lunes, 27 de abril de 2015

El Divorciado

    Daniel Céspedes es un cincuentón nihilista, interesando en Mozart, James Joyce y la sodomía; una enorme panza rodea su cintura. Había perdido su trabajo y su mujer le pidió el divorcio; después de treinta años tuvo que regresar vivir con su madre. La anciana vivía sola en una enorme casa. Daniel tenía ahorros y vendió su jeep. Según sus cálculos el dinero le alcanzaría para vivir cómodamente durante seis meses si no pagaba arriendo. Tenía una deuda con el banco y había decidido no pagar; recibía llamadas de cobranza casi todos los días.

    Pensaba utilizar esos seis meses para escribir una novela. Había tomado notas mentales; tenía incluiso la frase con que iniciaría el primer capítulo: “El corazón del hombre es un misterio insondable que alberga la bestia de la furia y al mismo tiempo del amor”. Tras acomodarse en el segundo piso y acondicionar otra habitación como estudio, compró botellas de whisky, copas, una lámpara, papeles, impresora, lápices, correctores, una cómoda silla, un escritorio apropiado, un equipo de sonido pertinente, un poco de marihuana y se dispuso a escribir. Decidió que se levantaría todos los días a las seis de la mañana para dedicarse al rubro de las letras. Calculó que si escribía tres páginas diarias, en un mes haría noventa páginas y en cuatro meses tendría un manuscrito de alrededor de 350 páginas. Una novela corta no estaba mal para ser la primera. Dedicaría los meses restantes para correciones y luego llevaría su trabajo donde algún editor dispuesto a publicar la "opera prima" de un profesor de filosofía. Pensaba escribir una novela que reflejara los conflictos éticos modernos de la sociedad. Ese era su plan.

     La primera mañana apagó el despertador y se levantó a las 8:30 de mal humor. Bajó por un café. Encontró a su madre en la cocina viendo el matinal mientras organizaba las píldoras del mes en una cajita donde tenía marcados los días de la semana. No había café de grano. Se conformó con té de hierbas. Regresó a su templo de trabajo. Encendió el computador. Pasó una hora y media revisando noticias, videos y chistes del The Clinic. 

     A las diez se decidió. Se enfrentó a la primera frase de su novela. “el corazón del hombre es un misterio insondable”. ¿Insondable? “que no se puede averiguar”. Intentó con sinónimos: hondo, profundo, misterioso, impenetrable, e hizo la corrección: “profundo”. No quedó muy convencido. Intentó cambiar la frase a “el corazón del hombre es un abismo profundo que alberga la bestia de la ira y el nido del amor”. Demasiado cursi. Puso algo de música y se acercó a la ventana a echar una ojeada. Desde la cocina le llegó el aroma del pan tostado. Su nariz reaccinó y su estómago también. ¿Quién puede trabajar así? Intentó concentrarse. Finalmente bajó.

    Su madre había acomodado un lugar para él. Tostadas, palta y mantequilla.

- ¿Te preparo huevos revueltos?
- No, madre.
- Ayer compré huevos de campo. Tienen una yema amarilla, casi roja.
- Bueno, madre, prepáreme huevos revueltos.
- ¿Cuántos quieres: tres o cuatro?
- Con dos bastan madre.
- Te prepararé tres.

    Puso palta en una tostada y la mordió. La mujer del matinal hablaba de las botas que se llevarían durante la temporada otoño invierno. Una delgada modelo con falda corta lucía botas negras que le llegaban a la rodilla. La muchacha tenía hermosas piernas, pero nada de culo. Oía a su madre revolver algo en la sartén.  

- Madre, ¿no tienes café de grano?
- Hoy voy al supermercado, ¿quieres que te traiga alguna marca en especial?
- No te preocupes. Puedo ir yo mismo, así aprovecho caminar un poco.
- En ese caso, ¿me puedes traer leche, yogurt, pechuga cocida y berenjenas?
- ¿Alguna otra cosa? -comentó algo irritado.
- Si no puedes me lo dices.
- Está bien, pero hazme una lista porque no tengo buena memoria
- Hoy vienen las damas del club de señoras a tomar el té
- Humm, qué bueno.

En el matinal, el tema central de discusión eran las botas que había llevado puestas la personaje X en la fiesta de Y. Aquel era el foco de la conversación.  Un reportero estaba en terreno con un micrófono en la mano, de pie en una esquina. El cámara apuntaba el ojo electrónico a las calles rotas; unos perros dormían en manada junto a un hombre cubierto con cartones; los automovilistas malhumorados esperaban el cambio de luz del semáforo.

- Estamos en directo desde el centro de la comuna de Puente Alto -al hablar expulsaba vaho de la boca-; deseamos saber qué piensa el chileno de a pie de las botas de 26 millones que usó X en la fiesta de Y... Señora, señora, quisiera hacerle una pregunta. 

