viernes, 27 de febrero de 2015

¿Cómo matar a mi padre sin causarle mucho daño?


Mi departamento estaba inmundo. No había un solo plato o cuchillo limpios. Las moscas volaban del papelero en el baño hasta el basurero de la cocina transportando gérmenes como los autobuses que viajan desde Concepción a Lota. Toda mi ropa estaba sucia. No me había lavado los dientes en tres días; las uñas de mis pies estaban larguísimas y ensortijadas. Tenía el cabello apelmazado. Hacía meses (quizás años) que no me echaba un polvo. Bebía vino tinto en una copa que ya no era transparente. Sobre mi vientre reposaban las “Novelas Cortas” de Turguénev. Estaba leyendo el “Diario de un hombre superfluo”. La radio escupía las “Danzas Sinfónicas” de Rachmaninov. Me sentía borracho y estaba sumergido en oscuras reflexiones

¿Qué es la vida? La vida es esa experiencia absurda que se prolonga hasta hacernos tomar consciencia de que existimos, sólo para comprender que inexorablemente tenemos morir y... "

En ese momento sonó mi teléfono. Era mi madre.

- Estoy abajo. Abre la puerta.

“Conchesumadre. Si mi mamá ve este desastre me mata” - pensé. La imaginé gritando, llorando por su hijo fracasado; por el inútil que educó y que no puede hacer nada con su vida.

- Pero mamá, por qué no me avisaste que venías. Estoy super ocupado. De hecho, voy saliendo.
- No me vengas con tonterías. Abre la puerta, ¿quieres?

No tenía alternativa. Hacía meses que no llamaba ni visitaba a mis padres. Miré por última vez el panal de destrucción que había construido a mi alrededor y presioné el botón que abría la puerta de entrada del edificio. Suspiré y me dije a mí mismo “voy cagar leche”. 

Esperé un instante y abrí la puerta de mi departamento. Mi madre entró. En un microsegundo escaneó todo. En un microsegundo comprendió quién era su hijo, en qué etapa de la vida me encontraba, hacia dónde me dirigía y qué era lo que podía esperar de mí.

- ¿cómo estás? - me besó en la mejilla – ¿todavía estás con pijama?

Buscó una silla, quitó una toalla húmeda, unos calcetines olvidados y depositó como mucho cuidado su cartera y su abrigo. Luego me miró; me sentí completamente al descubierto, como si me hubiera sorprendido maturbándome. Pero mi madre no me miró con reproche. Me observó con esa mirada de "madre tierra" capaz de absorberlo todo. Si le enterraran un trozo de plástico en el vientre, intentaría descomponerlo aunque tarde quinientos años.

- ¿por qué no has llamado? Hace tiempo que no sabemos nada de tí.
- he estado ocupado – balbucié - ¿quieres un té?
- ¿tienes té aquí?
- en algún lugar debo tener.

Me escapé a la cocina y entendí de inmediato que mi vida era un desastre. Me acusé y me juzgué a mí mismo. Mi madre me siguó y dijo

- Necesito unos guantes de goma
- Madrecita - dije humildemente - no tengo guantes de goma. 

Buscó en su bolso y sacó un par de guantes. Puso manos a la obra y comenzó a fregar platos. 
¡¡Oh, mi madre!! ¿por qué es tan exquisita? 
Comencé a barrer tímidamente la cocina.

- Estoy esperando el té.
  
Mi madre es una mujer enérgica, organizada y guapa. Se conserva bastante bien a sus sesenta años. No posee un sentido del humor particularmente alegre, pero noté la atmósfera melancólica que la rodeaba mientras enjuagaba una cuchara 

- ¿Te pasa algo, madre?
- Nada - me miró distraída - ¿qué me va a pasar a mí?

Yo conocía la naturaleza de las discusiones que tenía con mi padre. Problemas de alcoba. Mi padre es un hombre de carácter débil. Irascible e inestable, con un enorme complejo de inferioridad. Se unió a la masonería hace años y se reune un par de veces por semana con un grupo de charlatanes como él a hablar acerca del origen de las enfermedades, o acerca del por qué el universo se expande o se contrae. Nada importante y, sin embargo, utiliza esas ideas sofisticadas para humillar públicamente a mi madre que es una mujer de ideas simples, pero profundas y llenas de vitalidad.

De pronto se detuvo y me habló con mucha seriedad

- Quiero que matemos a tu padre; me tiene harta, ya no lo soporto. Quiero vivir en paz los años que me quedan de vida. Comenzar de nuevo, ¡qué sé yo!.
- ¿conociste a alguien?
- Ojalá – suspiró – No, no he conocido a nadie.

Esta conversación nunca la hubierta tenido con mis hermanas. Ellas tienen el mismo temperamento colérico de mi padre; son incapaces de escuchar nada, menos de comprender.

