domingo, 29 de marzo de 2015

Cruz y Ficción (Parte 1)

[Todos los hechos narrados en esta historia fueron inventados por el autor. Cualquier alcance de nombre es coincidencia].

Es el último día del 'Sínodo Episcopal' realizado en España, 1982. 
Después de varias jornadas, los buenos curitas se reúnen en la cafetería San Eustaquio a beber el último café, atendido por dos jovencitos que corren de mesa en mesa.

La barra del café está llena de hombres de iglesia, así que los cinco curitas de nuestra historia buscan un lugar entre las mesas de la acera, y la encuentran. Qué exquisito es descansar los pies. El lugar huele estupendamente, el ambiente es alegre. La conversación animada. Durante el almuerzo bajaron unos litros de mosto. El padre Fernando Karadima estaba efervescente, como una botella de champaña. Le encanta España; sentado en una cafetería como esa, se siente civilizado. Cuenta un chiste y provoca un estallido de risas.

El padre Juan Barros levanta una mano, intentanto llamar la atención de Bruno, uno de los garzones que de inmediato se acerca.

- Miren lo que tenemos por acá - comenta Karadima en voz baja mientras observa al joven que se acerca.
- Buenas tardes - saluda el muchacho - ¿qué les puedo ofrecer?

Bruno es un muchacho atlético y bien parecido, de unos diecisiete años, que sonríe condescendientemente a los curitas; es hijo del dueño de la cafetería. Viste pantalón negro ajustado y una camisa que delínea su musculatura.

- Un capuccino, dos expresos, dos macchiatos y pasteles de la casa para todos.

Bruno toma nota y se marcha con la orden. Karadima lo observa marcharse.

- Nada mal, nada mal

El octogenario padre Eulogio Algarracín parece el más triste en la mesa. Hace poco fue expulsado de la iglesia rumana; se está cursando una acusación eclesiástica por fotografíar a menores desnudos. Él alega que lo hizo con fines artísticos. Vuelve a la conversación que tenían hacía pocos instantes

- Fernando, ¿de verdad piensas que pueden trasladarme hasta allá?
- Como te dije –responde el padre Karadima– el régimen nos es favorable. Están exiliando comunistas y los reemplazan por curas y obispos; es la reconverción del país. Los militares están muy interesados en fundar nuevas órdenes religiosas en el sur. Yo creo que te podemos ubicar en algún lugar.
- Sin embargo, todo depende de lo que decida el Papa, mi caso está en sus manos y en las de Cristo-.  Karadima sonríe y agrega. 
- Tranquilo, hombre, Wojtyla hará lo que es correcto. Esta tarde me reúno con Maciel antes de partir a Chile. Quizás pueda convencerlo que te deje a cargo de un colegio en Coihayque.
- Pero es que no somos de la misma Orden -
- Mire, padre Eulogio -dijo el joven padre Barros- usted no debe pensar en términos de la Orden Eclesiástica. Estamos entrando en una nueva Era para la iglesia. Reagan y Thatcher están conectando el mundo, están desapareciendo las fronteras. Poco a poco los países y sus soberanías dejarán de existir en pos de un mercado mundial; es lo que algunos entendidos llaman la globalización. De algún modo, esas ideas, van a permear en la iglesia y desaparecerán las Órdenes.
- El punto es que Maciel necesita expandirse en el sur -dice enfático Karadima-, y por tanto, tendrá que reclutar gente de confianza y de la orden que sea. En el sur chileno hay mucho dinero, hay mucho por hacer.
- Con la salvedad de que se trata de alemanes no católicos -comenta el padre Barros-
- Bah!! -lanza el padre Fernando Karadima- esos alemanes son todos palurdos.
- De cualquier forma, es el Papa quien tiene la última palabra -dice Algarracín.

Se acerca Bruno con los cafés.

- Bueno, bueno, aquí viene el exquisito "queque" -bromea Karadima.

El padre Karadima dio una propina de veinte pesetas a Bruno que agradeció y sonrió dulcemente con sus bucles rubios ondeando en el viento. Cuando el muchacho se marchó Karadima suspiró

- Ahh!! ¡¡Qué belleza!! A propósito, tengo otro chiste. Un obispo está llenando un crucigrama y no encuentra la palabra exacta; entonces, le pregunta al curita que está cerca "oiga, padre, ropa de monaguillo de ocho letras". El curita lo piensa un poco y responde "¿Lencería?"

Provoca una explosión de risas en aquella concurrida calle de Madrid. Conversan durante poco menos de una hora, y luego, regresan al obispado caminando lentamente, como hortensias que flotan en un aletargado río.

