martes, 2 de febrero de 2016

Succión


Encontré una mosca detenida dentro del enrejado del ventilador, detrás de las aspas. La mosca se frotaba las patas delanteras. Una con otra, como una mujer que se esparce crema por los brazos. Primero la pata derecha restregaba la pata izquierda; después la pata izquierda hacía lo mismo con la derecha. Pasó ambas patas por sus cinco mil ojos; se quitó las legañas. Las patas de en medio también participaron, y con eso finalizó el acicalamiento de su tren delantero. Realizó algo similar con el tren trasero. Esto incluía sus patas, sus alas y el tren posterior. Parecía hada pulcra, y reflexioné en el concepto erróneo que tenemos de las moscas al considerarlas seres sucios y respulsivos. Decidí que a partir de entonces, les permitiría detenerse en mis sándwiches o en cualquiera de mis comidas. Entonces encendí el ventilador.

La succión atrajo a la mosca hacia las aspas y tuvo que aferrarse al enrejado. Para los que no saben física, esto se debe a que el ventilador empuja el aire hacia afuera por la parte delantera y succiona el aire por su parte posterior. Funciona como una bomba y la mosca estaba atrapada en esas leyes de la física de los fluidos. En fin, la mosca no parecía tener problemas con la fuerza del aire. Se aferraba bastante bien; era una simple contrariedad tener que soportar una pequeña ráfaga de viento. La velocidad del ventilador estaba en baja; la subí a media. Con velocidad media vas a tener problemas. Ahora veremos cómo te sienta un poco de presión. El primer efecto que observé fue que se levantaron las alas de la mosca y también noté que en sus patas se manifestaba cierta tensión. No sé si las moscas tienen fibras musculares, pero estoy seguro que si las tienen, éstas estaban tensas. Se agarraba con fuerza. La mosca soportaba bien y salvo por sus alas no movía un músculo; con cualquier movimiento se hubiera traicionado a sí misma. ¿Estaba nerviosa?, ¿pasó su vida por delante de sus miles ojos?, ¿se acordó de dios? Yo era dios en ese momento y aun me quedaba la tercera velocidad.

Sin embargo, me conmovió la actitud pertinaz de la mosca, aferrándose a la vida, soportando aquella presión. Así que decidí darle una oportunidad. Si la mosca es tan obstianda para resistir esta presión tiene derecho a vivir. Me compadecí y apagué el ventilador. Le permitiría escapar, rehacer su vida con otra mosca, dejar descendencia, quizás salir de viaje de vez en cuando, ¿qué sé yo? Pero la mosca no quiso escapar. Se mantuvo en su posición. Ella estaba decidida a permanecer en ese lugar y yo pensé que esa batalla la había ganado la mosca. Pero tenía curiosidad, quería saber cómo acabaría la mosca si subía a máxima velocidad. Encendí el ventilador a toda potencia.

La mosca ni pestañeó. Se estaba aferrando con la punta de las patas, con las garras. ¿las moscas tienen garras? Sus alas casi se desprendían de su cuerpo. El viento era tan intenson que de seguro se estaba despeinando. Sólo era cosa te tiempo para que la mosca se fatigara, cediera y se entregara a su fatal destino. Esperé. Nada. La mosca resistía con valentía y determinación. Comenzaba a aburrirme. Necesitaba ver acción. Necesitaba ver sangre. Además, sentía esa natural curisodad científica que tenemos todos los seres humanos. Con el pulgar di un pequeño golpecito sobre el lugar donde estaba la mosca, esto la desestabilizó y... bueno, de inmediato escuché algo parecido al sonido que hace un grano de arroz cuando cae sobre la mesa.

La mosca quedó retorcida por ahí, con las alas vueltas hacia dentro, medio encogida y abollada. No vi sangre.

Acomodé el flujo de aire hacia la cama, me desnudé y me recosté a dormir una sienta, como un dios abúlico que ni siquiera se complace de su maldad.

sábado, 30 de enero de 2016

La Sonata


   Me enteré que mi hermano perteneció a las SS por casualidad. En su guardarropa mantenía una revista con la esvástica. Yo temía preguntar. Siempre fue un tipo reservado. Eran los primeros meses después de la guerra. Algunos soldados regresaban a casa; otros desaparecieron para siempre. Berlín estaba hecho polvo. Recogíamos las colillas de los cigarrillos americanos y las cambiabamos por pan o pescado. A menudo pasaba las tardes pescando en el Spree.

   Los americanos resultaron ser bastante simpáticos. Mascaban chicle y calentaban sus alimentos en tarros. Nos enseñaron a decir “ok” y “fuck you”. De cualquier modo las chicas alemanas no eran de su interés. Estaban desnutridas. Todos temíamos las represalias. Cuando aparecieron las primeras familias judías nos escupían en la calle. Un par de veces despertamos con los vidrios rotos. Amenazas de incendio. Tuvimos que mudarnos al barrio de Neukölln; con edificios recién construidos para los ex-soldados. El departamento era pequeño, con un solo baño, pero cálido en invierno.

