domingo, 30 de agosto de 2015

Arresto Domiciliario

Terminamos de ducharnos en un motel de cuatro lucas, y nos secamos con las sábanas con motas.
Lo que siguió fue buscar un lugar donde comer por luca y media. Nos metimos dentro de una micro acondicionada para la ocasión y pedimos la especialidad de la casa: pan con mortadela frita, tipo churrasco, y un café para dos, Ecco. Malísima la hueá.

Afuera comenzó a llover. Temuco es así. Estábamos intentando deglutir nuestro desayuno cerca de una feria. El lugar olía a cáscaras de naranja. Unos hombres descargaban sacos de papa de un camión y la lluvia hizo barro en sus cuellos. Claudia -aun con el pelo mojado- me miraba y sonreía; nunca la vi tan hermosa.

- No creo que pare -dijo.
- Ojalá que no.

Dentro de la micro había una estufa a leña; dos huevos chisporroteaban sobre un sarten. La lluvia arreció y nos pareció sorprendente la alegría de no tener ningún lugar a donde ir. Creíamos que nos íbamos a quedar  ahí para siempre. El agua sólo intensificó el movimiento de los pionetas que ponían los sacos sobre una carreta. Una vez cargada un muchacho delgado se colgó del mangó e hizo palanca hasta hacer rotar la carga sobre el eje. Dio dos pasos y con apenas un minúsculo empuje puso en movimiento las ruedas metálicas  del acorazado rojo. Otros hombres sacaron una caja de vino y bebieron mientras echaban bromas al muchacho.

- ¿Por qué son tan felices? -preguntó Claudia

Yo no supe qué responder. Me encogí de hombros y sonreí. 

Subió un tipo con sombrero de fieltro y abrigo negro, mojado como una esponja. Se sentó a nuestro lado, miró a Claudia y le preguntó.

- ¿Les molesta que los acompañe?
- No, por cierto. 

Colgó el abrigo a un lado de la estufa que goteaba como si estuviera recién lavado. 

- Ustedes no son de acá. ¿Universitarios?

Claudia asintió.

- ¿Me permiten que los invite a un café?
- Con mucho gusto -dijo ella.

Él mismo se puso de pie, cogió tres tazones y los depositó sobre la mesa. Acto seguido fue por el agua. Yo puse tres cucharadas de café a mi taza y cuatro de azúcar. Claudia hizo algo similar. No paraba de sonreir. Se veía preciosa y coqueta; me entraron celos en la panza. El tipo se movía con seguridad dentro de la micro. Sirvió el agua y se sentó a nuestro lado.

- La verdad es que me encantan los días así. Este lugar es el más vivo y honesto de la ciudad. Ustedes son espectadores privilegiados de una escena teatral; están presenciando la alegría, la espondaneidad de personas que tienen vidas durísimas, pero que sin embargo, no pierden ocasión de disfrutarla a concho.
- Eso mismo pensaba hace un momento, por qué son tan felices. Están mojados, sucios, deben cargar esos sacos en sus espaldas, pero conservan la alegría.
- ¿Y ustedes? Apuesto que no tienen ningún peso.

Yo pensé "aquí saca el rollo y nos pide plata".

- Jajaja... algo así -dijo Claudia.
- Los vi desde afuera y me pareció que eran parte de esta escena alegre. Yo vivo en esta chancha hace trece años. Me cansé del trabajo, de la vida, de las deudas y de todo. Compré este adefesio, lo acondicioné un poco y...
- ¿Vive solo? -preguntó Claudia
- Tengo una cocinera -sonrió y dejó ver sus dientes amarillos- Somos como gitanos; viajamos de un lado a otro. Nos detenemos, vendemos desayunos, almuerzos, pasamos una o dos noches y luego continuamos la marcha.
- ¿Y cuando conduce por la carretera lleva la estufa encendida? -comenté.
- Jajaja... eres un malilla... 

Pero Claudia no entendió el doble sentido y me miró  confusa.

- ¿De dónde vienen ahora? -preguntó ella
- Estuvimos en Puerto Cisnes, Puyuhuapi, Melinka.
- ¿Y eso dónde queda?
- Hay que cruzar por barco desde Quellón. De regreso nos pilló mal tiempo; tuvimos que encadenar el adefesio... uf, fue una travesía. Pero es muy lindo... la cordillera se sumerge en el mar y se forman canales alrededor de sus faldas. 
- Tengo ganas de ir para allá -me miró.

Pero no teníamos un céntimo. El tipo dijo

- Aprovechen, láncense a la vida, a los viajes. 