La mujer pasa de largo sin decir ni pio. El reportero vuelve al ataque sobre un hombre que se acerca.

- Estos matinales de mierda no hacen otra cosa que hablar imbecilidades -comenta Daniel mientras muele una tostada con palta-. En el país están pasando otras: corrupción, cesantía, bajos salarios, empresas internacionales que se lo llevan todo, precios por las nubes ¿y qué hacen los matinales mientras tanto? Preocuparse por las botas que usó una putita que nadie conoce.
- Eran botas de 26 millones.
- ¿Y qué tiene que ver eso, mamá? -Daniel se acaloró-. Vivimos en un país tremendamente desigual, la educación es tan mala que nadie entiende lo que lee, las pensiones son tan bajas que más vale la pena suicidarse antes de jubilar...
- Ay, no seas tan exagerado. Mira qué huevos tan lindos -La señora puso sobre la mesa la sartén con huevos de un amarillo tan intenso que van Gogh se hubiera sentido fascinado-. ¿Quieres más tostadas?
- Yo me las preparo, madre. No sé cómo puede ver estos programas que desinforman a la gente, los embrutece.
- Siempre lo mismo. Los políticos son corruptos en todas partes. ¿Sabes? En el club de damas asiste una señora muy simpática.
- ¿Qué tienen que ver las botas con lo que pasa en chile? Eso es todo lo que me pregunto yo.
- Se conserva bastante bien.
- No entiendo cómo la gente pierde el tiempo viendo estas... - dejó la frase sin terminar porque mordió un trozo de pan con huevo. Sabía bastante bien.-
- ¿No le falta sal? - Preguntó la madre; Daniel negó con la cabeza-. Le encanta la lectura; es aficionada a las novelas de misterio.
- ¿Qué?, ¿De qué está hablando, mamá?
- De la señora eduvigis
- ¿Eduvigis? ¿quién es la señora Eduvigis?
- Te estaba comentando que en el club de damas asiste hace unos meses una señora que le gusta la lectura.

Daniel esperó un poco antes de responder

- ¿Y?
- Le comenté que tú también lees harto, que eres profesor de filosofía, que te divorciaste hace poco, que estás escribiendo una novela, y está muy interesada en conversar contigo.
- ¡Mamá! ¿Me quiere poner a conversar con una ancianita?
- Tiene 63, apenas nueve más que tú.
- Madre, por favor, y esto se lo digo con todo respeto, por favor, no hable de mi trabajo con las señoras de su club, ¿le parece? No quiero interrupciones ni que me estén preguntando nada.
- Va a venir esta tarde. Si estás aquí los puedo presentar. 

    Terminó de comer los huevos y subió a su cuarto dando zancadas por la escalera; molesto como un adolescente al que no dejaron salir a rodar en su patineta. Una vez en su escritorio intentó retomar las ideas. Leyó varias veces la primera frase: no decía demasiado. Debía profundizar; debía encontrar las palabras claves que expresaran lo que deseaba decir: los conflictos éticos de la modernidad son en el fondo los conflictos eternos del ser humano -pensó-. Algo así. Había comido demasiado; se sintió modorriento. Eran casi las doce del día. Se recostó en un sofá cama y se cubrió con una frazada. Antes de dormirse pensó en el vagabundo rodeado de perros que dormía tapado con cartones.

    Despertó a las tres de la tarde y se dirigió al baño a mear. La casa estaba en completo silencio, en absoluta quietud. Bajó al primer piso. Su madre no estaba. Abrió el resfrigerador. No habían fiambres; sólo mantequillas y mermeladas. Mordió un trozo de pan. En el horno había budín de verduras. No quiso comer. Necesitaba tomar aire. Cogió la chaqueta y se lanzó a la calle tal como estaba vestido: con un buzo viejo y desteñido, barba crecida, despeinado y una camisa con la que había dormido. Mientras caminaba observaba su reflejo en las ventanillas de los automóviles. Su aspecto desaliñado lo animaba pues -según él- tenía el aspecto bohemio y despreocupado de un escritor. En el bolsillo de la chaqueta llevaba un libro. Decidió buscar una cafetería y leer un rato. Encontró una que era atendida por una mujer de unos treinta cinco años. Se sentó, abrió el libro y comenzó a leer con aire indiferente. Avanzó varias páginas y tras varios minutos nadie lo atendió. La garzona estaba conversando con alguien en la barra. Hizo un gesto con la mano y se acercó un garzón enjuto y viejo, de voz aguardentosa.

- ¿Qué quieres?

Lo irritaba que los desconocidos lo tutearan. Contestó con el mismo tono

- Tráeme un irlandés; sin crema
- No tenemos whisky.
- Ponle ron, entonces -respondió de mala gana- o vodka
- Pisco podría ser.
- Bueno, pisco, pisco. Ponle pisco.
- ¿Algo para comer?

