Mi departamento estaba inmundo. No
había un solo plato o cuchillo limpios. Las moscas volaban del
papelero en el baño hasta el basurero de la cocina transportando gérmenes
como los autobuses que viajan desde Concepción a Lota. Toda mi ropa estaba sucia. No
me había lavado los dientes en tres días; las uñas de mis pies
estaban larguísimas y ensortijadas. Tenía el cabello apelmazado.
Hacía meses (quizás años) que no me echaba un polvo. Bebía vino
tinto en una copa que ya no era transparente. Sobre mi vientre
reposaban las “Novelas Cortas” de Turguénev. Estaba leyendo el
“Diario de un hombre superfluo”. La radio escupía las “Danzas
Sinfónicas” de Rachmaninov. Me sentía borracho y estaba sumergido
en oscuras reflexiones
“¿Qué es la vida? La vida es esa
experiencia absurda que se prolonga hasta
hacernos tomar consciencia de que existimos, sólo para comprender
que inexorablemente tenemos
morir y... "
En ese momento sonó mi teléfono. Era
mi madre.
- Estoy abajo. Abre la puerta.
“Conchesumadre. Si mi mamá ve este desastre me mata” - pensé.
La imaginé gritando, llorando por su hijo fracasado; por el
inútil que educó y que no puede hacer nada con su vida.
- Pero mamá, por qué no me avisaste
que venías. Estoy super ocupado. De hecho, voy saliendo.
- No me vengas con tonterías. Abre la
puerta, ¿quieres?
No tenía alternativa. Hacía meses que no llamaba ni visitaba a mis padres. Miré por última
vez el panal de destrucción que había construido a mi alrededor y
presioné el botón que abría la puerta de entrada del edificio.
Suspiré y me dije a mí mismo “voy cagar leche”.
Esperé un instante y abrí la puerta de mi departamento. Mi madre entró. En un microsegundo
escaneó todo. En un microsegundo comprendió quién
era su hijo, en qué etapa de la vida me encontraba, hacia dónde me dirigía y qué era lo que podía esperar de mí.
- ¿cómo estás? - me besó en la
mejilla – ¿todavía estás con pijama?
Buscó una silla, quitó una toalla
húmeda, unos calcetines olvidados y depositó como mucho cuidado su cartera y su abrigo.
Luego me miró; me sentí completamente al descubierto, como
si me hubiera sorprendido maturbándome.
Pero mi madre no me miró con reproche. Me observó con esa mirada de
"madre tierra" capaz de absorberlo todo. Si le enterraran un
trozo de plástico en el vientre, intentaría descomponerlo aunque tarde
quinientos años.
- ¿por qué no has llamado? Hace
tiempo que no sabemos nada de tí.
- he estado ocupado – balbucié -
¿quieres un té?
- ¿tienes té aquí?
- en algún lugar debo tener.
Me escapé a la cocina y entendí de
inmediato que mi vida era un desastre. Me acusé y me juzgué a mí mismo. Mi madre me siguó y dijo
- Necesito unos guantes de goma
- Madrecita - dije humildemente - no tengo guantes de
goma.
Buscó en su bolso y sacó un par de
guantes. Puso manos a la obra y comenzó a fregar platos.
¡¡Oh, mi
madre!! ¿por qué es tan exquisita?
Comencé a barrer
tímidamente la cocina.
- Estoy esperando el té.
Mi madre es una mujer enérgica, organizada y guapa. Se
conserva bastante bien a sus sesenta años. No posee un sentido del humor particularmente alegre, pero noté la atmósfera melancólica que la rodeaba mientras enjuagaba una cuchara
- ¿Te pasa algo, madre?
- Nada - me miró
distraída - ¿qué me va a pasar a mí?
Yo conocía la naturaleza de las discusiones que tenía con mi padre. Problemas de alcoba. Mi padre es un hombre de carácter débil. Irascible e inestable, con un enorme complejo de inferioridad. Se unió a la masonería hace años y se reune un par de veces por semana con un grupo de charlatanes como él a hablar acerca del origen de las enfermedades, o acerca del por qué el universo se expande o se contrae. Nada importante y, sin embargo, utiliza esas ideas sofisticadas para humillar públicamente a mi madre que es una mujer de ideas simples, pero profundas y llenas de vitalidad.
De pronto se detuvo y me habló con mucha seriedad
- Quiero que matemos a tu padre; me
tiene harta, ya no lo soporto. Quiero vivir en paz los años que me
quedan de vida. Comenzar de nuevo, ¡qué sé yo!.
- ¿conociste a alguien?
- Ojalá – suspiró – No, no he
conocido a nadie.
Esta conversación nunca la hubierta
tenido con mis hermanas. Ellas tienen el mismo temperamento colérico
de mi padre; son incapaces de escuchar nada, menos de comprender.
- Matarlo - pensé en voz alta - ¿cómo lo podríamos
matar?
- No sé. Algo que sea rápido y no
muy violento
- ¿envenenarlo, dices tú?
- No, qué horror! No quiero que muera
en casa. Sería el colmo de los males que una vez muerto me viniera a penar
- Podríamos contratar a alguien que le
dispare cuando salga de su trabajo
- No sé; había pensado en accidente automovilístico; problemas de frenos
- pero madre, ¿qué pasa si no muere y
queda paralítico? Tendrías que hacerte cargo del cacho
- Ultimamente le he dado comidas llenas de colesterol, con la esperanza de que muera de un infarto, pero
nada.
- yo pienso que contratar a alguien que
lo asalte y le dispare es una buena alternativa
- no conozco a nadie que pueda hacer
ese trabajo.
Continuamos limpiando la cocina y luego el resto del departamento. Preparé una infusión de boldo,
tilo, cedrón, canela y té verde que bebimos lentamente durante la
tarde hasta que se hizo de noche. Trabajamos duro hasta que limpiamos y ordenamos todo.
Exhaustos nos sentamos en el sofá. Mi madre se descalzó los zapatos y se
sentó de lado con las piernas dobladas como una gata. Bebimos los
últimos sorbos de infusión. El departamento estaba limpio y a
oscuras.
- No sabes lo difícil que es estar
amarrada a tu padre. He perdido tantos años de mi vida con él. A
veces pienso cómo sería mi vida si me hubiera casado con ese
pololo que tuve.
- ¿con cuál?
- Con Mario; Mario Santa Cruz. Era tan
amoroso, tan tierno. Todos son iguales al principio - dijo desesperanzada -. Lo más
probable es que mi vida hubiera terminado igual
- Madre, por favor, tu vida no ha
terminado. Tienes apenas sesenta años, te quedan como mínimo veinte
más. Tienes que liberarte de esa relación pueril y estéril ¿por qué no le
pides el divorcio?
- ¿A tu padre? Cómo se ve que no lo
conoces. Me ha dicho “nunca te vas a librar de mí, antes muertos
ambos”
- Tienes razón, hay que matarlo,
pero sin causarle daño. Que muera de manera rápida y digna, sin
sufrimiento
- ¿y tú, cuándo te vas a casar?
- Jo jo jo... me casaré cuando las moscas usen casco para volar.
Mi madre sonrió por primera vez en todo el día. En
la más completa oscuridad continuamos hablando durante un par de
horas, y luego se fue. Por la mañana, apenas desperté, recorrí
desnudo mi departamento limpio y fresco; encendí el
computador y busqué en google ¿cómo matar sin causar mucho daño?
Aparecieron ochocientas treinta y seis mil respuestas.