Cogió un libro de un estante y se lo dio a Claudia. 

- Léanlo mientras tengan los pies en la carretera.

Era un libro de Kavafis. 

- Yo ya no piso la carretera; estoy con arresto domiciliario -sentenció y nos mostró sus dientes afilados y amarillos. 

Era realmente un tipo feo, pero simpático. 
Salimos sin pagar nuestra merienda. Claudia me dijo 

-¿vendamos ésto?

Era un collar de oro que tenía una C en relieve en un trozo grande del metal. Nos acercamos a una joyería, Claudia regateó y obtuvo un precio que le resultó conveniente. Caminamos hacia la carretera tomados de la mano. Llevábamos todos nuestros artefactos en una sola mochila. Nos sentamos en un paradero a esperar que pasara la lluvia. Claudia abrió el libro - debían ser las dos de la tarde- y leyó en voz alta

Itaca

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado
, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.


Terminó de leer, se acercó y me besó. Nos quedamos abrazados viendo la lluvia caer, sin pensar en nada.

lunes, 3 de agosto de 2015

Los Amantes

1  

    Esta es la historia de Ismael, un tipo castrado por la vida común y corriente. Un tipo que en algún momento se atrevió a desear un poco de emoción para romper con la rutina, sin pensar, ni tan sólo imaginar que ese deseo se le cumpliría con creces.

    Hace dos años quedó solo; su mujer e hijo salieron de la ciudad. Ismael no sabía cocinar, y por tanto almorzaba todos los días en la "Picada de don Pedro". Ahí comía mucha gente; trabajadores del sector, camioneros, barrenderos, asaltantes, proxenetas, taxistas, secretarias y viajeros que se detenían en la esquina a beber ponche de frutilla, a degustar las ricas lentejas con pana y ají cacho de cabra,  chunchules o guatitas a la primavera. 

    Josefa también almorzaba en ese lugar. Josefa había sido novia de Ismael años atrás y por aquel entonces atendía una farmacia en el centro. No se veían desde hacía un buen rato, así que a primera vista no se reconocieron. Ismael estaba más calvo y había echado panza por encima del cinturón. Josefa por su parte había engordado proporcionalmente. Aquel día llevaba minifalda crema y una chaquetita ajustada con botones a punto de salir disparados; era una sensual arma cargada. Estaba solo y al verlo se detuvo a saludar

- ¡Y tú! Tanto tiempo sin verte.
- Hola, ¡¿cómo te va?!

     ¡Qué lindos son esos encuentos!
    Lo primero que observó fueron las mejillas regordetas de Josefa y luego el escote. Iba acompañada con una amiga, pero al día siguiente tomó la precaución de llegar sola y un poco antes. Se sentaron juntos en una mesa retirada del bullicio y las risotadas de los comensales. Conversaron de todo. Le contó que estaba casado y, aunque no precisó por qué, comentó que las cosas no iban bien en el matrimonio. Ella se alegró de verle y quedaron de reunirse la noche siguiente a en un bar que Josefa frecuentaba.

    Era un bar desordenado, jovial y ruidoso. Josefa pidió vodka tónica e Ismael piscola; luego ella pidió sushi. El rostro de Ismael expresó su perplejidad cuando Josefa le comentó que el salmón estaba crudo.

- No puedo creer que nunca hayas comido sushi, ¿en qué mundo vives?
- ¿qué es esto verde?
- ¡No te lo comas! Jajajaja...

Risas, luces y alcohol. Y de pronto el Dj del local programó una canción que Josefa conocía. Se puso de pie e hizo movimientos y gestos, como si estuviera cantando

Tú, amor mio, 
quién te ha dado en este mundo más cariño.
Yo, en cambio yo, 
siempre he sido muy amada.
Mas nosotros, amor mio,
muy unidos lograremos algo más. 
Tú, eres tú, una estrella que ilumina nuestro azul...

- Me encanta esta mujer; se llama Mina ¿la conoces? Es italiana
- A mí me gusta Maná
- A mí también

    Y se besaron. Un buen beso: profundo, alegre y calentón.

- ¿Vamos a tu casa? -propuso Josefa

   Pero los escrúpulos de Ismael lo impulsaron a recomendar otra cosa

- Mejor vamos a un motel en Rodriguez

   Entraron al Fish, un motel de mala muerte. El precio y la cercanía resultaron convenientes a Ismael. Se echó una píldora a la boca y entró al baño para tragarla con agua. Josefa se introdujo desnuda en la cama con un poco de repugnancia. Ismael salió del baño balanceando la panza. Encendieron el televisor; estaban dando "Un Paseo por las Nubes"

- Me encanta esa película -susurró Josefa mientras era besada en la boca- ¿la has visto?

