martes, 2 de febrero de 2016

Succión


Encontré una mosca detenida dentro del enrejado del ventilador, detrás de las aspas. La mosca se frotaba las patas delanteras. Una con otra, como una mujer que se esparce crema por los brazos. Primero la pata derecha restregaba la pata izquierda; después la pata izquierda hacía lo mismo con la derecha. Pasó ambas patas por sus cinco mil ojos; se quitó las legañas. Las patas de en medio también participaron, y con eso finalizó el acicalamiento de su tren delantero. Realizó algo similar con el tren trasero. Esto incluía sus patas, sus alas y el tren posterior. Parecía hada pulcra, y reflexioné en el concepto erróneo que tenemos de las moscas al considerarlas seres sucios y respulsivos. Decidí que a partir de entonces, les permitiría detenerse en mis sándwiches o en cualquiera de mis comidas. Entonces encendí el ventilador.

La succión atrajo a la mosca hacia las aspas y tuvo que aferrarse al enrejado. Para los que no saben física, esto se debe a que el ventilador empuja el aire hacia afuera por la parte delantera y succiona el aire por su parte posterior. Funciona como una bomba y la mosca estaba atrapada en esas leyes de la física de los fluidos. En fin, la mosca no parecía tener problemas con la fuerza del aire. Se aferraba bastante bien; era una simple contrariedad tener que soportar una pequeña ráfaga de viento. La velocidad del ventilador estaba en baja; la subí a media. Con velocidad media vas a tener problemas. Ahora veremos cómo te sienta un poco de presión. El primer efecto que observé fue que se levantaron las alas de la mosca y también noté que en sus patas se manifestaba cierta tensión. No sé si las moscas tienen fibras musculares, pero estoy seguro que si las tienen, éstas estaban tensas. Se agarraba con fuerza. La mosca soportaba bien y salvo por sus alas no movía un músculo; con cualquier movimiento se hubiera traicionado a sí misma. ¿Estaba nerviosa?, ¿pasó su vida por delante de sus miles ojos?, ¿se acordó de dios? Yo era dios en ese momento y aun me quedaba la tercera velocidad.

Sin embargo, me conmovió la actitud pertinaz de la mosca, aferrándose a la vida, soportando aquella presión. Así que decidí darle una oportunidad. Si la mosca es tan obstianda para resistir esta presión tiene derecho a vivir. Me compadecí y apagué el ventilador. Le permitiría escapar, rehacer su vida con otra mosca, dejar descendencia, quizás salir de viaje de vez en cuando, ¿qué sé yo? Pero la mosca no quiso escapar. Se mantuvo en su posición. Ella estaba decidida a permanecer en ese lugar y yo pensé que esa batalla la había ganado la mosca. Pero tenía curiosidad, quería saber cómo acabaría la mosca si subía a máxima velocidad. Encendí el ventilador a toda potencia.

La mosca ni pestañeó. Se estaba aferrando con la punta de las patas, con las garras. ¿las moscas tienen garras? Sus alas casi se desprendían de su cuerpo. El viento era tan intenson que de seguro se estaba despeinando. Sólo era cosa te tiempo para que la mosca se fatigara, cediera y se entregara a su fatal destino. Esperé. Nada. La mosca resistía con valentía y determinación. Comenzaba a aburrirme. Necesitaba ver acción. Necesitaba ver sangre. Además, sentía esa natural curisodad científica que tenemos todos los seres humanos. Con el pulgar di un pequeño golpecito sobre el lugar donde estaba la mosca, esto la desestabilizó y... bueno, de inmediato escuché algo parecido al sonido que hace un grano de arroz cuando cae sobre la mesa.

La mosca quedó retorcida por ahí, con las alas vueltas hacia dentro, medio encogida y abollada. No vi sangre.

Acomodé el flujo de aire hacia la cama, me desnudé y me recosté a dormir una sienta, como un dios abúlico que ni siquiera se complace de su maldad.

sábado, 30 de enero de 2016

La Sonata


   Me enteré que mi hermano perteneció a las SS por casualidad. En su guardarropa mantenía una revista con la esvástica. Yo temía preguntar. Siempre fue un tipo reservado. Eran los primeros meses después de la guerra. Algunos soldados regresaban a casa; otros desaparecieron para siempre. Berlín estaba hecho polvo. Recogíamos las colillas de los cigarrillos americanos y las cambiabamos por pan o pescado. A menudo pasaba las tardes pescando en el Spree.