Una vez en Chile, el padre Fernando Karadima puso inmediatamente manos a la obra. Hizo los contactos para ayudar en el traslado del padre Algarracín. Dijo a las autoridades que se trataba de la jubilación de un curita provecto que amaba la naturaleza. Coyhaique o Puerto Montt, daba lo mismo. El padre Eulogio Algarracín estaba acostumbrado al clima frio. Desde el gobierno miraban con buenos ojos la llegada de curas extranjeros. El vice canciller de la universidad católica sólo le pidió que no trajera a curas con ideas contestatarias, pues de la Teología de la Liberación no querían saber nada.

- Queremos que en nuestro país el catolicismo se conserve fiel a sus preceptos y no se contamine con interpretaciones. 
- Comprendo, sé a lo que se refiere. Pero el padre Algarracín es de toda nuestra confianza. El Papa ya autorizó su traslado. Cometió unas faltas y quiere expiarlas en soledad, entregado a la oración.
- Si es así, entonces, tiene todo mi consentimiento.

El día en que el padre Algarracín llegó, Karadima ofreció una misa nocturna para dar la bienvenida. Invitó a las autoridades del país, gente de bien, mecenas que apoyaban económicamente la obra de Cristo. El padre Fernando Karadima estuvo muy ocupado durante la mayor parte del día en los preparativos de la misa. A eso de las seis de la tarde cayó exhausto en el sofá de su oficina. Deseaba tomar una siestecita. Se durmió casi inmediatamente. Estaba adentrándose en el primer círculo del sueño cuando escuchó unos golpecitos en en la puerta. El sólo hecho de dormir, aunque fuera unos instantes, le había provocado una erección. 

- Adelante. Pase.

Se trataba de uno de los jóvenes de la agrupación "Acción por Cristo". Este muchacho tenía vocación y deseaba ingresar al seminario. El padre Karadima prometió recomendarlo y se ofreció como su padre en el Espíritu Santo y confesor. 

- Pasa, pasa. Cierra la puerta con pestillo. Estaba durmiendo una siestecita antes de la misa. ¿Por qué no me habías visitado antes? Pensé que te habías olvidado de mí.
- Vengo del colegio - dijo una tímida y delgada voz juvenil.
- ¿Estabas haciendo deporte? Bueno, bueno, ven a darme un beso.

El muchacho se acercó para besarle la mano.

- Ay, déjate de tonterías. En la boca, dame un besito en la boca.

El torpe muchacho no reaccionó ni se movió; el padrecito tuvo que sujetarle el rostro y besarlo; pero el obstinado joven apretó los labios. Entonces, el padre Fernando, con mucha paciencia y sabiduría, lo tomó del mentón y separó los taimados labios del muchacho. Luego lo besó y paseó su lengua dentro de la boca del joven.

- Así está mejor. Ven, siéntate a mi lado.

El padrecito puso una mano en la pierna del joven y la deslizó hasta la zóna púbica. El muchacho estaba como paralizado, pero el curita lo calmó con dos suaves palmaditas en los testículos.

-  ¿Sabes que hoy recibimos a un cura amigo mio? Es español; te encantará. Es muy simpático. Puedes conversar con él, pero te prohibo que te confieses o lo acompañes a su habitación. ¿Qué te pasa?, ¿estás triste por algo? Me extrañaste.
- Padre Fernando, esto no está bien
- ¿Qué es lo que no está bien?
- Ésto –hizo un gesto con las manos- el saludo y esas cosas.
- Tranquilízate, esto sólo lo hago contigo. De pronto me siento muy solo; el camino a la santidad es muy solitario. Algún día comprenderás. Pero bueno, cambie esa cara. ¿quiere cambiar esa carita?, ¿me quiere regalar una risita? Muéstreme esa sonrisita tan preciosa, mi niño hermoso, muéstremela. ¿Quiere que lo haga reir? 

Y el padre Fernando Karadima hizo muecas y gestos graciosos. El joven sonrió. El padre besó al muchacho en la mejilla, pero el joven se resistía. El padre Karadima deslizó su mano hasta la entrepierna del muchacho y abrió el cierre del pantalón.

- A ver, ¿qué tenemos por aquí? -el curita respingó la nariz-. Vaya, estuviste haciendo deportes; esto huele fuerte. Pero no importa, a mi favorito le puedo perdonar cualquier cosa.

El padre Karadima masturbó al aspirante a sacerdote suavemente, con la delicadeza que sólo un guía espiritual sabe usar en situaciones como estas. El muchacho comenzó a agitarse y los movimientos de mano del padre Fernando se hicieron frenéticos, hasta que finalmente el joven alcanzó el paroxismo del placer. En ese preciso instante alguien tocó la puerta. Era el padre Juan Barros

- Padre Fernando, ¿está usted ahí?
- Estaba durmiendo una siestecita.
- Han llegado los feligreses, lo esperan en el templo.
- Ya voy, ya voy -gritó el padre, y luego en voz baja se dirigió al muchacho- El tiempo pasa volando cuando hacemos cosas que nos agradan, ¿no es así?