- Matarlo - pensé en voz alta - ¿cómo lo podríamos matar?
- No sé. Algo que sea rápido y no muy violento
- ¿envenenarlo, dices tú?
- No, qué horror! No quiero que muera en casa. Sería el colmo de los males que una vez muerto me viniera a penar
- Podríamos contratar a alguien que le dispare cuando salga de su trabajo
- No sé; había pensado en accidente automovilístico; problemas de frenos
- pero madre, ¿qué pasa si no muere y queda paralítico? Tendrías que hacerte cargo del cacho
- Ultimamente le he dado comidas llenas de colesterol, con la esperanza de que muera de un infarto, pero nada.
- yo pienso que contratar a alguien que lo asalte y le dispare es una buena alternativa
- no conozco a nadie que pueda hacer ese trabajo.

Continuamos limpiando la cocina y luego el resto del departamento. Preparé una infusión de boldo, tilo, cedrón, canela y té verde que bebimos lentamente durante la tarde hasta que se hizo de noche. Trabajamos duro hasta que limpiamos y ordenamos todo.

Exhaustos nos sentamos en el sofá. Mi madre se descalzó los zapatos y se sentó de lado con las piernas dobladas como una gata. Bebimos los últimos sorbos de infusión. El departamento estaba limpio y a oscuras.

- No sabes lo difícil que es estar amarrada a tu padre. He perdido tantos años de mi vida con él. A veces pienso cómo sería mi vida si me hubiera casado con ese pololo que tuve.
- ¿con cuál?
- Con Mario; Mario Santa Cruz. Era tan amoroso, tan tierno. Todos son iguales al principio - dijo desesperanzada -. Lo más probable es que mi vida hubiera terminado igual
- Madre, por favor, tu vida no ha terminado. Tienes apenas sesenta años, te quedan como mínimo veinte más. Tienes que liberarte de esa relación pueril y estéril ¿por qué no le pides el divorcio?
- ¿A tu padre? Cómo se ve que no lo conoces. Me ha dicho “nunca te vas a librar de mí, antes muertos ambos”
- Tienes razón, hay que matarlo, pero sin causarle daño. Que muera de manera rápida y digna, sin sufrimiento
- ¿y tú, cuándo te vas a casar?
- Jo jo jo... me casaré cuando las moscas usen casco para volar.

Mi madre sonrió por primera vez en todo el día. En la más completa oscuridad continuamos hablando durante un par de horas, y luego se fue. Por la mañana, apenas desperté, recorrí desnudo mi departamento limpio y fresco; encendí el computador y busqué en google ¿cómo matar sin causar mucho daño? Aparecieron ochocientas treinta y seis mil respuestas.

jueves, 26 de febrero de 2015

Diego


Estaba hablando solo conmigo mismo en la cocina cuando sonó el teléfono. Era diego, mi mejor amigo. Casi un hermano. Nos conocimos en la facultad de odontología; al finalizar la carrera perdimos contacto, pero luego nos volvimos a encontrar un par de años después. Por aquel entonces yo estaba “casado” con Sandra y él con Heriberto Domínguez, un ingeniero con vocación para el melodrama. Heriberto era un histérico que perdía el control periódicamente. Mitómano y celópata desde el núcleo celular. Revisaba las llamadas telefónicas de Diego; le escondía micrófonos y grabadoras en los bolsillos, descargaba programas para espiar sus correos electrónicos, lo seguía, lo acosaba, lo amenazaba. Diego llevaba una vida de mierda con él, pero tenían un enorme departamento en Andalué, un magnífico hammer, vestían a la moda europea y se iban de vacaciones a los mejores lugares del mundo, así que guardaban muy bien apariencias.

- ¿qué cuentas, misógino conchetumadre?- siempre lo saludaba fraternalmente -

Diego escuchó silenciosamente; era su turno de responder.

- bien y vos, borrachín de mierda.
 
 Algo andaba mal. Ese no era el Diego que yo conocía.

- ¿qué te pasa? ¿Por qué tan señorita? - bromeé
- ¿estás ocupado? ¿almorzaste?
- estoy en eso, ¿por?
- voy a tu casa. Estoy ahí en veinte minutos.

Tardó una hora. Lo esperé con media botella de vino dentro del cuerpo. Sonó el timbre y abrí. Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla. Diego era todo estilo: pantalón de gabardina beis, camisa celeste con las mangas dobladas hasta el codo; en la muñeca derecha su brillante reloj tag heuer que le regaló Heriberto la última navidad. Yo tenía puesto mi pijama, bata y calzaba mis deformadas zapatillas de descanso, pero la cara de Diego era la de alguien que no dormía en tres semanas.