    Todo salió bien. Ismael quedó con taquicardia y migraña, pero se guardó de hacer comentarios. Se vieron jueves y viernes, y acordaron pasar el fin de semana juntos en Cocholgüe.
    Arrendaron una cabaña frente al mar; compraron botellas de vino. Apenas llegaron se metieron en la cama, pero Josefa estaba distante: besaba maquinalmente y rehusaba entregarse por completo.

- ¿qué te pasa? 

   Por la noche, después de cenar pescado al horno, bajar una fría botella de "souvignon blanc" y estando sentados alrededor de la estufa a leña, Josefa contó lo que le ocurría.

- No pienses que no te deseo o que no quiero hacerlo contigo.  Tengo un problema que me tiene super preocupada.

    Estaban abrazados en el sillón. Ismael con actitud de amante comprensivo.

- Hace unos meses estuve saliendo con un tipo, el contador de la farmacia. A mí no me gustaba, pero me llamaba, me enviaba mensajes, regalitos y todos esos pequeños detalles... y como dice mi madre "de tanto ir el cántaro al agua se termina rompiendo". Nos enrollamos. Al poco tiempo estaba super enamorado de mí; me decía que me quería, que se quería casar conmigo, y a mí eso me produjo reticencia. Cuento corto: me alejé y como las cosas no funcionaron él solicitó su traslado a Antofagasta. Antes de irse me pidió que saliéramos por última vez. Yo no me cuidaba y él me decía que se había hecho la vasectomía.
- ¿Se cortó las bolas?
- No, jajaja, eso es castración. No, la vasectomía es otra cosa. En fin, salimos por última vez y pasamos toda la noche juntos. Y después de eso no lo volví a ver.
- ¿Cuál es el problema entonces?
- Esto ocurrió hace un mes y medio y desde entonces no me llega la regla.
- Ahá. ¿Y tú qué crees que pasó?
- Espera. Hace una o dos semanas este tipo me vuelve a llamar. Me dice que soñó conmigo, que en sus sueños veía que yo estaba mal, que presentía que a mí me pasaba algo. Siempre fue medio medio esotérico, con sueños premonitorios. Llama y dice que le confíe lo que me pasa; que  me puede ayudar, que nunca me ha dejado de querer.
- Qué extraño todo ese rollo...
- Hoy por la mañana me llamó nuevamente y volvió a decirme que estaba soñando conmigo. Le leyeron las cartas, el tarot, y le dijeron que había una noticia importante en el sur... yo creo que este tipo no se hizo la vasectomía; me engañó para embarazarme y quedarse conmigo.
- ¿De verdad crees todo ese cuento? -Ismael contuvo la risa- ¿Por qué no usaron condón?
-Y ¿A quién le gusta el condón? Mira, mañana quiero hacerme un test de embarazo para salir de dudas.

   Y esa noche durmieron juntos, pero sin sexo. Ismael se durmió con una sensación extraña y tuvo pesadillas. Por la mañana Josefa salió a comprar el test a Tomé. Al regresar pasó directamente al baño. Aunque no era asunto suyo, Ismael sintió una puntada de angustia en el estómago. 

    Al cabo de unos minutos oyó llanto. Josefa estaba sentada en el wc, con la falda levantada, los calzones en los tobillos, los muslos expuestos y el test en la mano con una nítida línea roja. Se acercó e intentó consolarla.

- Yo no puedo tener este hijo. No puedo, no puedo. No quiero.
- Pero un hijo es una bendición. Ahora piensas que no lo quieres, pero con el tiempo vas a adorar a tu hijito...
- Es que no quiero nada que me vincule a él. ¿Entiendes eso?

   Y el drama se prolongó por el resto de la mañana. Ismael llevaba apenas una semana sin su mujer y ya estaba enredado en un culebrón mexicano, y  pensó ¿qué mierda estoy haciendo aquí? Le hubiera gustado tomar su bolso y regresar a la rutinaria y anónima vida cotidiana. Pero algo lo detenía; una especie de sentido del deber para con su ex-novia y amante.

    Al medio día Josefa había tomado una decisión importante: abortar. No le comunicó nada a Ismael, aunque sí le pidió que la acompañara esa misma tarde donde un médico en Chiguayante.

- ¿Chiguayante? ¿Y por qué Chiguayante?
- Hoy es domingo y mi amiga conoce a un ginecólogo que tiene su clínica ahí. Yo no puedo conducir con estos nervios, por favor llévame tú. 



