Era jueves y ambos teníamos libre. Sofía se paseaba en bata. Debían ser las
doce del día. Quizás menos. Se sientó a mi lado en el sofá. Tomó una revista y la hojeó sin
prestarle atención. Cogió mi taza de café y bebió un sorbo. No me
molesta que beba de mi taza, pero si la vacía no irá por más. Así
que la rescato de sus manos. Entonces cambia de canal: CNN Chile,
están entrevistando a un ministro.
- ¿Qué vas a cocinar hoy?
- ¿Yo? -pausa- Con esta lluvia no salgo a
comprar nada
- ¿Por qué no preparas salmón?
No respondo. No hay salmón.
El
ministro está entre las cuerdas. La presidenta no se pronunció
sobre el tema de cohecho en su gabinete durante la semana. En el
norte del país un senador recibió dinero de la industria pesquera.
Pagaron campañas, compraron votos en el senado para aprobar la ley
de pesca.
- No hizo nada que no haga todo el
mundo -responde el ministro- la política debe financiarse.
- Estamos hablando de cohecho, señor
ministro
- Eso es algo que tendrán que
definir los tribunales
- ¿No le parece que si un senador está
siendo investigado debería inhabilitarse?
- Esa es una decisión personal; por lo
demás, en un estado de derecho como el nuestro los tribunales actúan de manera independiente. Debemos confiar en nuestros
tribunales.
- Sus declaraciones fueron distintas en el caso bombas, donde los inculpados fueron puestos en prisión preventiva.
- Son cosas distintas; estábamos hablando de actos terroristas.
- Le recuerdo que finalmente todos fueron declarados inocentes, aunque pasaron 18 meses detenidos en la cárcel de alta seguridad.
Pero Sofía aun está preocupada por el almuerzo.
- Estoy segura que hay Salmón o mariscos en el congelador.
- ¿Qué te parece si preparo este chorito?
Deslizo mi mano entre sus piernas. No
lleva calzones. Se queda quieta, mirando el televisor, como una
faraona indiferente siendo atendida. Me acerco y la acaricio;
besos sus senos, su cuello. Muevo dos
dedos lentamente, como un prestidigidador, su vientre se tensa, pero ella no reacciona; ella está pegada a
la pantalla. No mueve ningún músculo de la cara. Tanda de
comerciales.
- Ese ministro es bastante guapo, ¿no
crees? -dice como si nada.
- ¿Quién? -
Me incorporo y alejo, pero retiene
mi mano entre sus piernas. Entonces me mira y sonríe.
Estábamos en la cocina; aun en bata.
Yo descorchaba una botella de vino. Acaba de ducharse, huele fresca y
sana. Algo hierve en una olla. El vapor inunda el lugar. Los vidrios
se empañan. Lleva bata de toalla, pantuflas y calzones. Yo no me he
duchado. Sirvo una copa y la bebo de un sorbo. Lleno otra para ella.
Se la ofrezco desde atrás y rozo, con todo lo que se llama púbis,
su culo; mi mano va hacia el calzón y acaricio sus muslos por debajo de
la bata; es sólo un gesto. Me gusta acariciar su piel y su carne.
- ¿Avanzaste algo anoche?
Se refiere a mi novela. A una novela
que supuestamente estoy empeñado en escribir. Detesto
hablar de mi novela; principalmente porque no avanzo nada y no tengo
nada que contar.
- ¿Cuándo me vas a mostrar algo?
Estoy segura que debe ser muy interesante
Renté un departamento pequeño para usarlo como estudio. Puse un sillón, una mesa y sillas. Algunas noches duermo ahí. Lo utilizo como vía escape. Frente al departamento hay bares. La noche anterior estuve allí bebiendo vodka y conversando con el tipo de la barra. Llegué al estudio a eso de las ocho de la tarde; me recosté en el sofá y dormí hasta las once. Tuve pesadillas. Me incorporé para escribirlas, pero una vez sentado frente al computador la abulia se apoderó de mí. Volví al sofá molesto. Me paseé por la pequeña cocina, por el baño. Me miré al espejo y finalmente bajé al bar.
- ¿Y a tí desde cuándo te interesa
la literatura?
Se molesta. Me deja solo en la cocina.
Bebo otra copa y luego bebo otra más. En el televisor un programa de medio día.
Un muchacho está de pie frente una mesa
con los ojos cubiertos. Ponen ante él un objeto. El joven escanea
con las manos desde lejos
- Una cuchara - dice.
- Es maravilloso, ¿verdad? -comenta
emocionado el conductor del programa- Pero no hay que sorprenderse.
Los niños índigo vienen a la tierra
con un propósito: a iluminar, a guiar a los seres humanos. Son
una compensanción de la naturaleza en un mundo materialista.
La encuentro en la habitación
acostada, dandome la espalda. Noto la curva de sus caderas debajo de
las sábanas. Entro al baño a mear sintiendo los efectos del vino. Me visto y me echo
a la calle.