   Los americanos resultaron ser bastante simpáticos. Mascaban chicle y calentaban sus alimentos en tarros. Nos enseñaron a decir “ok” y “fuck you”. De cualquier modo las chicas alemanas no eran de su interés. Estaban desnutridas. Todos temíamos las represalias. Cuando aparecieron las primeras familias judías nos escupían en la calle. Un par de veces despertamos con los vidrios rotos. Amenazas de incendio. Tuvimos que mudarnos al barrio de Neukölln; con edificios recién construidos para los ex-soldados. El departamento era pequeño, con un solo baño, pero cálido en invierno.

   Teníamos que compartir la habitación. Mi padre había muerto; mamá daba clases de piano por la mañana y trabajaba en un almacén por las tardes. Mi hermano intentaba rearmarse. Había participado en la guerra. Había pertenecido a las SS. Lo único que sabía era de armas, de combate y de reducir al enemigo judío. Por las tardes se reunía con Erik, un amigo del departamento de enfrente. Se enfrascaban en discusiones mientras yo practicaba las sonatas de Beethoven al piano.
Erik también había sido un SS. Después de la guerra se casó con la frau Olga; treinta años mayor. Ella había recibido una herencia sustancial, se sentía sola y necesitaba protección. Eran tiempos difíciles. Llegaron al departamento de enfrente pocas semanas después que nosotros. Frau Olga fumaba un cigarrillo tras otro y olía a tabaco. Tenía la voz ronca y pastosa. Por las mañanas la oía carraspear con fuerza y luego escupir. Yo imaginaba que sus flemas debían ser como el hollín de un panzer, y que nunca se desharía de ellas del todo.

   Erik eran un holgazán. A veces mi hermano lo recibía en calzoncillos; se encerraban en el baño a fumar. Ese verano mi madre compró un ventilador Kässel. Era el único aparato eléctrico que teníamos en casa, además de la radio. Fue un verano caluroso y polvoriento. Se cocinaba en las calles; a ratos olía a pólvora. Por las noches soñaba que en cualquier momento comenzaba la guerra. Veía paracaidistas invisibles en todas partes, bombas cayendo del cielo como azarosas gotas de lluvia. Recibimos las primeras imágenes de lo que los americanos habían hecho en Hiroshima un año antes; todos sufrimos pesadillas. Mamá apareció temprano esa tarde.

- ¿Tu hermano?
- Fumando en el baño -

   La sonata “Pathetique” me estaba dando problemas. Mamá se detuvo junto al piano a escuchar unos compases; corrigió mis imprecisiones y agregó

- Tu hermano no fuma.

Luego se dirigió al baño. Tras unos minutos regresó y dijo molesta

- Tú nunca serás concertista; debes volver al instituto.

Orden, Obeciencia y Santidad

Los jovencitos se amontonaban en la plaza de la parroquia para saludar al santo. El Padre Hurtado le había dicho antes de morir

- Fernando, tienes un Don. Debes usarlo para guiar a la juventud y encaminarlos a la santidad.

Durante los últimos cuarenta años se había dedicado a la tarea.
Les había mostrado su santidad.

Juan estaba sentado en sus rodillas. Se había quitado el pantalón. Juan era seminarista. Había viajado desde Iquique para conocer al padre Fernando, el santito. Después de un par de semanas el santito lo llevó a su oficina y le preguntó

- ¿Quieres conocer la santidad?

El muchacho asintió

- Esta es la santidad -dijo el santito manoseando la entrepierna del joven- éste es el camino que conduce a Cristo.

Se habían hecho amantes. De eso hacía ya mucho tiempo.
Juan preguntó

- Padre, ¿por qué no acepta mujeres en las reuniones?
- Las mujeres son sucias; arrastran el pecado. ¿Sabías que muchas de ellas tienen infecciones urinarias? Me lo comentan en el confesionario. Sufren cuando orinan. El Señor las castiga por sus pecados de vanidad y avaricia.
- Pero Telma...
- Esa niñita parece virtuosa, pero no te confíes -sentenció el curita.

Los besos del padre Fernando eran atropellados y torpes. No sabía usar la lengua. Telma Echenique besaba bien. Cursaba tercero medio. Aparecía por las tardes con uniforme de falda con pinzas. Él la miraba subir las escaleras. Se encontraban en la sacristía. Ella sabía hacer mamadas de experta. No había comparación alguna con las pésimas mamadas del santito, aunque le divertían sus extravagancias, como colgarle el rosario en el miembro antes de echárselo a la boca; lo mamaba con adoración y torpeza.