El padre Fernando Karadima se vistió con la sotana y salió rápidamente. Desde la puerta le dijo a su adoptado espiritual

- Espera unos minutos antes de salir.

Con el apuro el padre Fernando olvidó a lavarse las manos. 
La iglesia estaba llena. Las personajes más importantes del país abarrotaban el lugar. Divisó en primera fila al presidente de la república, General Pinochet, acompañado por su esposa, a quienes dirigió una sonrisa servil. En una butaca contigua estaba el padre Eulogio Algarracín que intentaba mantenerse despierto. Cerca vio a algunos ministros y Coroneles del ejército. Jaime Guzmán intercambiaba comentarios con Jovino Novoa. El resto era una nube de uniformes, trajes caros y joyas.

Durante la misa, el padre Fernando habló de la disciplina y el orden, de la fuerza moral de chile, empujada por sus valerosos dirigentes y aconsejada por la iglesia. Citó a Chile como la luz del mundo. Luego dio la bienvenida al padre Algarracín, que se despertó desorientado y con una sonrisa. 

Llegó el momento de repartir la hostia. El primero en pasar fue Pinochet. Cuando se acercó a recibir el cuerpo de cristo de manos del padre Fernando percibió un aroma particular. Quizás recordó sus juveniles temporadas en los cuarteles. Algunas ideas cruzaron efímeramente su abotagado cerebro que podrían explicaban el retraso del padre. Tragó con desconfiaza y regresó a su lugar. La esposa del general Pinochet, la esposa del presidente, sonrió mansamente al recibir la hostia y le dedicó una coqueta mirada al padre. Éste le devolvió una mirada condescendiente. Jaime Guzmán se persignó y besó las manos del padre. Jovino Novia recibió la hostia con una mirada suplicante y vidriosa. 

Todo terminó. Lucía Hiriart se acercó a saludar al padre Algarracín.

- Estamos muy contentos de tenerlo aquí. No sabe cuánto necesitamos de su experiencia y apoyo para nuestros jóvenes. Padre Fernando -dijo dirigiéndose a Karadima- este sábado haremos una cena. Quisiera que ustedes nos honraran con su presencia. Asistirán mis hijos y todos mis nietos. Quiero que usted los conozca.
- Tenga la seguridad que ahí estaré - Respondió alegremente el padre Algarracín.

lunes, 23 de marzo de 2015

Superfluo


El edificio de alta seguridad es una contrucción de espejos impenetrables que reflejan desde cualquier ángulo la ciudad de Maryland. Rodeando esta construcción, una enorme alfombra de cemento gris - con más de dieciocho mil plazas de estacionamientos - da la impresión de estar en un gigantesco campo calcinado. No hay árboles ni jardines en la zona. Cualquier indicio de vida y espontaneidad han sido eliminados del emplazamiento. Las cámaras de seguridad lo vigilan todo.

Abdul Jabbar es experto en informática y geografía. Trabaja en el ala norte del piso trece; lo que todos llaman "la oficina", diseñada para operaciones de espionaje y ataques a distancia; grandes tableros desperdigados conforman un pequeño anfiteatro en cuyo centro, antes que escenario, hay una enorme pantalla que proyecta los objetivos en tres dimensiones. Lleva ocho años en la oficina. Trabajó para Halliburton buscando rutas y cuencas hidrográficas en Siria y Pakistán, pero después de los atentados del 2001 fue reclutado por "la oficina" y emigró a Estados Unidos. Al ingresar al país se naturalizó como Paul Slave y se casó con Mónica, una colombiana que trabajaba de mesera en la universidad de Columbia.

A las siete de la tarde el coronel Nick Wilson dio la orden de detener las intervenciones. Estaban exhaustos. Uno a uno, ingenieros y técnicos, fueron desembarazándose de los controles; se pusieron de pie, se estiraron aletargadamente, como gatos que acaban de despertar. Llevaban doce horas en misión. Debían abandonar la oficina para que el equipo encargado de desprogramar los computadores pudiera hacer su trabajo. Era el protocolo. Nadie debía saber  qué lugar del mundo habían intervenido aquel día. Durante la operación sólo tuvieron acceso a códigos y claves georreferenciales.

Paul Slave se dirigió al baño a mear. Luego, se dispuso a salir del edificio. Su automóvil estaba estacionado en el lugar 11.021-K; tuvo caminar un par de cuadras bajo el cielo que tenía el color de pantalla de televisor en un canal muerto; a no ser por dos buitres que volaban a cierta altura.