   Teníamos que compartir la habitación. Mi padre había muerto; mamá daba clases de piano por la mañana y trabajaba en un almacén por las tardes. Mi hermano intentaba rearmarse. Había participado en la guerra. Había pertenecido a las SS. Lo único que sabía era de armas, de combate y de reducir al enemigo judío. Por las tardes se reunía con Erik, un amigo del departamento de enfrente. Se enfrascaban en discusiones mientras yo practicaba las sonatas de Beethoven al piano.
Erik también había sido un SS. Después de la guerra se casó con la frau Olga; treinta años mayor. Ella había recibido una herencia sustancial, se sentía sola y necesitaba protección. Eran tiempos difíciles. Llegaron al departamento de enfrente pocas semanas después que nosotros. Frau Olga fumaba un cigarrillo tras otro y olía a tabaco. Tenía la voz ronca y pastosa. Por las mañanas la oía carraspear con fuerza y luego escupir. Yo imaginaba que sus flemas debían ser como el hollín de un panzer, y que nunca se desharía de ellas del todo.

   Erik eran un holgazán. A veces mi hermano lo recibía en calzoncillos; se encerraban en el baño a fumar. Ese verano mi madre compró un ventilador Kässel. Era el único aparato eléctrico que teníamos en casa, además de la radio. Fue un verano caluroso y polvoriento. Se cocinaba en las calles; a ratos olía a pólvora. Por las noches soñaba que en cualquier momento comenzaba la guerra. Veía paracaidistas invisibles en todas partes, bombas cayendo del cielo como azarosas gotas de lluvia. Recibimos las primeras imágenes de lo que los americanos habían hecho en Hiroshima un año antes; todos sufrimos pesadillas. Mamá apareció temprano esa tarde.

- ¿Tu hermano?
- Fumando en el baño -

   La sonata “Pathetique” me estaba dando problemas. Mamá se detuvo junto al piano a escuchar unos compases; corrigió mis imprecisiones y agregó

- Tu hermano no fuma.

Luego se dirigió al baño. Tras unos minutos regresó y dijo molesta

- Tú nunca serás concertista; debes volver al instituto.

Orden, Obeciencia y Santidad

Los jovencitos se amontonaban en la plaza de la parroquia para saludar al santo. El Padre Hurtado le había dicho antes de morir

- Fernando, tienes un Don. Debes usarlo para guiar a la juventud y encaminarlos a la santidad.

Durante los últimos cuarenta años se había dedicado a la tarea.
Les había mostrado su santidad.

Juan estaba sentado en sus rodillas. Se había quitado el pantalón. Juan era seminarista. Había viajado desde Iquique para conocer al padre Fernando, el santito. Después de un par de semanas el santito lo llevó a su oficina y le preguntó

- ¿Quieres conocer la santidad?

El muchacho asintió

- Esta es la santidad -dijo el santito manoseando la entrepierna del joven- éste es el camino que conduce a Cristo.

Se habían hecho amantes. De eso hacía ya mucho tiempo.
Juan preguntó

- Padre, ¿por qué no acepta mujeres en las reuniones?
- Las mujeres son sucias; arrastran el pecado. ¿Sabías que muchas de ellas tienen infecciones urinarias? Me lo comentan en el confesionario. Sufren cuando orinan. El Señor las castiga por sus pecados de vanidad y avaricia.
- Pero Telma...
- Esa niñita parece virtuosa, pero no te confíes -sentenció el curita.

Los besos del padre Fernando eran atropellados y torpes. No sabía usar la lengua. Telma Echenique besaba bien. Cursaba tercero medio. Aparecía por las tardes con uniforme de falda con pinzas. Él la miraba subir las escaleras. Se encontraban en la sacristía. Ella sabía hacer mamadas de experta. No había comparación alguna con las pésimas mamadas del santito, aunque le divertían sus extravagancias, como colgarle el rosario en el miembro antes de echárselo a la boca; lo mamaba con adoración y torpeza.

Telma era hija del general.
La junta de gobierno lo envió al norte. El general Echenique se confesaba con el padre Fernando, igual que su mujer. No confiaba en el capellán del regimiento. Había pasado las últimas semanas soportando el calor bajo un techo de totora en Pozo Almonte; pero regresaba a Santiago. 

Lo recibió una escolta de militares y lo condujeron a tejas verdes. Entregó los informes respectivos, se entrevistó con algunos coroneles; pasó revista de los detenidos, las ejecuciones, la lista a desaparecer durante esa semana.

Por la tarde se dirigió a su casa de campo. La familia: contentos de verlo. El padre Fernando y un grupo de jóvenes seminaristas acompañaba la cena. Aquello era su isla de tranquilidad en medio del océano de las exigencias cotidianas. Telma estaba radiante. Se abalanzó a su cuello

- Papito, papaito, por fin llegaste

Quiso confesarse antes de comer. El padre Fernando lo tranquilizó

- Tenemos tiempo y me voy a quedar todo lo que sea necesario. Sé que has tenido unas semanas durísimas.