    Negó con un gesto. La garzona no estaba nada mal. Llevaba falda negra ajustada hasta las rodillas. Buen culo; piernas gruesas como de chilotas. Unas tetas que harían bailar al demonio. “con ese cuerpo usted no tendría que estar trabajando aquí, mi amor, usted podría conseguirlo todo con ese culito”. La garzona se mantenía a distancia. 

El hombre puso el café sobre la mesa.

- ¿Azúcar o endulzante?
- Amargo como la vida -respondió Daniel. El garzón sonrió.
- Si te parece muy suave me avisas.

    Probó un sorbo. Habían sido generosos con el pisco. Seguro usaron uno de mala calidad. De cualquier forma no sabía mal. Afuera comenzaba a llover. Se estaba bastante agradable ahí dentro. Se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo. Notó que tenía una mancha de palta en la camisa. Ya era demasiado tarde. La garzona permanecía a distancia. Bebió un buen sorbo de café y hojeó el libro. Estaba leyendo “Padres e Hijos” de Turguenev. Deseaba escribir una novela como esa. Sintió cómo el alcohol se apoderaba de sus pensamientos y lo invadió un chorro de romanticismo literario. " Afuera llueve, los automóviles van y vienen, igual que las personas; la lluvia cae con suavidad y lentitud, para que nadie se sienta ofendido. Los neumáticos se deslizan por el asfaldo mojado, haciendo crujir las piedrecillas. Los limpiaparabrisas bailan sobre el vidrio despreocupadamente. Todo es alegre; nadie tiene apuro alguno". 

Pidió otro café. El garzón preguntó. 

- ¿Cómo estaba el anterior?
- Buenísimo. Tráeme otro idéntico.
- Quieres algo de comer. Tenemos un barros luco de miedo.

   Negó con la cabeza. Incluso el trato con el garzón le resultó amistoso. La garzona atendía una mesa más allá. Comenzaba a oscurecer. Leyó otro poco, pero el siguiente irlandés con pisco lo dejó medio aturdido. Pidió la cuenta y se echó a la llovizna. Se sentía alegre. En este estado de ánimo podría escribir una novela; hablar de la lluvia, los neumáticos, las chilotas bonitas y el amor. Se sentía dispuesto para el amor. 

    Pasó por el supermercado y compró pechuga de pollo ahumada, berenjenas y un par de sobres de café. Había olvidado el resto. Mientras caminaba sintió que el efecto del alcohol iba decayendo. Al llegar a su casa recordó que aquella tarde iban de visita las ancianas del club de damas. Entró por la cocina. Desde el comedor le llegaban el sonido de la conversación de las ancianas. Se preparó un sandwich y encendió el televisor. Su madre entró de improviso, cuando él daba la primera mordida.

- Bah, ¿estás acá? Ven a conocer a las damas
- Mamá, no estoy vestido para saludar a tus amigas.
- Son todas viejitas; casi no ven a más de un metro. Nadie se fijará en esos detalles.

    Se hechó la chaqueta sobre los hombros y siguió a su mamá de mala gana.
    En efecto, en un primer vistazo notó que era un grupo de ancianitas tomando el té. Algunas debían rozar los ochenta años. Pero con la segunda mirada notó a una mujer guapísima sentada en el brazo del sillón, ¿sería la señora Eduvigis? Parecía de unos 45 años. Labios finos pintados, nariz recta medio respingona. Llevaba un sobrio vestido con flores y zapatos de taco medio. Una mujer elegante, hermosa a la luz de la lámpara. Cuando su madre lo presentó la mujer sonrió jovialmente y le dijo "hola". Daniel sintió que lo observaban como a un perro que hace alguna gracia para los invitados.

- Hola, buenas noches. Me disculpan un segundo. Regreso enseguida.

    Subió a su cuarto dando zancadas, corriendo como un adolescente al que dejaron salir a una fiesta. Entró al baño, se miró al espejo. ¿Estaba sonriendo? Si, esos huesos amarillos detrás de los mostachos blancos eran sus dientes. Recordó la sonrisa de la señora Eduvigis ¡¡qué hermosa sonrisa!! Dios mio, Dios mio -Pensó-. Se cubrió la boca con las manos de emoción. Su corazón palpitaba a 200 km/h. ¡¡Qué mujer más hermosa!! Observó su aspecto desastrozo en el espejo y se preguntó

- ¿Qué camisa me puedo poner?

miércoles, 22 de abril de 2015

El Estudiante Universitario

Mi nombre es Gonzalo Pineda. Tengo 18 años y odio leer y las matemáticas. En enero me matricularon en la universidad. Mi papá quiere que saque una profesión. Ninguno de ellos estudió en la universidad. Soy el hermano mayor. En la primera prueba me fue mal, como lo que se llama hoyo. Me prometí estudiar; juré pasar el ramo. Pero se sentó a mi lado Cecilia. Una morena con tetas que dan deseos de volver a la lactancia. Me habla toda la clase. A ella no le importa pasar los ramos; sus papás tienen plata. Le obsequiaron un automóvil cuando terminó cuarto medio con dos años de retraso. Tiene un pololo que estudia medicina y al que casi no ve. Me cuenta sus aventuras sexuales con otros tipos, mientras el profe explica la ecuación cuadrática. Me la pone dura en clases y por las noches sus confesiones no me dejan dormir.  