Una vez en la autopista se encontró con un embotellamiento que atravesaba todo Maryland hasta Washington. Debía pasar a realizar unas compras. Encendió el radio. El locutor de una emisora local decía:

... para quienes acaban de unirse a nuestra sintonía: la autopista A105 está bloqueada en su dirección oeste. Un camión se estrelló contra la barrera. El conductor está a disposición de la policía. Para acompañar a nuestros amigos que regresan a casa o que comienzan su turno de trabajo, los dejamos en compañía de Elvis con "Suspicious mind"

Mónica era fanática de Elvis. Subió el volumen y abrió la ventana. Coreó con Elvis los versos finales de la canción

"We're caught in a trap, I can't walk out... uh uh uh uh uh...
because I love too much, baby"

Se animó. Una hora y media después entraba en un supermercado donde apenas encontró estacionamiento, en las afueras de Washington. La lista de compras era larga. Al día siguiente celebraban los cinco años de Maribel, su única hija.

En la sección de carnes tuvo que esperar. El ticket decía 30-E y el marcador estaba en el 15-D. Una mujer obesa discutía con el carnicero por los cortes. La chica de los fiambres estaba molesta con sus jefes y se negaba a atender. Hacía calor dentro. Miró los rostros impasibles de los americanos; todos le resultaron abotagados, fofos, con la expresión preocupada de que no se les acabara la carne o el pan. La mujer obesa finalmente se rindió y se dirigió a otro lugar. El marcador avanzó un par de números. Un hombre bebía coca-cola en un vaso de dos litros mientras deglutía unos queques con crema. Tenía una espalda ancha que se desparramaba por debajo de su cinturón. A su lado se acercó un hombre sentado en un tricíclo eléctrico; llevaba sus compras en un canasto. El hombre le dijo

- ¿Podría alcanzarme un ticket?

Alguien gritó "Hay cortes de carne en la heladera del pasillo 36"

La muchedumbre se movió como una marea mórbida hacia el lugar que indicó la voz. Otra voz - más tenue - señalaba los pasillos donde se realizarían ofertas durante los siguientes quince minutos. "En fiambres se está degustando paté de ballena". Esperó a que lo atendieran; pidió unos cortes para la parrilla, pollo deshuesado y sin piel y salsa para barbacoa. 

Los alcoholes no eran su especialidad. No bebía. Nunca bebió de joven; desde que se vino a occidente participó en reuniones donde habitualmente se bebía vino o champaña, pero él siempre se deslizaba en las veladas con un jugo o un vaso de soda. Mónica lo sabía. Había incluido la cantidad y las marcas. 

Tuvo que hacer fila nuevamente, en la caja. La mujer obesa de antes regañaba a su hijo. Un rollo enorme de carne, como un brazo, rodeaba la nuca de la mujer. Llevaba el cabello tomado y sudoroso. En la fila todos comían o bebían algo: dulces, chocolates o  refrescos de colores.

Dos hombres discutían

- No es lo mismo centro acaramelado que relleno de caramelo.
- Lo importante es que el centro sea líquido.

Había que intervenir otros países para conservar al americano libre. 
La cajera preguntó

- ¿Acumula puntos? Deme su número de identificación.

Por formación profesional no acostumbraba revelar su nombre ni sus datos personales; además, estaba al tanto de que la invitación a acumular puntos era el cebo con que las cadenas de supermercados acumulaban información sobre las preferencias de consumo de sus clientes. A Mónica le importaban poco las conspiraciones de bancos o supermercados, pero él decía que no necesitaban puntos de supermercado, ni rebajas, ni nada; no transó esta vez.  La cajera insistió

- Por 3 dólares puede asegurar su compra. Deme su número de identificación.
- No, muchas gracias, no quiero el seguro.
- Podrían asaltarlo en el estacionamiento. Este es un sector peligroso. Está lleno de negros.

La cajera observó la piel morena de Paul Slave y continuó sin hacer más comentarios.

Al día siguiente se levantó temprano. Desayunó una manzana, granos de maní y un vaso de agua. Los invitados comenzarían a llegar al medio día. Los primeros en aparecer fueron sus suegros. Clara y Romualdo habían viajado desde Colombia para el cumpleaños de la nieta. Esta era la segunda vez que veían a Paul; ellos no hablaban inglés, Paul comprendía bien el español, pero tenía dificultades para expresarse.

Luego llegaron los Faulkner con la pequeña Sissy. Alfred Faulkner era policía y su mujer, una chilena que enseñaba español en una secundaría, había conocido a Mónica en una reunión de latinoamericanos. Después aparecieron los Dominguez, un matrimonio peruano, con sus hijos Claude y Michelle; y así, poco a poco, como un gotario, se presentaron todos los invitados en casa. La mayoría eran latinos, y casi todos eran amigos de Mónica. Paul Slave, por protocolo profesional, no podía tener amigos ni frecuentarse con colegas de "la oficina".