También asistían los Amunátegui, los Larraín Cotapo, el clan Larraín Vidal y la familia Sánchez Ossandón. Toda la hidalguía chilena sentada alrededor de la mesa. Se bebía buen vino. Ostiones, salmón, conejo horneado y choclos de la quinta. Se habló de los proyectos de modernización en infraestructura; la inversión en Codelco. La mujer del general Echenique era quien explicaba los progresos experimentados por el país a un matrimonio español interesado en invertir en vinos

- Lo que pasa es que el chileno es de una mentalidad mediocre; entonces, cuando uno vive en un país mediocre necesita tener a alguien fuerte encima. El general es un hombre fuerte, de mano dura... lo que este país necesitaba era una limpieza. Desmalezar; pero los comunistas crecen como la mala hierba. Es un dicho que tenemos acá en Chile.
- Pues las noticias que tenemos de ustedes es de estabilidad y mucho espacio para las inversiones.
- Estamos llamando inversionistas; los excedentes del cobre...
- El cobre y sus excedentes -intervino el padre Fernando- creo que no hay que descuidar el alma del país. El rol de la iglesia en todo este proceso ha sido y será muy importante. La iglesia es la garante de los valores, y un país sin valores es como un barco sin timón.

Todos asintieron. Telma y Juan estaban en el jardín, escondidos detrás de un árbol de bugambilias. Juan intentaba entrar por detrás.

- Ten cuidado, Juan, despacito... me duele, ay, ay, así, así... eso. 

Cuando regresaron el santito le dio una mirada de reproche a su pupilo. Entonces, el general quiso confesarse. Entraron en su despacho. Una oficina amplia con fotografías familiares. Había una biblia sobre el escritorio.

- No tienes nada que explicarme; con sólo mirarte sé que has hecho un buen trabajo. El país y la historia te lo agradecerán.
- Son miles, padre. Usted no se imagina. Llegan de todas partes. El país está infestado de comunistas. Los escuadrones entran a las poblaciones y los rojos emanan como la pus.
- Y ustedes van a terminar con esta inmoralidad. ¡Santo dios! Cuéntame, ¿cómo se comporta Osorio allá en el norte? ¿comulgan esos impíos, se arrepienten? 
- Algunos se arrepienten; algunos parecen buenas personas. La marea roja convenció a esos incautos y recién ahora van tomando consciencia de su ceguera... otros, parecen cambiar, pero luego han intentado fugarse. No sabemos quiénes se arrepienten con sinceridad y quiénes...
- Hay que acabarlos a todos. Ante la duda, es mejor hacer una limpieza profunda.

Se oyeron dos golpes en la puerta. La mujer del general entró. 

- La telmita está mal...
- ¿qué le ocurre, mija? - preguntó el santito.
- Tiene hemorragia, padre. Está sangrando.
- Estará con la menstruación, esa niñita; eso es lo más normal.
- No, padrecito -carraspeó y habló en voz baja- está sangrando por detrás.

El santito detuvo el automóvil. Viajaba solo con Juan.

- A ver, muchachito, ¿fuiste tú?
- ¿Yo qué?
- Lo de Telma, no te hagas el desentendido.
- Padre, le juro por la cruz de Cristo y pongo a san Padre Hurtado de testigo, que yo no tengo nada que ver con eso. 
- Bien. Te creo... 

Lo besó en la boca, esos besos torpes y húmedos, se reconciliaron y continuaron el viaje.




miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Qué Será?

Me enamoré de la mujer barbuda.
La conocí en un banco. Yo estaba haciendo un depósito; ella lo estaba asaltando.
Llevaba el rostro cubierto y me robó el reloj.
Días más tarde lo encontré adornando su muñeca en un café

- Ese reloj es mio
- Ah, ¿sí?
- Me lo robaste en el banco hace unos días.

Tres tipos se pusieron de pie; dos payasos y el trapecista.
Pertenecían a un circo pobre que estaba en las afueras de la ciudad. 

- No vale gran cosa, ¿lo quieres de regreso?

Uno de ellos puso la hoja de un cuchillo en mis costillas. Me subieron a un destartalado volkswagen escarabajo celeste  -como el de Mujica- y me trasladaron hasta el circo.
Se llamaba Isidora; vivía en un remolque con su monita.

- A ver, ¿qué haremos contigo? Naturalmente sabes que asaltamos el banco.

Mientras hablaba podía ver los vellos rubios de su rostro recortados por el sol.

- ¿Tienen leones acá? -pregunté

Sonrió. Su rostro se iluminó. Las calles y edificios florecieron. Los mares se alzaron en enormes olas y luego fueron solo espuma.

- Y están hambrientos -respondió-
- No parece un lugar que reciba mucho público
- Por eso hacemos horas extras

Se sentó sobre la mesa. Cruzó las piernas y pude observar que no tenía vellos en los muslos. 

- ¿Te gustan mis piernas? -no respondí- ¿y esto te gusta?

Se quitó la blusa y me mostró sus enormes senos.
Uno de los payasos golpeó la puerta

- Isi... ¿necesitas ayuda?
- Tranquilo, yo me encargo.