En la segunda prueba me fue como el pico. El profe nos sorprendió riendo y nos echó de la sala. No había nadie en el pasillo 

- ¿Qué hacemos?

Teníamos clase en la hora siguiente

- Vamos al Mall -invitó Cecilia- Tengo que comprar algo.

Tomó la autopista y condujo a 120. Se estacionó en el subterráneo. El Mall estaba medio vacío, pero todas las tiendas abiertas. Vagamos un rato por aquí y por allá, sin comprar nada; se nos fue la mañana hablando tonteras, probándose zapatos y carteras. Se veía exquisita. Con tacones es un poco más alta que yo. 

Al medio día me invitó a comer un completo. Estábamos sentados en el Dominó's cuando de pronto veo que se viene acercando mi mamá a nuestra mesa.

- ¿y tú no estás en clases?- me escupió la vieja.

Me quedé helado; me quedé petrificado, sonriendo como un ciego al vacío.

- Nos suspendieron las clases -atravesó Cecilia- 

Mi mamá la miró con cara de "y esta puta quién es". El maquillaje, los jeans ajustados, los zapatos con plataforma, la cartera no le daban el típico aspecto de universitaria hippie.

- Ella es una compañera de curso.
- Ah, sí -la miró como se mira  a un zapato abandonado en mitad de la calle- ¿por qué no estás en clases?
- Mamá, el profe suspendió las clases.
- ¿Todo el día?
- Sólo las de la mañana. Tenemos un laboratorio a las dos y media.

Mi mamá levantó la manga de su chalequito de lana y le echó un vistazo al reloj. Comparada con Cecilia mi mamá parecía una mujer sencilla, con zapatos bajos, jeans, una blusa y un suéter de lana, ahora largo, que compró hace tiempo en Ripley. 
Eran las doce y media.

- ¿Y por qué estás aquí? ¿por qué no te quedaste estudiando en la biblioteca?
- Vinimos a ver unos libros en esa librería -explicó Cecilia mientras señalaba la librería Antártica-, pero no los encontramos. Además, están carísimos los libros, ¿verdad?
- Sí, mamá, ¿sabes cuánto cuesta un libro de anatomía? Ciento cincuenta mil pesos.

Mi mamá no se tragó todo el cuento, pero se tranquilizó. Igual me sermonió un rato delante de Cecilia. Al final la invitamos a un café.

- Y usted ¿qué anda haciendo aquí, mamá?
- Vine a comprar una tele. Tu papá me dijo que estaban en liquidación en falabella.
- ¿Una tele? Pero si lo que más tenemos son teles
- Quiere una para la cocina. Tú sabís cómo es tu papá; le gusta ver el partido los domingos mientras almorzamos.
- ¿Y ya la compró?
- Fui a ver, pero no sé cómo llevármela. Había una de cincuenta pulgadas, pero es demasiado grande para llevarla en bus, así que quería pagar un colectivo o un taxi.
- Yo la puedo llevar, ¿a dónde viven?

Mi mami la miró con desconfianza

- ¿Y ustedes no tienen clase?
- Pero a las dos y media. Tenemos tiempo. Piénselo mientras voy al baño.

Cecilia se puso de pie y se alejó. Mi mamá me lanzó en bolea

- No te creo nada lo que me estás diciendo ¿qué edad tiene esa mujer? No parece estudiante.
- Es mi compañera de curso.
- ¿Quién va a pagar esto?
- Ella me invitó
- ¿Ella te invitó?

Mi mamá estaba arrellanada en su silla mirándome con desconfianza. Debe haber sentido que su niñito mayor se estaba transformando en hombre al lado de Cecilia.

- ¿Y cómo te ha ido en las pruebas? No me has dicho nada. A tu papá no le quiero ni hablar del tema.
- Más o menos; pero en matemáticas mal. Usted sabe que nunca me han gustado las matemáticas.
- ¿Te sacaste un rojo? -asentí- ¿Quieres que te busque un profesor particular?
- No mamá, yo puedo. Tengo que estudiar más. Aparte que el profe de matemáticas es más fome que la cresta. Me tiene mala, todo el rato me hace preguntas y me molesta.
- Bueno, y ese huevón ¿qué se cree?
- No sé; es que los profes de repente se creen la gran cosa, se creen super sabios, bacanes.