Los niños estaban jugando. Las mujeres conversaban sentadas alrededor de la mesa bebiendo caipiriña; los hombres bebían cerveza y vigilaban la carne. Paul Slave se dirigió a la cocina a buscar un ingrediente. Allí encontró a su suegro viendo televisión. El hombre estaba concentradísimo en la pantalla; cuando Paul apareció el suegro lo miró y le sonrió, luego apuntó al televisor

- Terrible es la guerra - comentó Romualdo

En la pantalla se informaba acerca de un bombardeo ocurrido el día anterior en distintas ciudades Siria. Las imágenes mostraban a mujeres que yacían en el suelo muertas con sus hijos en los brazos. Un hombre con el brazo desgarrado era sacado de los escombros y llevado a la sombra de un árbol donde lo esperaban niños con el rostro ensangrentado y mujeres que miraban aturdidas y atemorizadas a la cámara. La cámara apuntó en otra dirección y mostró una vista panorámica de la destrucción y de las bombas que seguían estallando. El reportero hablaba en inglés.

- ¿Qué está diciendo? ¿qué dice? - Preguntó Romualdo a su yerno
- Que país terroritas... que amenaza a libertad y democracia... que presidente sirio asesino
- ... increíble... si parece un país tan pobre como Colombia o Bolivia

Paul Slave tomó lo que buscaba y regresó a preparar la carne.
La tarde se deslizó deliciosamente. Los niños se divirtieron y las mujeres se pusieron al día en los chismes familiares. Cuando todos se hubieron marchado, Mónica acompañó a sus padres hasta la habítación. Les dijo que los vería por la mañana, y que tenía organizado un domingo entretenido para todos.

Al bajar al salón encontró a Paul sentado en el sofá bebiendo un vaso de agua, meditabundo. Se le acercó por detrás y lo besó en el cuello. Él le devolvió una mirada y se besaron. Luego Mónica se dirigió al equipo musical e introdujo un disco de vinilo. Los parlantes comenzaron a emitir los primeros acordes de guitarra de la canción "Always on my mind" interpretada por Elvis, que Paul conocía tan bien. Mónica se le acercó y lo hizo ponerse de pie

- Esta parte de la fiesta es sólo para los dos.

Se besaron lentamente, Paul suspiró y la abrazó de la cintura.

- ¿Esto es paz americana? - preguntó Paul en un mal español.
- No, cholito, esto es amor de familia.

Se besaron nuevamente y se quedaron juntos bailando el resto del disco.

sábado, 21 de marzo de 2015

Dos Hermanas (*)


Cuando Marcela se hubo marchado, Camila se encerró en su cuarto a llorar. La luz fria de mayo se derramaba dentro de la habitación y le daba a su rostro cetrino un aire más melancólico de lo usual

Camila - sola y en silencio - recostada sobre la cama, pensaba en su hermana. Marcela estaba pasando por un momento complicado. Necesitaba dinero. Ella podía conseguírselo, pero tendría que hablar con su marido, y para ello debía prepararse mentalmente. Heriberto era un hombre de negocios difícil. No soportaba a Marcela, la consideraba liberal e irresponsable. Marcela era viuda,  tenía dos hijos que mantenía con trabajos esporádicos y mal pagados. Las cosas no siempre fueron así. Cuando Marcela acababa de quedar sola, Heriberto le ofreció su ayuda y apoyo; la visitaba una o dos veces por semana, jugaba con los niños y bebía una copa. Camila nunca estuvo al tanto de esas visitas; Heriberto cesó de realizarlas repentinamente.
  
Por fin se decidió. Se levantó y miró por la ventana. Heriberto debía llegar de la oficina en cualquier momento; la hora del almuerzo sería la mejor oportunidad para hablar; no había otra alternativa. Llamó a la mujer encargada de las labores de la casa

- ¡Teresa!, ¡Teresa, por dios! - dijo algo irritada. Abrió la puerta de su cuarto y repitió - ¡Teresa! ¿es que no me contesta, santo dios? En esta casa todos hacen lo que quieren - Teresa apareció.
- Dígame - dijo Teresa con toda calma.
- ¿Está todo preparado? - se escuchó el motor de un automóvil - Acaba de llegar Heriberto; ponga pan caliente sobre la mesa, mantequilla y una botella de carmenere tibio
- Sí señora, ya está todo listo – Teresa conocía la dinámica de los dueños de casa.
- No olvide cubrir el pan para que no se enfríe.  

Camila regresó hasta el espejo y cepilló su delgado cabello gris. Pintó sus labios, roció la curva de su delgado cuello con perfume e intentó sonreír. Antes de salir a escena tomó aire y exhaló con fuerza para darse ánimos.
En la sala Heriberto veía las noticias del medio día. Camila pasó a su lado y rozó los cabellos de Heriberto con sus delgados dedos blancos.

- ¿Quieres algo de beber? - preguntó ella.

Heriberto no la miró.

- No.
- Pues yo sí beberé un pisco sour.

Y se dirigió hacia la cocina. Buscó una copa, la llenó y bebió un sorbo. Teresa estaba poniendo unos filetes de salmón sobre la plancha. 