Nos desnudamos e hicimos el amor.
Aclaro que el único lugar de su cuerpo que concentraba vello era su rostro. Lo demás estába minuciosamente depilado.
Al finalizar se vistió y me dijo

- Te puedes ir.
- ¿eso es todo? ¿No te preocupa que los denuncie?
- Después de esto no lo harás.
- ¿qué quieres decir? ¿Hacemos el amor y problema resuelto?
- Así se resuelven todos los problemas de la vida, ¿o no? Con sexo.
- Te informo que también existe el diálogo, los correos electrónicos, las llamadas, el whatssap, los comentarios en el muro de facebook...
- ¡Vale! -me detuvo-. No estoy para enrollarme con nadie. Así que te largas o vas a dormir a la jaula de los leones.

Tuve que caminar. Por la noche no podía quitármela de la cabeza. Había sido un pésimo polvo, pero su aroma, su piel, el roce de tus vellos en mi rostro, me habían atrapado en las redes del enamoramiento.
Tenía que verla nuevamente; por suerte se había quedado con mi reloj.

Regresé la tarde siguiente. Encontré al trapecista sentado alrededor del fuego. Una mujer preparaba sopa desteñida. La niña mono hacía malabarismo con las brazas. El hombre lanzallamas secaba unas sábanas con su aliento. Unos payasos tocaban los tambores. El imitador de pájaros cantaba sentado en la rama de un árbol. Había ambiente festivo y alegre

- Ella no está -dijeron.

Me senté con ellos; tomé sopa, bailamos y estuvimos conversando. A media noche dormimos amontonados dándonos calor unos con otros.

Por la mañana apareció la mujer barbuda. Venía de mal humor. Me acerqué a su remolque. Abrió la puerta y me atacó con su escote y su sensual furia

- Te dije que no aparecieras por acá, ¿qué quieres? ¿quitarte las ganas conmigo?
- Te quedaste con mi reloj

Se lo quitó, me lo lanzó en el rostro y me cerró la puerta en la nariz.

Su mejor amiga me contó lo que pasaba.
Isidora estaba enrollada con el hombre gorila. Tenían una monita y compartían el remolque. Todo iba bien hasta que lo sorprendió enrollándose con la mujer tragasables. Entonces la mujer barbuda armó escándalo, amenazó con castrarlo mientras dormía y con afilar los sables de su amante. El hombre gorila la echó cagando. Sus nuevos planes eran instalarse con la tragasables en el remolque.
Así que la mujer barbuda tenía dos opciones: dormir en la jaula de los leones o regresar con sus padres. El problema es que los padres de la mujer barbuda ya no formaban parte del circo; se habían instalado en una cómoda casa en el centro de la ciudad; y ella amaba la vida itinerante del espectáculo... y al gorila. 

- No la culpes; tiene muchas cosas en qué pensar

Comentó su amiga. Y agregó en voz baja

- Además... ella tiene mucha testosterona.

De regreso a mi casa vi el titular de un periodico. En la fotografía de la portada aparecía el hombre gorila con semblante triste, sentado a la orilla de una laguna. A su lado un hombre muerto.
Una de las aficiones del gorila era emborracharse y hacer competencias acuáticas. Así que la tarde anterior se había dirigido con dos amigos a la laguna de Las Tres Pascualas. Bebieron hasta emborracharse y se lanzaron al agua, con tan mala suerte que uno de ellos se ahogó. Lo encontraron un par de horas más tarde a seis metros bajo el agua.

- Vaya -pensé- un idiota menos en la fila del banco. 

Durante el resto del día trabajé intensamente, e intenté olvidar a Isidora. No pude; me sentía en el infierno. Por la noche, en casa, lustré mis zapatos, bajé media botella de vino y me derrumbé en la cama sin ambiciones, sin talentos y con el pecho vacío y sin gloria. A las dos de la madrugada recibo una llamada suya.

- ¿Dónde estás? -dijo con voz meliflua y seductora- ven a buscarme; necesito besarte, necesito que me hagas el amor. ¡Ahora!.

Un impulso sensual me lanzó bajo la cama; corrí como un adicto tras la droga. La recogí en una esquina. Pasamos toda la noche juntos. Por la mañana seguíamos abrazados. Yo estaba medio dormido, y de pronto comenzó a rezar lentamente

- ¿Qué será esto dios mio,
esto que vive en las ideas de esos amantes,
que cantan los poetas más delirantes,
que juran los profetas embriagados,
que está en la peregrinación de los mutilados
que está en la esperanza de los infelices,
que está en el día a día de las meretrices,
también en los bandidos y en los desvalidos,
en todas partes y en todos los sentidos?
¿qué será, dios mio,
ésto que no tiene decencia, ni nunca la tendrá,
ésto que no tiene censura, ni nunca la tendrá,
ésto que no tiene sentido?

Cuando finalizó yo estaba llorando. Lloré y lloré como un crio de ocho años frente a dios. No frente al dios todopoderoso judío, católico ni griego. Sencillamente frente al espíritu religioso que hizo que nos entenderiéramos en la cama en ese momento. Le dije

- ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

No respondió. Me levanté al baño. Ella exclamó

- Estás orinando con la puerta abierta y te estoy escuchando.