Telma era hija del general.
La junta de gobierno lo envió al norte. El general Echenique se confesaba con el padre Fernando, igual que su mujer. No confiaba en el capellán del regimiento. Había pasado las últimas semanas soportando el calor bajo un techo de totora en Pozo Almonte; pero regresaba a Santiago. 

Lo recibió una escolta de militares y lo condujeron a tejas verdes. Entregó los informes respectivos, se entrevistó con algunos coroneles; pasó revista de los detenidos, las ejecuciones, la lista a desaparecer durante esa semana.

Por la tarde se dirigió a su casa de campo. La familia: contentos de verlo. El padre Fernando y un grupo de jóvenes seminaristas acompañaba la cena. Aquello era su isla de tranquilidad en medio del océano de las exigencias cotidianas. Telma estaba radiante. Se abalanzó a su cuello

- Papito, papaito, por fin llegaste

Quiso confesarse antes de comer. El padre Fernando lo tranquilizó

- Tenemos tiempo y me voy a quedar todo lo que sea necesario. Sé que has tenido unas semanas durísimas.

También asistían los Amunátegui, los Larraín Cotapo, el clan Larraín Vidal y la familia Sánchez Ossandón. Toda la hidalguía chilena sentada alrededor de la mesa. Se bebía buen vino. Ostiones, salmón, conejo horneado y choclos de la quinta. Se habló de los proyectos de modernización en infraestructura; la inversión en Codelco. La mujer del general Echenique era quien explicaba los progresos experimentados por el país a un matrimonio español interesado en invertir en vinos

- Lo que pasa es que el chileno es de una mentalidad mediocre; entonces, cuando uno vive en un país mediocre necesita tener a alguien fuerte encima. El general es un hombre fuerte, de mano dura... lo que este país necesitaba era una limpieza. Desmalezar; pero los comunistas crecen como la mala hierba. Es un dicho que tenemos acá en Chile.
- Pues las noticias que tenemos de ustedes es de estabilidad y mucho espacio para las inversiones.
- Estamos llamando inversionistas; los excedentes del cobre...
- El cobre y sus excedentes -intervino el padre Fernando- creo que no hay que descuidar el alma del país. El rol de la iglesia en todo este proceso ha sido y será muy importante. La iglesia es la garante de los valores, y un país sin valores es como un barco sin timón.

Todos asintieron. Telma y Juan estaban en el jardín, escondidos detrás de un árbol de bugambilias. Juan intentaba entrar por detrás.

- Ten cuidado, Juan, despacito... me duele, ay, ay, así, así... eso. 

Cuando regresaron el santito le dio una mirada de reproche a su pupilo. Entonces, el general quiso confesarse. Entraron en su despacho. Una oficina amplia con fotografías familiares. Había una biblia sobre el escritorio.

- No tienes nada que explicarme; con sólo mirarte sé que has hecho un buen trabajo. El país y la historia te lo agradecerán.
- Son miles, padre. Usted no se imagina. Llegan de todas partes. El país está infestado de comunistas. Los escuadrones entran a las poblaciones y los rojos emanan como la pus.
- Y ustedes van a terminar con esta inmoralidad. ¡Santo dios! Cuéntame, ¿cómo se comporta Osorio allá en el norte? ¿comulgan esos impíos, se arrepienten? 
- Algunos se arrepienten; algunos parecen buenas personas. La marea roja convenció a esos incautos y recién ahora van tomando consciencia de su ceguera... otros, parecen cambiar, pero luego han intentado fugarse. No sabemos quiénes se arrepienten con sinceridad y quiénes...
- Hay que acabarlos a todos. Ante la duda, es mejor hacer una limpieza profunda.

Se oyeron dos golpes en la puerta. La mujer del general entró. 

- La telmita está mal...
- ¿qué le ocurre, mija? - preguntó el santito.
- Tiene hemorragia, padre. Está sangrando.
- Estará con la menstruación, esa niñita; eso es lo más normal.
- No, padrecito -carraspeó y habló en voz baja- está sangrando por detrás.

El santito detuvo el automóvil. Viajaba solo con Juan.

- A ver, muchachito, ¿fuiste tú?
- ¿Yo qué?
- Lo de Telma, no te hagas el desentendido.
- Padre, le juro por la cruz de Cristo y pongo a san Padre Hurtado de testigo, que yo no tengo nada que ver con eso. 
- Bien. Te creo... 

Lo besó en la boca, esos besos torpes y húmedos, se reconciliaron y continuaron el viaje.