- ¿Con qué va a preparar eso? ¿cuántas veces le he dicho que primero ponga la mantequilla? - Camila solía tutear a Teresa, pero manifestaba su mal humor tratándola de usted
- Había puesto la mantequilla, señora – respondió Teresa, sin mirarla ni inmutarse.

Regresó a la sala. Heriberto hablaba por teléfono.

- No le dimos tiempo para reaccionar; ni siquiera nos vió venir el huevón... jajaja... así es, estaré... estaré toda la tarde... pierde cuidado, tenemos las facturas al día. Nos vemos luego – y colgó.
- Tengo que pedirte algo -
- ¿Está servido el almuerzo? Quiero dormir unos minutos antes de regresar a la oficina
- Ordenaré a Teresa que sirva.

Una vez en la mesa ella comenzó

- Estoy tan angustiada. Me preocupa tanto el futuro esos niños. Mis sobrinos - puntializó -. Y Marcela que no acaba de estabilizarse.
- Ahá
- Carlitos está entusiasmado con la idea de ingresar a la escuela de oficiales.
- ¡Teresa! - llamó Heriberto. Teresa se asomó al comedor – Este vino está frío ¿puede chambrearlo a veinticinco grados, por favor? - Teresa desapareció llevándose la botella.
- Siempre le ha gustado el ejército a ese muchacho – Continuó Camila.
- ¿Llegó Marcelo?
- No, aun no. Él come en su habitación; si es que come.
- Detesto que haga eso; en esta casa deben observarse las costumbres familiares.
- ¿Qué tal estuvieron las cosas en la oficina hoy?

Heriberto la observó con suspicacia.

- ¿Y tú, por qué estás tan arreglada?

Camila intentó sonreir, pero todo lo que pudo ofrecer fue un resignado suspiro.

- Quiero... quiero pedirte un favor. Quiero que me prestes cinco millones para pagar los gastos de Carlitos. Yo te los devolveré; buscaré el modo de hacerlo, trabajaré, venderé algunas joyas. Tengo unos vestidos que ya ni uso; yo...
- ¿Trabajar tú? No me hagas reír, si no sabes hervir un huevo ¿Y tu hermana no puede trabajar?
- Heriberto, son cinco millones de pesos ¿cómo quieres que los consiga?
- ¿Y todos esos "amiguitos" que tenía? Claro, ellos la querían para una cosa, pero cuando necesita ayuda recurre al santo huevón, ¿verdad?
- Heriberto, por favor... te los devolveré.
- ¿Cómo me los vas a devolver? ¿Vendiendo tus trapos viejos? ¿O vas a salir a buscar hombres igual que tu hermana? Las dos hermanitas harían buena fama acá en Concepción, ahora que están de moda las viejas. Y a mí qué me importa ese mocoso de mierda; si no tiene para pagar la escuela que trabaje. Mucha gente joven trabaja y estudia, la vida es difícil, no le vendría mal una buena lección sobre cómo funciona el mundo... y por lo demás, qué más puede desear el hijo de esa...

Camila se levantó antes de que Heriberto terminara la frase. Huyó hacia su dormitorio y se encerró. Sabía que allí él no la molestaría; al menos no de día. Se durmió.
Teresa regresó al comedor con el vino chambreado y sirvió sólo una copa. Heriberto bebió dos sorbos y continuó comiendo taimadamente. 

A media tarde recibió un mensaje por celular. Era Heriberto. Se había marchado y le escribía desde la oficina.

Te informo que dejé un cheque sobre mi escritorio a nombre de tu hermana. Puede cobrarlo a partir de este momento. No lo hago por ella, sino por el futuro de ese joven. Espero que valores y agradezcas lo que hago por personas a quienes no les soy agradable. Regreso tarde esta noche.

Solían resolver sus conflictos con mensajes telefónicos. Camila sólo respondió.

Valoro lo que haces. Muchas gracias.

Se dirigió al escritorio y encontró el cheque. Todo estaba en orden. Regresó a su cuarto, se recostó sobre la cama y se sumió en meditaciones. Estaba quieta, pero algo se revolvía dentro de ella.
Teresa la interrumpió con dos suaves golpes en la puerta.

- ¿Ocurre algo?
- Acaba de llegar su hermana
- Dile que la espero acá.

Cuando Marcela entró en la habitación, Camila tenía el cheque envuelto en un pañuelo. Marcela notó que había estado llorando.

- ¿Cómo te fue? - preguntó Camila - ¿Pudiste entrevistarte con alguien?

Marcela negó con la cabeza.

- Me dicen siempre lo mismo, que con mi sueldo no puedo acceder al crédito.
- ¡Por favor, Marcela, no lo rechaces! - dijo repentinamente Camila, sacando el cheque del pañuelo y comenzando a llorar.

Marcela comprendió inmediatamente de qué se trataba. Se inclinó para besar las manos de su hermana.

- Es para Carlitos, para el uniforme y todos los gastos... de mi parte.