Cerré la puerta. Terminé de mear. Me lavé las manos, me miré al espejo. Me sentía bien, en calma. Salí del baño. Ella no estaba. Se había largado nuevamente. Se llevó mi reloj y vació mi billetera. Por absurdo que parezca me sentí feliz.

Por la noche volví al circo. Estaban comiendo sopa de tallarines. Me dijeron

- Están ahí los tres, discutiendo.

Se referían a la mujer barbuda, a la tragasables y al gorila, metidos en el remolque. Una verdadera jaula de monos. Bebí con el trapecista y los payasos. Nos emborrachamos. Isidora apareció con rostro furioso a buscar su plato; no me dirigió la palabra. Pero a media noche se acercó

- Te necesito, bésame, por favor.

Estaba ebrio. No sé en qué lugar nos acostamos, pero sé que era un lugar blando y sucio. Hicimos el amor y nos dormimos abrazados. Por la mañana cuando desperté el circo se había marchado. Sólo quedaban las huellas de las jaulas, de las ruedas, de las carpas sobre el pasto. Me incorporé y deambulé por ahí. Me senté bajo un árbol. En el bolsillo de la camisa tenía un bulto. Era mi reloj. Por fin lo había recuperado.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La Merca


    Encendí la luz de la habitación. Los zancudos me observaban silenciosos; se habían dado un festín durante la noche y reposaban satisfechos en las paredes. Tenía ronchas en los brazos, en piernas y en el cuello. Aplasté otro y dejé una mancha roja. La pared estaba salpicada de manchas de sangre como una tela de arte moderno. 

    Me levanté a beber un poco de agua. Era lo único fresco en esa casa. Sabía que la hepatitis era un riesgo, pero la sed era más fuerte que el miedo.
La merca estaba sobre la mesa. Cien kilos. El dinero dentro de mis zapatos. Eran las cinco treinta de la mañana; ya estaba amaneciendo. Afuera los papagayos parloteaban su discurso matutino. Tendría que atravesar la ciudad con la merca encima.

Dije en voz alta

- Francisca, Francisca...

Como un conjuro para espantar la mala suerte. Dos días atrás nos habíamos despedido. Se levantó de mala gana y se puso mi suéter verde. Fue lo primero que encontró. No llevaba nada debajo. Me acompañó hasta el umbral de la puerta. La rodeé por la cintura y la besé en la frente. Estaba adormecida y me miró con ojos entrecerrados; nos besamos en la boca y sentí su aliento pesado del amanecer. Balbució

- ¿Cuántas mudas llevas?
- Cuatro
- ¿desodorante, tu cepillo?
- Sí
- No olvides el lápiz
- ¿lápiz?, ¿para qué quiero un lápiz?
- Lo siento -sonrió- estoy durmiendo... no estoy pensando.

Y se apoyó en el marco de la puerta.

- No te duermas aquí... se te van a partir los labios.
- Ahhhh!! qué ordinario. Dime algo romántico.
- ¿Algo romántico a las siete de la mañana?
- ¿Me vas a extrañar?
- Está bien.
- Imbécil -me arregló el cuello de la camisa- ¿qué tienes que hacer exactamente?
- Llevar un paquete
- ¿Un paquete? -y sonrió con malicia- ¿de qué tamaño?
- Así de grande -puse su mano entre mis piernas- enorme.

Tomó mi manó, la llevó a sus muslos, se apretó contra mí y nos besamos con intención. De su cuello subía el aroma de sus senos. Me separé y le dije

- Ya, me tengo que ir

Y la dejé ahí, de pie, mirándome bajar la escalera.

A las seis de la mañana aparecieron los policías. Mis escoltas. Venían montados en un vehículo institucional. Parecían soldados de juguete. A uno de ellos lo había visto antes. Era un moreno con rostro salpicado de espinillas, pero sabía manejar bien su revólver y no dudaba si tenía que disparar. El otro era el factótum de turno; al que le tocó conducir aquel día. El plan era bien simple, me llevarían hasta la iglesia. Allí estaría el párroco dando la misa. Aprovecharíamos la procesión para sacar la carga. El alcalde se había comprometido con hombres que distribuirían la merca entre niños y mujeres. Luego, a esperar.

Subí al automóvil y nos pusimos en marcha. El conductor viró a la derecha y tomó rumbo hacia el oriente.

- ¿Quiere fumar? -preguntó Nolberto, el moreno de las espinillas.

Tomé un cigarrillo, lo encendí, aspiré profundo y lancé una bocanada de humo por la ventana. Las calles estaban adornadas con guirnaldas. Varios borrachines dormían bajo un árbol amontonados con sus perros. Éste era el Itaboraí que recordaba.

- ¿Cómo pasó la noche?
- Malditos zancudos; si no chillaran tanto antes de dar un bocado
- No son zancudos, son jerjeles.

No hubo más comentarios. Estaba pasando los minutos previos de angustia antes de finalizar un trabajo. El otro policía era un tipo rechoncho; en la nuca se le formaba un rollo de carne que sobresalía del cuello de la camisa. Parecía que lo hubieran encajado en el asiento y que nunca saldría de ahí. Aceleró y no se detuvo en el semáforo. Nolberto dijo

- ehhh...