2

    Recogieron a la amiga en Concepción e Ismael las condujo por unas ensortijadas calles que desembocaban en el río Biobío.

- ¿Estás segura que es por acá?
- Sí. En la esquina doblas a la derecha -decía Ruth, amiga de Josefa-. Aquí es. Estaciónate un poco más allá. 

   La calle vacía estaba adornada por perros que dormían en la berma. Casas a medio construir con cercas de madera. Una ampolleta se iluminó tímidamente en la neblinosa cabeza de Ismael. 

- ¿Qué es esto, a qué vienes para acá?
- Si quieres me esperas aquí. 
- Pero ¿qué lugar es este?

    Tocaron el timbre de la casa. Atendió una mujer. Ruth preguntó por el doctor, y los hicieron pasar a un cuarto que venía a hacer las veces de consultorio; estaba provisto de una camilla, estantes con medicinas, plantas y  ventanas cubiertas con persianas celestes y gruesas. El "doctor" era un enano regordete que llevaba pantuflas y una arrugada camisa de franela a cuadros.

- Dígame -dijo el doctor dirigiéndose a Ruth
- Mi amiga está enfermita, doctor.
- ¿Qué tiene?, ¿qué le duele? -habló con suavidad a Josefa
- Creo que estoy esperando, doctor.
- ¿Ya se hizo ecografía?

   Josefa negó con un movimiento de cabeza. Entonces, el doctor sacó de un cuarto una destartalada máquina para hacer ecografías; una máquina con pantalla verde que vibró como un resfrigerador cuando la encendieron. 

- Desnúdese el torso y recuéstese aquí ¿usted es el papá?
- No, no. Yo soy amigo.

    Al doctor no pareció interesarle la respuesta. Ismael intuía el desenlace de toda la historia, pero se aferraba a la idea de que Josefa sólo quería hacerse una inofensiva ecografía en una casa que olía a comida. 

- Bien, ahí está. Ese puntito de ahí.

   Ismael sólo veía puntos en la pantalla. 

- Por el tamaño se puede decir que tiene entre seis y ocho semanas de embarazo -dijo el doctor mientras medía el tamaño del punto usando como referencia el pulgar y el índice de la mano izquierda, pegados a la pantalla-. Todavía es sólo una célula -enfatizó- debe cuidarse para que se estabilice en el útero. Venga a verme dentro de un mes para hacerle otra ecografía.

   Él doctor apagó la máquina y se produjo silencio en la habitación. Ismael respiró tranquilo, pero Ruth rompió la quietud con su voz

- Doctor, mi amiga quiere interrumpir el embarazo.

   El doctor no se sorprendió  por el comentario y se limitó a responder tranquilamente

- Con seis semanas no hay forma de interrumpir.
- Doctor, usted nos puede ayudar, ¿verdad?

   El doctor observó a los tres visitantes y se detuvo en Ismael

- De cualquier modo usted no tiene pinta de policía, ¿verdad? Eso cuesta 200 mil pesos. ¿tienen esa cantidad? Si no lo podemos dejar para otro día
- Sí, doctor, tenemos esa cantidad.
- Pero ¿cómo Josefa? Piénsalo bien -comentó un asustado Ismael- ¿qué vas a hacer? Esto puede ser peligroso. Mira donde estamos.
- No se preocupe, amigo -lo tranquilizó el doctor- en veinte minutos terminamos todo esto.

    Y dirigiéndose a Josefa agregó

- Pase a ese cuarto, desnúdese y póngase la bata que está detrás de la puerta.

    Josefa obedeció. Ruth la acompañó, pero antes de cerrar la puerta del cuarto, se volvió y le dijo a Ismael

- Si quieres nos esperas afuera.

    Ismael estaba paralizado. Vio que el doctor tomaba unos guantes y una jeringa en cámara lenta. Vio salir a Josefa y subirse a la camilla, con el rostro desencajado. Vio que el doctor buscaba la vena en el brazo de Josefa y la inyectaba

- Tranquilita, tranquilita... es sólo un calmante que le evitará molestias.

    Vio al doctor coger unos bastoncillos con los que se limpian los oídos de los niños. El doctor se acercó a Josefa y le dijo con toda calma y amabilidad

- Levante un poquito las piernas... Eso, un poquito más. Sepárelas un poco, eso muy bien, así está bien.