- ¿qué pasa, hombre?, traes una cara del terror. ¿quieres una copa de vino?
- no, gracias. Tengo que volver al trabajo
- y para qué trabajas tanto, huevón.
- y tú, ¿no atendiste hoy?
- hoy trabajo hasta el medio día.
- jaja, para variar. ¿qué hiciste de comer?


Entró en la cocina. Oí que cogía una cuchara, destapaba ollas y probaba mi guisado de lentejas. Luego abrió el resfrigerador y urgó dentro. Yo me serví otra copa de vino. Comenzaba a sentirme de buen humor y con la lengua traposa. Me senté en el sofá y esperé a que terminara de olisquear mi cocina.

- bueno, ¿y? - espeté – llevo una hora en ascuas. ¿Qué idiotez hizo Heriberto esta vez?, ¿quiso suicidarase tragando un paquete de aspirinas?, ¿intentó ahorcarse con tu hilo dental?, ¿abrió la llave del gas y esperó la muerte recostado teatralmente en el parquet de tu departamento?

Aquel sarcasmo tenía su razón de ser. Heriberto había amenazado con suicidarse cientos de veces. En una ocasión, después de una fuerte discusión, se lanzó bajo las ruedas del hammer para que Diego le pasara encima. En otra oportunidad, Heriberto llamó para decirle que se había tragado un kilo de somníferos y que había bajado media botella de whisky; Diego me contó que le decía lastimosamente

- me queda poco tiempo, se me va la cabeza - respiraba con dificultad; hablaba con voz temblorosa, como quien está agonizando - todo me da vueltas; sólo te pido que me perdones por quererte demasiado.

En el fondo nos reíamos de todas sus estupideces, aunque yo sé que Diego sufría mucho con sus ataques de ira y celos. Después de esos ataques - que ocurrían regularmente cada dos o tres meses - Heriberto se arrepentía, pedía disculpas con lágrimas en los ojos, prometía tratar su ansiedad y controlar su ira con psiquiatras y ansiolíticos, pero no hacía nada de eso. En cambio, se sumergía febrilmente en el trabajo y en reuniones que lo mantenían ocupado todo el día durante los meses sigueintes, y durante ese tiempo ignoraba completamente a Diego que, por su parte, también se sumergía en el trabajo, en la rutina y en su solitario mundo burgués.

Diego apareció en el umbral de la puerta de la cocina mordiendo una manzana. 

- ¿estás a dieta, huevona?
- este conchesumadre se va

Me encogí de hombros y fruncí el entrecejo

- Anoche Heriberto llegó con tres  amigos - me explicó - unas locas de mierda. Bebieron varias botellas y armaron escándalo. En fin, yo los atendí un rato, pero luego me fui a dormir. Como a las cinco de la mañana siento que se acuesta. Estaba borracho. Comenzó a besarme y a ponerse insistente. Lo rechacé de mal humor, le dije que tenía que levantarme temprano. Entonces discutimos fuerte. Me insultó, lo insulté; me lanzó un zapato, le devolví un puñetazo en el cuello. Finalmente, fui a dormir al cuarto de invitados. Por la mañana voy saliendo de la ducha y me dice "necesito hablar contigo". Yo pensé "claro, se le quitó la borrachera y se va a disculpar, está arrepentido", ya sabes, el show de siempre. Entonces, nos vamos a la habitación y me lo dice todo sin anestesia.

>- Anoche estaba celebrando mi despedida con mis compañeros de trabajo
>- ¿tu despedida?
>- Sí, huevón, me voy a Delaware

A Diego se le quebró la voz. "Va a haber llanto" - pensé.
Heriberto trabajaba proveyendo de soporte informático a una compañía financiera norteamericana. Diego sacó fuerzas de flaquezas y continuó su relato; yo lo escuché sin chistar.

- Hace unos meses me comentó que existía la posibilidad de trasladarse a Estados Unidos, pero fue un comentario que lanzó al boleo; no le dí importancia en ese momento, pero este maricón hizo todo en silencio. Habló con sus jefes, tomó clases de inglés y de pronto, de la nada, me comunica, ¡me avisa! que se va dentro de una semana. Lo peor de todo, lo más terrible es que yo pensaba que las cosas iban bien. No habíamos peleado en meses, la fiesta estaba en paz... no sé, huevón, no sé... tengo la sensación de que todo este tiempo he estado viviendo con un completo desconocido.

Diego comenzó a gimotear acodado sobre la mesa. 
¿Les digo algo? En el fondo me alegraba de que ¡por fin! este huevón se deshiciera de ese tarado, pero vi que Diego estaba tan afectado, tan hecho trizas, que no sabía qué pensar. Estaba confundido. Por otra parte, no sabía si todo eso era real o si era otro de los regulares espectáculos del par. Así que me quedé sentado con mi copa de vino. Me levanté y me serví otro poco.