Entonces sacó el arma y me apuntó.

- Recuéstese en el asiento.
- El alcalde sabe que...
- El alcalde, el alcalde... ese maricón no sabe nada.

Sabía que el alcalde podría hacerme la jugarreta, pero quién estaría detrás de esta pasada. Nolberto no era tan astuto. Dimos un par de vueltas y nos metimos en la carretera hacia el sur. El conductor no había pronunciado ninguna palabra. Entró por un camino adyacente no asfaltado. Nos sacudimos un poco porque no redujo la velocidad. Otros diez minutos así y luego se detuvo. Un tipo abrió la puerta desde afuera. Nolberto dijo con voz monótona

- Baje

Tendrán que matarme -pensé. Miré alrededor. Vi leña amontonada y varios bidones. Me van a quemar. Mi pobre fran. Se iba a enterar por las noticias. Debí decirle “te amo, mi cielo, mi luna, mi flor, mi hormiga” antes de bajar la escalera. Quizás nunca encontraran mi cuerpo. Ni siquiera podría llevarme flores al cementerio para mi cumpleaño. A ella le encantan los lirios.

Nolberto me auscultó

- Veamos qué tenemos por acá

Yo nunca llevaba armas encima.

- Está pelado -dijo. No encontró el dinero que tenía amarrado a los tobillos. 
 
El otro policía seguía en el automóvil. Abrió la puerta lentamente, puso un pie en el suelo, se acercó con una escopeta y le disparó a Nolberto por la espalda, a quemarropa. Un único y contundente disparo. El negro se desplomó como un saco de papas. Me apuntó y dijo con una mueca parecida a una sonrisa

- ¿Usted por qué no viene armado?

Sus ojos eran dos bolas negras que me miraban con ironía. Tenía el rostro mofletudo recién rasurado; sus labios gruesos y nariz ancha le daban un aire bobalicón. Hizo un gesto al otro tipo y luego se dirigió a mí

- Ayúdele, por favor.

Tomé los pies de Nolberto; curiosamente aun respiraba. Pesaba tanto como un cajón de clavos. Lo depositamos cerca de la zanja. El otro hombre puso manos a la obra armando una pira de madera; luego lo roció con bencina. El mofletudo preguntó

- ¿Cuántos kilos son?
- Cien
- ¿Quiénes iban en esta pasada?
- El párroco, su jefe de policía …. y el alcalde.
- Claro, se acercan las elecciones. Pero no queremos su reelección -sonrió.

Prendieron fuego. Nolberto intentó levantarse y chilló mientras las llamas le entraban por la boca.

- Usted váyase -dijo el bobalicón- esto tardará un par de horas.
- Pero y...
- Le recomiendo que no se acerque al pueblo, podrían estar buscándolo. Déjenos el resto a nosotros.

Primero caminé lentamente esperando el disparo. Luego corrí durante una hora hasta alcanzar la carretera. Me había quedado con el dinero de la merca. Tomé un bus y regresé a casa. Llegué a eso de las doce de la noche. Llovía. Francisca estaba trabajando en su tesis. Cuando me vio entrar sonrió. Me quedé de pie disfrutando su sonrisa como si la viera por primera vez en diez mil años. Iba a dar el primer paso para acercarme, pero ella exclamó

- ¡No! Sacúdete bien los pies antes de entrar

Tenía los zapatos embarrados. Me descalcé, tomé una ducha y luego nos metimos alegremente en la cama.

La Venganza de Bosch

La mujer desdobló la carta y leyó.

Me voy. 
Estoy harta de vivir  a la sombra de un farsante. 
¿Qué? ¿nunca te lo habían dicho? 
Eres un farsante y un marica impotente. Estoy segura que ya lo sabes.
Me voy con Carlos porque al menos él sabe hacer algo: hacerme feliz. 
¿sabes lo que es eso? 

Te dejo tus estupideces, pero las joyas son mias; me las gané.
No me busques. 
NO INTENTES buscarme.
Si realmente tienes bolas no me buscarás.

- Seis meses después la encontraron muerta a la muy puta, jojojo -comentó Bosch jocosamente
- ¿Te divierte? ¿Qué edad tenía?
- Veintipocos, aunque ya era una zorra vieja.
- ¿No la extrañaste? ¿nunca lamentaste que se fuera?
- ¡Bah! Fue lo mejor que me pudo pasar. Gracias a eso conocí a este sabio demonio -señaló una botella de whisky-. Un tipo tranquilo y conversador; es mi mejor amigo.

Levantó una copa y bebió.