    Y con el bastoncillo raspó y rompió algo que hizo que Josefa gritara y comenzara a llorar. El tiempo se volvió sordidamente lento. Un coágulo de sangre sobre la camilla; la atmósfera sudorosa se mezcló con el pesado olor del aceite de freir papas. Se oyó un ahogado televisor detrás de las paredes. En algún lugar de esa casa había una familia comiendo. Todos eran cómplices. Ismael imaginaba lo peor. En cualquier momento podría llegar la policía; tendría que llevar a Josefa desangrándose a un hospital y luego no podría escabullirse de las explicaciones. Pensó en su familia, en la muerte, en su hijo, en la vergüenza de estar involucrado en un delito. Sintió que las piernas se le doblaban, cuando el doctor se puso de pie.

- Listo. Eso es todo. Pase al cuarto; hay un bidé donde se puede lavar. La llave roja es para el agua caliente. Tómese su tiempo, no hay apuro. 

    Ruth la acompañó. El doctor limpió la camilla, se quitó los guantes y sonrió a Ismael

- Eso es todo. ¿ve? No es para tanto; era sólo una célula amarradita a una tela de araña

    Ismael seguía de pie, aturdido. El doctor le alargó una receta 

- Tiene que comprar estos medicamentos. Esto es para los dolores, una cada ocho horas. Esto otro es un cicatrizante, cada doce horas. Y este para evitar una hemorragia; también cada doce horas. Cómprelas en la farmacia en esta dirección. Usted toma la calle principal, donde está el servicentro, hay una farmacia de unos conocidos que no le harán preguntas. ¿Me entiende?
- Esta cada doce horas, ¿verdad?
- Sí, le anoté todo ahí al lado. Todo va a estar bien, en dos días ni se va a acordar. 

    Esperaron  a que salieran Ruth y Josefa. Una vez que pagaron los honorarios, el doctor les ofreció un sillón para que se relajaran durante unos minutos.

- Cuando salgan dejan la puerta cerrada.

   Y el doctor desapareció en los interiores de la casa como tragado por un dragón. 
   Josefa, Ismael y Ruth permanecieron sentados en silencio en el sofá hasta que finalmente Josefa dijo

- Creo que ya se me quitó el efecto del calmante. ¿vamos?

    Salieron de la casa y no olvidaro cerrar la puerta. Ismael condujo tranquilo y sedado. Le dolían los músculos del cuello por la tensión. Se detuvo en la farmacia y Ruth bajó a comprar los medicamentos de la receta.

- ¿Dónde vamos? -preguntó Ismael
- Llévanos al Mall; me estoy muriendo de hambre - respondió resueltamente Josefa

    Las llevó al Mall costanera Center. Ahí las dejó y regresó caminando a su cada. Había sido un fin de semana terrorífico.

*


3 Enseñanza

    Apenas hubo entrado en su casa se desnudó, se duchó, comió algo y se sentó a frente al televisor. Vio el resumen del futbol, luego el noticiario, los asesinatos, los robos, las guerras en Siria y las muertes en Palestina. Nada de eso importaba. Tenía una cerveza en la mano y había decidido olvidar todo lo ocurrido durante la última semana. Se alegraba de volver a la tranquilidad. Cuando su mujer llamó le dijo

- Te extraño
- ¿Me extrañas? ¿Estás bebiendo?
- Un poco; sólo una cerveza.

  Y así, Ismael comprendió que es mejor tener una vida rutinaria y aburrida antes que vivir aventuras extramaritales, correr riesgos con amantes que eventualmente podrían arrastrarle a un mundo fuera de la estabilidad capitalista a la que estaba tan acostumbrado.

   Pasaron las semanas, los meses y lo olvidó todo. No quedaba una pizca de inquietud en su alma desértica cuando un día, al cabo de un año, tropezó con Josefa nuevamente, en el centro de la ciudad. Ella estaba igual: rellenita y sensual, y él más gordo y pelado. Josefa venía de hacerse un corte de cabello que le sentaba bastante bien. Le comentó que se había casado con el contador de la farmacia

- ¿Con el contador? Pero me dijiste que te había engañado con lo de la vasectomía
- Si lo hizo es porque le importo, ¿no crees? O sea, porque me quiere.
- Pero te mintió... te embaucó
- Quizás te cueste entenderlo, pero después de todo lo que pasó me di cuenta que él me ama, y eso es lo que a mí me importa.

   Le contó que habían comenzado un tratamiento para tener hijos, pero que nada daba resultados y que eso la tenía un poco deprimida, aunque no perdía las esperanzas. Ismael no quiso mencionar que su mujer tenía ocho meses de embarazo. Se despidieron y cada cual siguió su rumbo en el vertigionoso supermercado de la vida.