Está lloviendo, pero no demasiado. Grandes charcos de agua rodean la salida
del edificio, como en los castillos antiguos. Las gotas de lluvia
salpican el agua que reflejan el cielo gris. Me agrada caminar bajo
la lluvia. Llevo buenos zapatos y un paraguas. Antes de salir dejé
una nota sobre la mesa “Voy al super a comprar salmón”. A mi
izquierda - y un poco lejos - corre el rio BioBio, pálido y silencioso.
Los bosques de enfrente se ven verdes y robustos, pero son sólo
pinos. El aire huele limpio. El motor de los buses ronronea.
El supermercado es ámplio y
suficiente. Apenas ingreso veo el rostro del índigo multiplicado y amplificado cien veces en las pantallas planas y de alta definición. Los colores resplandecen e hipnotizan. El guardia, un tipo alto y gordo, me mira satisfecho. Más allá
las máquinas eléctricas para
calefaccionar ambientes, para calentar fideos, para hervir papas. Ollas
eléctricas, freidoras eléctricas, cucharas eléctricas, tenedores
eléctricos. Todo lo necesario para hacer la vida más cómoda y
confortable. Me deslizo por el pasillo de zapatos, camisas,
camisetas, pijamas, cubrecamas, parcas a precios ridículamente bajos
“made in China”. El chino que fabricó estos productos ganaba medio dólar al
día y tenía que vivir en la ribera de un río lleno de mierda y
grasa para poder sustentar precios módicos en una ciudad que nunca conocerá al otro lado de su mundo.
Echo un vistazo detallado a los vinos y licores. Hay mucho para elegir. Toda clase de vodkas, rones y tequilas. A Sofía le gusta el tequila. Se vuelve alegre y grosera cuando bebe
tequila, pero lo que más me gusta es que se pone descarada y
caliente.
En fiambres encuentro un matrimonio
cincuentón. Ella empuja el carro con cara de princesa ofendida y
desganada mirando la amplia variedad de cecinas. Él habla por
teléfono en voz alta, con una papa en la boca; quiere que todos lo
escuchen, quiere que todos lo vean y noten lo grandioso que es: gira
sobre sus pies, mira hacia arriba, toma una lata de conservas y la
deposita en el carro; cambia de parecer, toma otra cosa, la extrae
nuevamente, la deja sobre una mesa. Coge longanizas secas y
ahumadas selladas al vacío, revisa vinos, agarra botellas. Lo
observa todo, pero su mirada no se detiene en nada; es un tipo
hiperkinético. Todo lo que le rodea son bultos, desde su mujer hasta los tarros de conserva. Está dando indicaciones a alguien. Me alegro de
estar semi-ebrio en un lugar así.
Hacia adelante tengo la panadería, la
botillería, la cafetería, las legumbres, los alimentos sin sal, con
sal, con poca sal, con sal artificial, con sal orgánica
- ¿Dónde están los pescados?
Pregunto a un tipo pálido que me mira medio
aturdido. Viste delantal de cocina y gorrito verde. Sólo
escucho que dice
- guan flen flei iiiy.
No, no habla otro idioma. El
supermercado contrata personas con “capacidades distintas” para
reponer, limpiar, trasladar cajas y realizar cualquiera de los trabajos
menores. Así, la clase media se siente bien consigo misma por ser
inclusiva y tolerante.
Me dirijo hacia donde señaló el tipo
y observo que una señora muy bonita abre una botella de bebida
amarilla para su hijito y me pregunto si podré hacer lo mismo, pero
con una cerveza. Este es un país libre, acá todos somos honrados.
En fin, me dirijo al sector cervezas e intento sacar la chapa de la botella con
una llave. No soy experto en estas materias, así que tardo un poco,
pero finalmente la chapa cede. Bebo un buen sorbo. La cerveza está
tibia, pero es negra, espesa, y tiene buen sabor. Todo cobra sentido nuevamente.
Camino hacia los pescados. Encuentro al
matrimonio cincuentón. Esta vez el tipo me resulta simpático: un
gracioso parlanchín. Deberían hacer juguetitos mecánicos basándose
en sus actitudes y movimientos; estoy seguro que les iría bien. Me
asombro de mi agudo sarcasmo; lamentablemente no tengo público, así
que me rio solo. Es evidente que la cerveza y el alcohol desatan
sinapsis en mi cerebro.
No hay pescados frescos. Todos
congelados o envasados al vacío; éstos últimos son los que más
detesto porque huelen mal. La razón es que les ponen un gas para
evitar que se descompongan. Estoy reflexionando en el gas y en los
malos olores cuando alguien me toca la espalda.
- Señor, no puede beber aquí.
Hago acopio de toda la ingenuidad y
sorpresa para responder
- ¿Por qué? Si la voy a pagar.
- ¿Podría acompañarme, por favor?
Es un tipo alto, joven y bien
adiestrado. Camino a su lado y doy un par de sorbos extras a la
botella. Nos encontramos con un mamut enorme y rechoncho, con
pliegues de carne rodeandole el cuello como una bufanda y pienso
“oh-oh”. Entonces, todo mi agudo sarcasmo cede paso a una
civilizada cobardía
- Oiga, no quiero problemas.
Lléveme a alguna caja, pago la cerveza y me voy... no sabía que no
se podía...