Cecilia regresó a la mesa

- ¿verdad que el profe de matemáticas es aburrido y nadie le entiende nada?
- Sí, es aburrido, pero no explica tan mal. Hay que estar atento a la clase y hacer los ejercicios. No es tan difícil.
- Ah, yo no le entiendo nada.
- A ver, ¿qué estamos viendo en clases?

Mi mamá me clavó una mirada que más parecía un cuchillo inquisitivo

- No sé... ¿ecuaciones?
- Pero ¿qué ecuaciones? -insistió la perra de Cecilia. No sé qué se traía entre manos-.
- ¡Ecuaciones! Ecuaciones ordinales o algo así.
- Estamos viendo ecuaciones cuadráticas ¿Viste? Tienes que estar más atento.
- Este niñito no hace nada en la casa. Llega a ver tele, a jugar en el computador, pero yo nunca lo veo estudiando. Ni siquiera ordena su pieza.

Las dos se fueron contra mí. 

- Ya, mamá, córtela.
- ¿Se decidió? -cortó por fin Cecilia- ¿quiere que la lleve?

Mi mamá se decidió y Cecilia nos llevó hasta la casa con el televisior de cincuenta pulgadas. Mi mamá se sentó adelante; yo viajé en el asiento trasero sujetando la tele. No hablé en todo el camino. Ya ni siquiera encontraba rica a Cecilia. La detestaba.




domingo, 5 de abril de 2015

Prince of Darkness

       Comenzaba a sentirme mareado, somnoliento, medio aturdido. Sabía que me quedaba poco tiempo. Cogí el teléfono y marqué su número. Ella contestó, con voz malhumorada y seca. Me había tragado medio frasco de pastillas para dormir y tres generosas copas de whisky. Este era mi cuarto o quinto intento de suicidio en un año. Se lo conté. Ella respondió

- ¿Para qué llamas? Haz lo que tengas que hacer; en este momento estoy acompañada. No te quito más tiempo.

Y colgó. ¡Maldición!
Les juro que no sentí nada, sólo un rotundo y definitivo silencio. Bebí un buen trago de whisky que ardió en mi estómago.

    Habíamos tenido buenos tiempos con Patricia; ella era espontánea, alegre, llena de vitalidad. Hicimos todo lo que se hace en relaciones como la nuestra: poemas, libros, música, noches enteras en el sofá, botellas de vino a un costado de la cama, marihuana en sus calzones en el aeropuerto -¿alguna vez han fumado un porro con olor a concha?- Intempestivos viajes en automóvil por varias comunas de la región que duraban toda la noche, hablando de literatura, cine, amores pasados, anécdotas cotidianos. Compuse música para ella. Me sentía inspirado, lleno de ideas. Recibía encargos; estaba lleno de trabajo. Pero pasó el tiempo, y el amor que una vez fue joven, envejeció. Comenzaron los celos mutuos, palabrotas, golpes, y una tarde me vi a mí mismo propinándole un puñetazo en esa boca hermosa que tanto amé. Todo se rompió. Nos separamos.

   Ella rehizo su vida y yo, bueno, ustedes saben, no se puede encontrar una Patricia a la vuelta de la esquina o en un supermercado. Intenté seguir, pero no pude. Las ideas se acabaron, dejé de componer y mi trabajo se fue a la mierda.

    Así que ahí me tenían ustedes, con medio frasco de somníferos remojados con whisky en la panza, intentando acabar con todo. Cuando no estás a gusto en una fiesta ¿qué haces? Pues te vas; y yo me quería largar lo antes posible de la parranda. 

   Me quedé esperando que la muerte acudiera al llamado que le estaba haciendo, golpeara la puerta y se presentara frente a mí. Estuve mirando la puerta esperando que algo sucediera. Tenía la boca sequísima; la lengua tan caliente como para freir un par de huevos en ella. La luz de la ampolleta me molestaba en los párpados. Había programado jazz en la radio y en ese momento comenzaban los primeros acordes de "Prince of Darkness", cuando noté que en la superficie del whisky vibraban pequeñas ondas que rebotaban contra las paredes de la botella. Olas insignificantes, pero que de a poco crecieron hasta convertirse en un vaivén. 

   Entonces sentí que yo también me estaba moviendo. Todo a mi alrededor se movía en una suave ondulación. La puerta chocaba con algo; la oscilación creció repentinamente. Tony Williams golpeaba la batería con fiereza cuando la enorme bestia se tragó mi casa y las paredes azotaron todo lo que estaba dentro. ¡Un terremoto! Oía platos cayendo en la cocina, muebles derrumbándose, paredes crujir como cáscaras de huevo. Las ventanas estallaron y los vidrios me golpearon la cabeza. Alguien me tomó del cuello, me lanzó al suelo, me pateó la espalda, las piernas, la boca, me pisó las manos. Estaba recibiendo una buena paliza. Se fue la música y la electricidad.