Ambas se abrazaron y lloraron copiosamente. Lloraban por el estrecho sentimiento de amistad que las unía, por tener corazón, por verse obligadas, como hermanas, a ocuparse de una cosa tan mezquina como el dinero. Lloraban también por la vida y por la juventud perdida. Pero tanto para Marcela como para Camila ese  abrazo y esas lágrimas eran un bálsamo que les refrescaba el alma.

(*) Este cuento es una réplica deformada, o una re-interpretación, del capítulo XIV, tomo 1, de la novela Guerra y Paz de León Tolstoi.

martes, 17 de marzo de 2015

Historia de un Emprendedor (Parte 2)

Todos los domingos la abuela me ordenaba limpiar tres tazas de porotos. Ella compraba varios kilos a granel. Traían las piedrecillas, trozos de barro y tallos secos. Tenía que escoger los granos de dos en dos, y depositarlos en una fuente con agua para dejarlos en remojo durante la noche. No podía irme a la cama si no limpiaba antes los porotos. Todos los domingos por la noche; después de regresar de la iglesia.

Yo no sé si creía en dios. Creo que le tenía miedo. La tía Ester se vino a vivir con nosotros y trajo consigo a sus dos hijos, Jacob y Abraham. La tía Ester hablaba de los personajes bíblicos como si fueran de una telenovela. Por las mañanas se retrasaba el desayuno. Se quedaban encerradas con la abuela en el cuarto rezando, bendiciendo el aire, de rodillas al borde de la cama. Dormían juntas. Yo compartía cama con Jacob; Abraham dormía en la cama del tío Herman, que era alcohólico y llegaba de madrugada a ocupar su catre, entonces Abraham se metía en la cama con nosotros y dormíamos los tres, hasta que los ronquidos del tío Herman y su olor de pies nos despertaban por completo. Esos pies olían a pescado podrido. El resto del día lo pasaba vendiendo golosinas o trabajando en autobuses, mientras la abuela y la tía seguían leyendo la biblia y bendiciendo el aire y las moscas.

Así transcurrió mi adolescencia hasta que cumplí dieciocho y me enrolé en el ejército. Durante dos años alterné entre los regimientos de Coyhaique, Traiguén y Concepción. Tenía una cama donde dormía solo y ropa para el invierno, y sólo tuve que aprender a disparar, limpiar baños, marchar, seguir órdenes y realizar turnos de guardia nocturna.

Por mi buena pinta me llevaban a eventos para trabajar de garzón. A las señoras de clubes y los caballeros de logias les encanta ser atendidos por un tipo alto y rubio.

- Schermann - me decían - ¿te quieres ganar unas estrellas?

Escupía las botas para sacarles brillo, el teniente Palacios me rociaba con perfume y me prestaba gomina para fijarme el cabello. Esas reuniones se llenaban de mujeres hermosas. Se sentaban alrededor de las mesas a conversar; yo me acercaba y retiraba un plato, llenaba una copa con vino o servía el café, intentando no perderme lo que decían. Pertenecían a un club de damas y se encargaban de ayudar a los menesterosos. Hablaban de cualquier cosa, incluso de Cecilia Bolocco.

- Da lo mismo si es joven o viejo, lo importante es lo que diga el corazón.
- En cambio la hermana es tan distinta.
- Ambas son estupendas y distinguidas.
- Digan lo que digan es una dama.
- Es que las italianas son todas así: elegantes y alegres.
- Pensé que los Bolocco eran polacos; no sé por qué tenía esa impresión.
- Son italianos. El abuelo emigró desde Italia en los años veinte.
- Pero la madre es francesa. También es estupenda.
- Dicen que la mejor combinación es la alemana con la francesa.
- Eso es combinar eficiencia en el trabajo con buen gusto y delicadeza
- A propósito de trabajo, la última intervención resultó bastante satisfactoria
- Lo siento, no pude ir. María Ignacia tenía su fiesta de kermesse.
- Tanta mujer sin diente, por dios, pero se ven tan felices.
- A mí me impresionó verlas sonreír y abrir sus bocas vacías, ¡Valor!
- ¡Y con tanta soltura!

Tanto la abuela como la tía Ester no tenían dientes deltanteros. Pero ni los oficiales ni las damas lo sospechaban. Sus maridos bebían whisky en un rincón con los capitanes. Uno de ellos me ofreció una copa, lo rechacé muy cortésmente, como me habían indicado, y el hombre me ofreció un cigarrillo.

Más tarde lo vi tan borracho que no podía conducir. El teniente Palacios se me acercó

- Schermann - él también estaba pasado de copas - ¿sabes conducir?
- Pero no tengo licencia
- Lleva a este caballero hasta su casa. Si te detienen les dices que vas de parte del regimiento guía y les das el teléfono de mi oficina.