- Bueno. ¿para qué me hiciste venir? -preguntó la mujer- ¿Necesitabas testigos para recordar tu pasado?
- Una vez estuve bajando una botella tras otra de Jack Daniel's durante un mes... era una vieja zorra, pero la quise, sabes, la quise mucho, y siempre la deseé... me enloquecía en la cama. Me enardecía. Ella decía que no le calentaba mi cuerpo sino mi cerebro. Le gustaba mi intelecto y mi...
- Ya. Fascinante. Dime, ¿de qué se trata?
- Él huyó hacia el sur. La abandonó en Puerto Montt y huyó hacia Punta Arenas. Era un buen amigo, sabes. Nunca sospeché nada. Lo conocí en la escuela de investigaciones. Yo los presenté. De algún modo me siento el padrino de esa relación -sonrió. 
- Creo que has bebido demasiado.
- Sí. Los presenté y los empujé para que huyeran. Soy el autor intelectual de ese delito.

Bosch dejó una fotografía sobre la mesa

- ¿Lo reconoces?

La mujer dio una bocanada a su cigarrillo y lo depositó en el cenicero

- A simple vista, no ¿Quién es? ¿tu padre?
- No, el espíritu Santo.
- ¿Y le gustan las fotografías de perfil?
- Sí, para subirlas a su facebook.
- ¡Maldita vanidad!

Tomó la fotografía y la observó más detenidamente. 

- Ese bigote me molesta
- ¿Cuándo?

Ella sonrió.

- ¿Así resuelves tus casos?
- Sólo cuando estoy borracho.
- ¿Y qué otras cosas haces borracho?
- Conducir a 150 km/h
- No me gusta la velocidad.

Bosch sonrió y bebió lo que le quedaba en la copa de un sorbo. Ella comentó

- Definitivamente el bigote me molesta.
- Se la tomamos hace dos meses.
- ¿Se la tomamos?
- Nada personal. Asuntos internos lo investiga por defraudar al fisco y aportar a una campaña política.
- ¡Mierda! ¿Y de la vieja escuela?
- No te pongas sexy tan pronto. Dejó la institución hace años, pero tiene buenos contactos, así que no ha sido tarea fácil. Está muy protegido.
- ¿Dentro o fuera?
- En todas partes.
- ¿Y tu ex qué?
- Por eso te llamé. No quiero que digan que se trata de venganza.

Ella lo observó y reflexionó unos instantes.

-¿Por qué te dijo que eras impotente?

No pasaron toda la noche juntos.
Por la mañana Bosch se sentía satisfecho. Había hecho el amor con una mujer madura y hermosa; y era sábado. Le gustaba el sexo maduro. Con Isabel -su ex- todo era intenso y preciso, pero demasiado rápido. Lo enloquecía el aroma de Isabel, su piel, su risa y su voz, pero después de cada acto quedaba con la insatisfacción de algo inacabado, un vacío. En cambio, la torpeza de Melissa en las artes amatorias proveía la profundidad sexual que necesitaba. 

Pasó revista a sus pensamientos. Carlos había huido con Isabel; se apropió de sus joyas, de su cuenta corriente, la dejó en Puerto Montt y viajó con la excusa de establecerse en Punta Arenas y regresar por ella. Nunca lo hizo. Isabel no pudo soportarlo, enloqueció y se pegó un tiro. Hasta ahí era la historia de un trio amoroso. Pero Carlos tenía ambiciones. En Punta Arenas administró un bar para militares; ese fue su salto saltó a la fama. Transportaba cocaína y marihuana para oficiales y políticos en aviones del ejército. Manejó una red de prostitución por la llamada confraternidad chileno-argentina. El gobierno regional hizo la vista gorda. Aquello no era delincuencia; era el espacio ocupado por un emprendedor del entretenimiento. Le decían "charlo" porque además cantaba tangos.

La red de narcotráfico creció y "charlo" quiso expandir su esfera. Propuso a algunos generales importar la coca directamente desde Perú. Para ello se organizó un vuelo no registrado por la dirección de aeronáutica. Hacía dos viajes semanales entre Arica a Punta Arenas por la costa. Le llamaban con el nombre clave "la abeja", porque traía saquitos miel en las patas. Pero no era el narcotráfico ni el fraude al fisco lo que lo tenía acabado. Se había metido con las hijas de los generales. Entonces se lo cargaron por secretaría. Desbarataron la red de narco, las putas, el bar y salieron a la luz los fraudes para financiar campañas regionales de alcaldes y senadores. 

Bosch no estaba interesado en ese aspecto del asunto. La justicia haría lo necesario, cuando lo encontraran. El capitán Bosch quería saber quién más estaba involucrado dentro de la institución, en investigaciones. Estaba seguro que peces gordos estarían sacudiéndose mientras colgaban de las aletas.

Recibió una llamada, era Melissa

- ¿Entonces? Aun no respondes mi pregunta -comenzó ella.
- Preparé café
- ¿Por qué te dijo que eras impotente?

Bosch guardó silencio.

- Si no te gusta el café puedo prepararte una infusión de hierbas.
- ¿Agua de boldo?
- O pata de vaca. ¿Sabías que la hoja de la pata de vaca parece una vagina?
- Francamente no sé si pueda con esto; estoy llena de cosas y...
- Hazlo por la institución -bromeó Bosch
- Creo que tomaré agua de boldo con cedrón, ¿tienes frutas?
- Acá te espero.

