debes volver al instituto.