   Todo quedó a oscuras; el movimiento se detuvo lentamente. Después de unos segundos de absoluto silencio percibí un denso olor a gas en la nariz y en el paladar; luego, un enorme estallido. Una ola de fuego penetró en mi casa y me quemó el cabello, las cejas y la cara. Todo ardía. Me arrastré hasta la puerta; el pomo chisporroteó cuando lo toqué y me arrancó la piel de las manos. Me puse de pie. No pude abrirla. Desde afuera alguien le dio una furiosa patada, la puerta se abrió y me golpeó el hocico. Cai de culo. Un desconocido entró, pasó mi brazo por sus hombros y me sacó de ahí. 

   Parecía un sueño. Vomité mientras bajábamos las escaleras. Una vez en la calle me dejó sentado en el suelo. Las explosiones iluminaban la ciudad como si fueran las tres de la tarde. Un rio negro corría por las calles y reflejaba la luz del fuego como un ojo. Los cables eléctricos despedían chispas, el aire estaba cargado con olor a circuito quemado. La gente gritaba, se agitaba y corría de un lugar a otro. Parecía una fiesta siniestra. Alguien se acercó y me dijo

- Venga amigo, vamos hacia allá.

Me tomó de las manos y ayudó a que me pusiera de pie. Curiosamente, sentía frio. No sé cómo ni porqué, pero estaba completamente empapado. Sentía que algo se deslizaba por mis piernas hacia abajo, dentro del pantalón. Me había cagado en la ropa. Llegamos a la esquina. Habían unos bultos tendidos en el suelo. Le pregunté al tipo que me llevaba

- ¿Están muertos? 

El hombre respondió

- Amigo, esto es el infierno. Aquí todos estamos muertos.

    De eso han pasado ocho años, quizás nueve. No sé, no llevo la cuenta. Acá encontré a mi padre y a mis abuelos. No los veo muy a menudo, pero están bien. Este es un lugar enorme, aunque todo está siempre cerca. Jimi Hendrix toca martes, viernes y domingos en algún antro. Miles Davis dejó la trompeta y se dedica a cultivar flores en un invernadero. Victor Jara está componiendo otra sinfonía; comparte casa con Hemmingway, Gandhi y Tolstoi. Un tipo super relajado llamado Jesús -le dicen el nazareno, pero créanme, no se parece en nada al de las películas- prepara paella para todos, una vez por semana, en la entrada de su casa. Nos cuenta historias y anécdotas mientras fumamos marihuana y bebemos un vino exquisito. Yo trabajo en lo que sea. A veces de carpintero, otras veces limpiando calles o echando leña al fuego.
    Aunque no me crean, ni Hitler, ni el Papa, ni el padre Hurtado están acá; los mandaron al cielo. ¿Por qué? No sé. Supongo que aquí no hacen falta. 

    Así que los dejo a todos invitados, y si vienen me traen a Patricia. 

Tengan un linda día. 

Pepe.

viernes, 3 de abril de 2015

El León



      Hace unos días el decano nos citó temprano en su oficina al profesor de morfología, al de zoología, al de cirugía y a mí, un biólogo de poca monta. Nos enseñó unas fotografías. Había otro tipo que no conocía y que nadie se molestó en presentar. Pronto deduje de quién se trataba. Las fotografías correspondían a un León; mejor dicho, a algo parecido a un león. Lo que ahí se veía era un animal raquítico y pelado de color gris. Un anciano huesudo en cuatro patas. Otras fotografías mostraban una enorme herida en una de las patas traseras. Una costra amarilla y supurosa. El desconocido dijo

- Esas las tomamos hace dos meses.

Todos lo miramos. El decano explicó que nos traían un león de circo para hacer una autopsia.

- Es una tremenda oportunidad, profesores. Necesitamos armar un equipo. Podemos televisarla por circuito interno; los estudiantes pueden estar en la sala de proyecciones mientras el equipo realiza la operación. Esto es una tremenda oportunidad. No todos los días se tiene un león para hacer algo así.

      El decano estaba muy excitado. Salió a hacer unas llamadas. Nos quedamos con el extraño hombre que estaba frente a nosotros. Vestía de manera muy sencilla. La piel curtida de su rostro daban a su expresión un aire tosco, pero tenía modales tranquilos y afables. Carlos Montes, el cirujano, preguntó
 
- ¿Qué le pasó? -señaló al león de las fotografías.
- Una herida. Hace unos meses atacó a su entrenador. Tuvimos que entrar en la jaula y lo herimos con un gancho para que lo soltara del cuello.
- ¿Por qué no lo sacrificaron antes? -preguntó Eugenio Délano- es una maldad tenerlo así por tanto tiempo.
- Para nosotros este macho era semental. Hasta el final tuvimos esperanza de que pudiera dejarnos descendencia. No somos un circo con grandes recursos, no podemos ir al supermercado a comprar leones. Tenemos que reproducirlos nosotros mismos.
- O sea, este león nació en el circo -inquirí.
- Llevamos cinco generaciones de leones producidos por nuestra empresa. Comenzó mi bisabuelo. Nunca antes habíamos tenido problemas con los animales. Aunque no lo parezca, estos animalitos son dóciles; cuando nacen entre personas se comportan bien. Esta es la primera vez que nos ocurre algo así.
- Y entonces ¿por qué atacó a su entrenador?