Colgó y fue a tomar una ducha.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Amor de una Tarde


Aquella mañana los pacientes no paraban de llegar. Primero un hombre gordo al que le dolía una muela. Tuvo dificultades para acomodarse en la silla. Trabajé lo mejor que pude soportando su agitada respiración, el vaho que despedía su cuerpo y las gotas de sudor que se deslizaban por su cara. 

Luego una mujer no tan joven que vestía minifalda. Tenía enormes tetas. "Solterona sexy chapada a la atigua is detected" -pensé. Su perfume dulzón se me introdujo en la nariz como un chorro de agua. 

Más tarde un maldito pendejo inquieto. Tardé un siglo en ponerle anestesia.

En la sala de al lado trabajaba Fernanda. Acababa de egresar de la facultad. Veintiseis dulces años. La mejor de su generación. Premio universidad y todo el rollo. Bajita, pálida, cabello castaño oscuro ondulado, y una sonrisa casi perfecta. Quiero decir, su sonrisa era perfecta, pero siempre que terminaba de sonreír hacía un gesto con los labios parecido a un sarcasmo. Tenía sonrisa sardónica; pero yo pensaba que se burlaba de mí, o que era un poco amargada.

De cualquier modo, Fernanda era apasionada por su trabajo. Se movía como ardilla nerviosa por todos los rincones de su jaula."Toda escoba nueva barre bien", decía mi madre. Tenía un novio joven y musculoso que la recogía una vez por semana. El tipo aparecía en la clínica hablando por teléfono; siempre ocupado, siempre acelerado. Saludaba a todo el mundo con la misma sonrisa y se la llevaba por ahí para echarle un polvo de cinco minutos.

Casi todos los días, cuando se desocupaba, se detenía en el umbral de la puerta de mi consulta y me hablaba desde ahí. Generalmente para hacerme sugerencias o correcciones. Decía cosas como

- Doctor, creo que mejor utiliza un arco 0,8

O cosas como

- Doctor, primero debe palpar la encía antes de pinchar con la aguja.

A mi no me molestaban sus observaciones. A veces la ignoraba por completo y en otras ocasiones le devolvía una sonrisa. De cualquier modo, me resultaba agradable verla ahí, de pie, coqueteándome a su manera.

Muchas veces había pensado invitarla a salir, pero no me atrevía. Sin embargo, esa tarde, se detuvo como de costumbre en el umbral de la puerta y me lanzó

- Estoy tremendamente agotada.

Paré las antenas. Hasta ese momento nunca había declarado algo personal.

- Tiene que relajarse doctora
- Sí, necesito relajarme un poco, ¿conoce algún lugar dónde relajarse, doctor?
- Conozco muchos, doctora

Y se devolvió a su jaula. 

Sé que mi asistente olfateó todo el asunto. Salimos de la clínica juntos y la llevé a un antro a beber cerveza artesanal. Al cabo de un par de copas nos fuimos a mi departamento. Puse música, descorché una botella de blanco bien frío. Se quitó sus zapatos y se recostó en el sillón. Cogió uno de mis libros

- No sabía que te gustaba leer a Sófocles
- ¿Qué sabe usted de mí, doctora? 

Preparé algo rápido de comer. Pastas con salsa roquefort. Me senté en el suelo frente a ella y comimos. Bajamos la botella de vino y abrí la siguiente

- Wow, me gusta tu ambiente. Desordenado, pero me gusta -estaba medio borracha.

Había programado los grandes éxitos de Chet Baker. Me miró significativamente y nos besamos.

Siguiente escena. Estábamos metidos en la cama, desnudos. Yo besaba sus hombros por la espalda, su cuello, y me embriagaba con el aroma de su cabello. Ella estaba despertando

- ¿Qué hora es?

No respondí. Continué besando su espalda, acariciando sus senos. Pero ella insistió

- ¿Qué hora es? Me tengo que ir
- ¿Por qué no te quedas, preciosa? ¿para qué te vas a ir?

Se incorporó y entró al baño. La oí hacer esfuerzos para mear como una dama, pero el chorro resonó con impertinencia. Tiró la cadena, carraspeó, abrió la llave del lavamanos y salió desnuda, tal como había entrado

- ¿Dónde está mi ropa? -preguntó toda seria

Sus prendas estaban desperdigadas por la habitación, confundiéndose con mi ropa sucia, mis zapatos, mis libros, mis apuntes, mis ideas y todo lo que formaba parte de mi vida cotidiana. Encendí la luz y la ayudé a buscar.  Encontró sus calzones, sus sostenes y sus jeans.

- Supongo que no tendrás ninguna enfermedad, ¿verdad? Nada de lo que me deba enterar -comentó.

Lo habíamos hecho sin condón.

- ¿Y tú?
- Yo tengo pareja estable. Primera vez que hago algo así.

Me encogí de hombros y respondí soportando la puñalada

- Igual que yo.

La llevé hasta su casa y se despidió friamente con un beso en la mejilla.

Desde entonces no volvió a detenerse en el umbral de mi puerta para hacer bromas o comentarios.
Me hubiera gustado decirle que extrañaba su actitud alegre y juvenil, pero no tuve oportunidad de hacerlo.