- Quizás... lo dijo para asustarte... ¿tú crees realmente que se va a ir?, ¿alguna vez ha hablado en serio ese pobre huevón?

Diego no respondió.
Me quedé ahí acompañándolo un rato. De pronto Diego se puso de pie

- Me tengo que ir.
- Claro
- Por favor, no le cuentes a nadie... esto es... algo muy doloroso.
- No tienes que decírmelo. Tú sabes que puedes confiar en mí.

Y se fue.
Me serví otra copa de vino y la bebí de un trago. De algún modo me sentía afectado por el malestar de mi amigo. A mí también me había abandonado mi mujer, así que podía comprender la sensación de malestar que estaba experimentando Diego.

Sonó el teléfono y conesté. Era mi hermano.

- ¿te acuerdas del Diego? - le pregunté
- ¿el Diego tu amigo?
- El mismo. Su pareja lo acaba de dejar, de un día para otro.

Le conté toda la historia, con detalles incluídos; y nos cagamos de la risa.
No crean que me gusta reirme de la desgracia ajena, pero ¿qué otra cosa puede uno hacer?

domingo, 22 de febrero de 2015

Amamantar

En la habitación nº 302 del Hotel Santa Bernardita, en pleno centro de Concepción, una madre amamanta a un varoncito de treinta y cinco años; y a pesar de que ella no es su madre, lo alimenta con dedicación y ternura, con amor, con aprecio. Ella está al tanto de todo; ella sabe lo que él ha sufrido. Se conocen desde hace dos años. Él le contó su historia. Lo destetaron a los dos meses de haber nacido y terminó su infancia con mamaderas

 - me criaron con leche en tarro - reflexionó él una vez amargamente.

El amor ¿qué es el amor? - se pregunta ella, mientras le da de comer - el amor es el sacrificio.

Lo arropa. Están ambos desnudos en la cama cubiertos por una sábana.
"Una mujer no puede, no debe abandonar a su hijo tan pronto" - se decía a sí misma.

- pobrecito, mi bebé hermoso - susurra en su oído.

Lo mira con ojos de madre que siente el dolor en las entrañas.

"A los niños hay que amamantarlos hasta que no quieran teta" - Piensa - "A mis hijos les daré de mamar aunque mi marido se oponga. Él siempre dice que los niños deben crecer independientes, pero... "

Así es, esta mujer tiene marido. Y su marido es una - ¿cómo decirlo? - una eminencia, un intelectual. Admirado y respetado por muchos. Su principal trabajo consiste en la creación de un nuevo "paradigma epistemológico de la ciencia" en donde las paradojas de la complejidad quedan completamente resueltas. Da charlas en todas partes del mundo; es citado en artículos científicos quince o veinte veces al día. En fin, un genio por donde se le mire. Su único defecto es un pequeño detalle: el tipo es malo en la cama. 

Ciertamente se trata de algo que no tiene importancia. A la la larga, el mundo y la historia universal lo van a recordar por sus aportes. La tecnología y la industria armamentista utilizarán sus teoremas para vigilar y matar personas. Nadie se enterará de que el tipo no sabe echar un polvo.
De cualquier forma, engañar no está bien, y ella sufre por eso. Está traicionándolo, está jugándole chueco, y con estos pensamientos en mente busca el control remoto para distraerse un rato. En la televisión están dando las noticias del día.
En primer plano aparece Jovino Novoa saliendo de una iglesia. Los periodistas se precipitan a enchufarle el micrófono. Jovino lleva la biblia en la mano derecha y explica con voz fuerte y clara

- No existe - toma aire - ni ha existido - gira la cabeza - un sistema de financiamiento ilegal para mi partido. Esto lo juro de manera categórica, poniendo ambas manos en esta biblia - muestra una biblia atrapada entre sus manos.

En ese preciso momento, aparece monseñor Ezzati, acompañando moralmente a su amigo, haciendo un hermoso gesto de aprobación con la cruz de oro.
Un periodista pregunta por los correos electrónicos que se hicieron públicos, por las boletas ilegales, por las declaraciones del contador y de la secretaria. Jovino sólo responde

- No tengo más declaraciones - se aleja de las cámaras con dignidad.

Nuestra madre apaga el televisor. Ahora se siente un poco más tranquila. Sabe que ella no está usando dineros de las AFP's para pagar hoteles; sabe que no elude al fisco ni egaña a los votantes para huir por un par de horas con su amante.
Si Dios perdona los fraudes de Jovino Novoa a través de monseñor Ezzati, entonces, Dios perdonará todos nuestros pequeños pecados.
Así que le da dos golpecitos en la mejilla a su varoncito, luego lo besa ardientemente y...