El tipo suspiró y se sentó

- La historia es más o menos larga.

      Todos nos miramos. A mí me intrigaba la historia, conocer este tipo de detalles de la vida de los animales resultaba bastante interesante. El hombre de circo comenzó.

-    Este animalito nació hace siete años. Después de mucho tiempo pudimos por fin tener un macho. Antes los pedíamos prestados y eso significa gastos. Los primeros meses lo amamantó la madre, pero luego los separamos para que no se cebara. Los animales cebados son más difíciles de adiestrar. Así que los dejamos en jaulas separadas. Desde ese momento, el entrenador se hizo cargo completamente de él. Lo alimentaba, limpiaba su jaula, lo bañaba; era como su padre y al mismo tiempo su profesor. El león lo seguía a todos lados como un perro. El “profesor” le enseñó modales. El león se vuelve obediente y respetuoso. Aprende normas y las reglas del circo. Qué hacer, dónde ir o no ir, etcétera. El cachorro es juguetón, curioso y eso es lo que el profesor usa para enseñarle trucos. Le pusimos de nombre León.

>>    Entonces, León creció y poco a poco lo fuimos incluyendo en las rutinas. A los niños les encantaba. Era un animal inteligente, un animal que sabía hacer las cosas bien; todo resultó como las esperábamos. 

>>    Estábamos de viaje por el sur. Fue el verano del año pasado. Veníamos de regreso. Nos pilló lluvia torrencial en un camino secundario. Generalmente nos movemos en caravana para asistir a quienes eventualmente sufren algún desperfecto. Los camiones pesan mucho; uno de ellos socavó parte de la carretera. Se produjo un volcamiento de varios de nuestros vehículos. Entre ellos donde iba León. Su remolque rodó quince metros por un acantilado y se abrió. León nunca había estado libre. Lo vimos salir vivo e intacto de su jaula. Lo llamamos. Primero dio unos pasos tímidos en el barro. Pisó la tierra, olfateó el lugar. Parecía desorientado, perplejo. Lo llamamos desde arriba. Su profesor bajó para atarlo, pero León caminó hacia el bosque, nos miró por última vez y se adentró en la espesura.

        El decano irrumpió en la oficina hablando ruidosamente por teléfono. Buscó entre los papeles sobre su escritorio; revisó las gabetas, tomó un lápiz, escribió algo, nos miró y señaló el teléfono indicándonos que hablaba con alguien importante. Se acomodó en su silla y expresó sus planes inclinándose hacia atrás. Nosotros esperábamos que terminara de hablar y nos explicara de qué se trataba todo eso, pero se puso de pie tan raudo como entró y desapareció tras la puerta.
   Nos quedamos en silencio. El profesor de cirugía hizo un gesto con el índice en la sien y nos reímos. Después de unos instantes el hombre del circo continuó.  

>> Inmediátamente comenzamos la búsqueda. Se dio la alarma general. Se dispusieron equipos para su cacería. Queríamos evitar que lo mataran, pero ustedes entenderán que si León atacaba a alguien los responsables seríamos nosotros. Yo mismo en persona me adentré en bosques y cordillera para encontrarlo. Lo mismo hizo su entrenador. Durante tres semanas no supimos de su paradero. Temí que hubiera muerto; después de todo, León era un animal nacido y criado en cautiverio, nunca desarrolló sus instintos para enfrentarse al mundo salvaje e incierto. 

>> Cuando finalmente lo hallé estaba famélico. Llamé a su entrenador y a refuerzos del circo; pedí que trajeran comida. Tardaron dos días en llegar. Entonces, presencié algo que me hizo sentir orgullo de él hasta la médula de los huesos. Como les conté, León estaba flaco y aturdido, de seguro que no había comido en días. Debe haber percibido algo entre los arbustos, un olor, un movimiento, no sé, algo que yo no noté; se puso de pie, se agazapó y corrió hacia unos árboles. Temí que fuera al ataque de una persona. Lo seguí con el rifle cargado y mi corazón en vilo, pero lo perdí de vista. De pronto, ahí estaba, sacudiendo su melena, dando zarpazos con sus garras. Había atrapado un cerdo salvaje. El animal colgaba de su hocico, se sacudía y chillaba, luchaba con fiereza por su vida, pero era inútil. León lo arrastró con torpeza y lo mantuvo prisionero por varios minutos hasta que finalmente lo soltó. Debe haber sido un momento intenso en la vida de León. Percibir el sabor de la sangre caliente de su víctima, los latidos del corazón que poco a poco se fueron apagando. Tanto poder lo debe haber hipnotizado. En ningún instante me dirigió una mirada, sin embargo, estoy seguro que sabía que yo estaba ahí. Nunca me he sentido más cerca de nada ni de nadie que en ese momento, y sin embargo, lo único que podía hacer era quedarme escondido y llorar en silencio de alegría.