- Sí, señor, pero tenemos que
ingresar el producto en la oficina
Responde el mamut con despiadada
cortesía y pienso en los campos de concentración nazis y en las
artimañas de las que se valían para llevar los prisioneros a las
“duchas”. Me siento un judío atrapado en una trampa con un
señuelo amable.
- No lo quiero acompañar a ninguna
parte. Llévese la botella e ingrésela usted. Yo lo espero aquí. No
me iré de acá.
- Señor, necesito tomarle sus
datos
- Tómelos acá, ¿qué necesita
saber?
Se miran los dos. Finalmente, el joven
bien adiestrado se lleva la botella y regresa con un formulario que
me hacen responder en voz alta. Nombre, edad, rut, dirección, teléfono, correo electrónico
- ¿Por qué necesitan saber tanto?
-pregunto molesto
- Señor, beber en un lugar público es
un delito.
Palabra clave: Delito. Palabra
atemorizante. Nadie quiere cometer un delito, nadie quiere ser un
delincuente. Entonces, me emputeció que quisieran atemorizarme
- ¿Me van a tomar detenido o van a
torturarme con preguntas? No pienso darles tanta información; si quieren llamen a los pacos.
Me conducen hasta una caja donde hacía
fila el matrimonio cincuentón. El muchacho se queda a mi lado como
un custodia. Hace un gesto a la cajera y pasamos primero que todos.
El parlanchín me mira como si fuera un neumático viejo
a la orilla del camino. Debió pensar que habían atrapado a un
delincuente. Pagué la cerveza y noté que había más gente observándome con desconfianza. Otro guardia me escoltó hasta la salida
y se aseguró de dejarme bien fuera de ese mundo.
Afuera llovía a torrentes. ¿Mi
paraguas? Lo había dejado olvidado en un estante cuando destapé la cerveza. ¿Qué hacer?
Caminar bajo esta lluvia torrencial me parecía tan indigno como
volver a entrar para recuperar mi paraguas. Mi solución estaba estacionada a un
par de metros. Hice un gesto y se detuvo delante de mí un automóvil
negro.
- Buenas tardes, señor -saludó el
conductor
- Buenas tardes.
- ¿Mucha lluvia?
- Sí. Bajo este chorro de agua no se
puede caminar.
- ¿Dónde lo llevo señor?
Le di la dirección. Me llevó hasta
el edificio de Sofía. Pagué y dejé algo de propina.
- Muchas gracias señor, que tenga una
buena tarde.
Con un par de billetes había vuelto a ser un Señor nuevamente. Así es la vida de la clase media moderna.
Encontré a Sofía de mejor humor. La nota
no estaba sobre la mesa. Ella estaba viendo los experimentos del índigo.
- Un reloj- decía la compensación de la naturaleza, con los ojos cubiertos, en este mundo materialista y desconfiado.
- ¿Vas a hacer salmón, entonces?
- No había salmón en el supermercado
-respondí tratando de parecer frustrado.
- ¿Fuiste al supermercado? Ahhh, mi
bebé hermoso. Y ¿por qué no preguntaste acá abajo, en la esquina? Venden
congelados. Mariscos, verduras. De seguro tienen salmón u otro
pescado
Así que en la esquina.
Bajé
nuevamente; con otro paraguas. El portero -un vejete sapo y
entrometido- me lanza
- Lo mandaron de nuevo.
No respondí.
En efecto, en la esquina había salmón
fresco. No congelado ni sellado al vacío: fresco; aunque a un precio
de clase media. Pagué y salí. Afuera las nubes se abrieron para
dejar pasar unos rayos de sol. Todo estaba mojado. El sol, la humedad, el índigo, el supermercado, el frío, el portero del edificio, el salmón fresco... todo me produjo un enorme hastío de la vida. Quise
mandar todo a la mierda. ¿por qué no preparamos lentejas
simplemente?
Lentejas, ¿qué otra cosa se puede
comer un jueves de invierno? Lentejas, unas botellas de vino, valses
peruanos o Miles Davis y por la tarde la ribera del río.
Puse el salmón en una bandeja, sal de
mar, aceite de oliva, pimienta negra, merquén y al horno
- ¿Vas a hacer puré?
Había bebido varias copas de tinto; me sentía de mejor humor.
- No hay papas, amor.
- Hay que ir al supermercado.
Así era nuestra vida por aquel entonces. Sofía salió a
comprar papas en auto. Yo me quedé bajando el resto de la botella.
Hice un catastro: quedaban seis botellas de tinto y tres de blanco,
además de las cervezas. Necesitaba alcohol para soportar el ritmo, y
para hacerme soportable. Yo no era escritor; no me sentía parte de
nada, ni de la clase media, ni del cuerpo de bomberos. La clase media se siente parte algo, la
profesión les provee cierto sentido de identidad, o al menos eso pretenden. Me
asomé a la ventana y miré hacia el balcón de enfrente. Estaban
entrando ropa. Un gato también se asomó a mirar; observó el movimiento
desquiciado de los automóviles abajo, observó los rayos de sol que
se colaban por entre las hendiduras de las nubes, y luego me
miró a mí. Nos miramos un rato, y luego regresé a llenar otra
copa.