>>  Finalmente, llegó el equipo de cacería. Todos los del circo. El acceso era complicado en ese sector de la cordillera. Cuando se dio cuenta que íbamos por él, huyó. Se adentró en la cordillera. Lo buscamos por tres días hasta que finalmente dimos con él. Sentí mucha pena de atraparlo, pero era preciso hacerlo. Este animal representaba mucho para nuestro circo.

     En ese momento, el decano regresó a la oficina e interrumpió la narración con actitud pretenciosa, como si lo estuviéramos esperando solamente a él y durante todo el tiempo no nos hubiera interesado nada más que el programa de televisión que quería armar con la autopsia.

- Acabo de hablar con una productora -dijo-. Dicen que disponen de técnitos y camarógrafos para grabar la operación. Debemos instalar un par de artefactos en la sala de conferencias, es el único lugar donde hay una pantalla. El problema es que esa sala es sólo para diez personas. La idea es que puedan participar estudiantes y otros docentes, necesitamos una sala para cincuenta, ojalá para más. ¿qué opinan ustedes? ¿en qué otro lugar lo podríamos hacer?

Todos lo miramos y nadie dijo nada. La secretaria apareció para salvar el incómodo momento y lo sacó de su oficina.

- ¿Cómo sigue la historia? -preguntó Eugenio Délano
- Lo trasladamos hasta Concepción. Pensábamos quedarnos una temporada por la zona. Cuando regresó al circo nos dimos cuenta inmediatamente que algo había cambiado en él. Se había producido una transformación. Los animales no hablan con palabras, pero expresan sus estados de ánimo con gestos y actitudes, igual que los humanos. Nos miraba con desconfianza y rencor. Ya no era el animal obediente y manso de antes. Se negaba a participar en las rutinas. No seguía instrucciones; dejaba de comer por días. El entrenador intentó aleccionarlo con castigos. Fue una torpeza.

>> Una tarde, creo que fue un lunes por la tarde -lo recuerdo porque los lunes no abre el circo- el entrenador estaba ensayando la rutina con León y otros animales. Lo único que escuchamos fue un grito ahogado. Los niños comenzaron a llorar. León había atrapado a su amigo de toda la vida, a su profesor, del cuello. Lo estaba desangrando. Entramos en la jaula e intentamos zafarlo, pero se negaba a soltar. Lo golpeamos con cuerdas y palos, y lo único que logramos es que lo arrastrara por la jaula. Finalmente, alguien lo hirió con un gancho en una de sus patas traseras. León dio un rugido y soltó el cuerpo del profesor que estuvo meses hospitalizado. Al principio pensamos en sacrificar a León, pero necesitábamos que primero se cruzara con algunas de las hembras. La herida no sanó y nosotros no hicimos nada al respecto; de algún modo nos sentíamos decepcionados de él y lo abandonamos a su suerte. Se volvió melancólico,  miraba al cielo, los pájaros, mientras la herida supuraba y se iba llenando de moscas. Pienso que en el fondo de su mente bruta, en algún lugar debió sentir un cambio profundo. Quizás los animales tienen alma realmente, o consciencia. El resto de la historia la conocen. La herida infectada lo mató y ahora muerto parece que hará su último espectáculo frente a las cámaras.

     Sonrió amargamente. Nos quedamos pensativos. El decano se asomó al marco de la puerta. 

- Amigo -dijo dirigiéndose al hombre del circo- venga, acompáñeme usted; tiene que firmar unos papeles y queda todo resuelto. 

     El hombre se despidió de nosotros. Minutos después regresó el decano frotándose las manos y con una enorme sonrisa; sólo le faltaba pararse sobre las manos para mostrarse más feliz.

- Si quisiera podría meter en líos al dueño del circo –comentó el decano – cada vez que muere un animal deben avisar al servicio agrícola y ganadero; éstos inician una investigación. Con toda seguridad terminarían dándole una tremenda infracción por las condiciones en las que estaba el animal. Incluso podrían cerrar el circo. Pero para qué vamos a ponernos pesados – sonrió – esta es una excelente oportunidad para hacer una buena autopsia frente a un grupo de estudiantes. Además, ¿de qué otra forma podríamos conseguir un león? Los peces gordos de Santiago están muy entusiasmados con esto, van a transmitir la autopsia via streaming. Bueno, entonces profesores ¿cómo nos organizamos, ya planificaron algo durante estos minutos?