Yo no tenía ningún teléfono de su oficina. Conduje por las calles de Concepción y lo llevé hasta su casa. Ellos entraron y me quedé en la puerta con las llaves del automóvil en la mano. Pasaron diez o quince minutos hasta que apareció la mujer. Me miró sorprendida. Le ofrecí las llaves y cerró la puerta. Tuve que caminar hasta el regimiento. Eran como la una de la madrugada.

Al día siguiente me dicen que tengo una llamada telefónica. ¿Quién me iba a llamar a mí? En Lota no habían teléfonos. Tomé el auricular y oí la voz de un hombre. Se presentó como Remigio Amunátegui; era la persona que había conducido hasta su casa la noche anterior. Llamaba para agradecerme y para ofrecerme trabajo. Se trataba de pintar una habitación. Acepté y el sábado me dirigí hasta tu casa.

Don Remigio era dueño de una tienda que importaba ropa desde Europa. La única tienda de Concepción a fines de los setenta. Pinté la habitación, la semana siguiente ordené una bodega y después arreglé el jardín. No me pagaba muy bien, pero me transformé en una especie de empleado de confianza.

Una tarde me llevó a su tienda. Paseamos por las oficinas; los empleados me observaban como si yo fuera parte de la familia Amunátegui. Don Remigio me dijo

- Al penquista le gusta aparentar, ¿viste a esas mujeres de la fiesta? Todas se creen europeas, y son más chilenas que los porotos con rienda. Les gusta vestir a la moda estrafalaria de Italia o París, pero no siempre tienen cómo pagar, entonces ahí es donde entro yo: les doy crédito. 

Había ideado un sistema crediticio en su tienda que, al mismo tiempo, servía para comprar en una farmacia y en un supermercado de su familia.

- La idea es que todo se reduzca a una sola deuda, ¿comprendes?

Yo no comprendía cómo funcionaba el sistema, pero entendí que era importante lo que me estaba diciendo.

- ¿Qué estudios tienes tú? - me preguntó
- No muchos - era la primera vez que me avergonzaba por no tener estudios.
- ¿Sabes algo de balances o contabilidad?
- No
- Tengo algunos conocidos; haré unas llamadas y veremos.

Así ocurrió. Al finalizar mi temporada en el ejército viajé a Santiago y me presenté en las oficinas de Fincard. Me contrataron de factótum. Trabajaba de día y por las noches estudiaba. Terminé la enseñanza media en tres años y luego ingresé a Inacap a estudiar contabilidad. Había prometido a don Remigio regresar a penas finalizara mis estudios, pero Fincard me ofreció un puesto de ejecutivo de cuentas. Tenía que vender tarjetas de crédito a los clientes del banco.

Al cabo de dos años tenía una no poco ignorable cartera de clientes. Me ascendieron a gerente de cuentas. Ofrecí llevar la tarjeta a regiones y me trasladé a Concepción. Con quien primero me entrevisté fue con don Remigio que, en cuanto me vio, me dirigió una sonrisa amable y tímida.

- Vaya, hombre, sí que has cambiado.
- Don Remigio, me alegro mucho de verlo tan bien.
- ¿Necesitas trabajo? - Me preguntó, y luego me confesó en voz baja - Las cosas no están muy bien por acá; ya sabes que con la crisis.
- Vengo a ofrecerle un negocio con el banco.

Le propuse abrirse al crédito, de modo que sus clientes pagaran con la tarjeta bancaria, él recibiría el dinero al contado y el banco se quedaría con el interés.

- Así que de eso se trata todo esto.
- El crédito bancario es el motor que puede mantener en buen estado el consumo en esta época de crisis, don Remigio. La gente no tiene dinero, pero sí puede endeudarse.
- No. Agradezco tu ofrecimiento, pero no.
- Piénselo bien don Remigio. Este es un proceso irreversible. En Santiago las tiendas ya están trabajando con el dinero plástico, una vez que nos instalemos acá, esas tiendas vendrán a hacerle competencia. Ellos también importan ropa y electrodomésticos.
- Pero desde China.
- Al chileno le importa poder comprar, no le interesa de dónde provienen los artículos que necesita.
- Eso será en Santiago, pero acá es distinto; el penquista es distinguido, tiene buen gusto, prefiere calidad. Sabe lo que quiere - sentenció.

Convencí a dueños de farmacias y supermercados y en poco tiempo pudimos entrar en Concepción. Dos años después se abría la primera multitienda en la ciudad. Me anoté varios puntos en mi currículum. El dinero me mojó como una lluvia torrencial, y con el éxito económico llegaron las mujeres. Por fin podía relacionarme con personas de la clase alta, con chicas ABC1. Los padres me recibían y me presentaban a sus hijas como si yo fuera un ministro. Acudí a sus cumpleaños, a sus reuniones familiares, a sus almuerzos, a sus cenas en los mejores clubes de Concepción. La gente "bien" me admiraba y yo me hice parte de ellos.

Llegó un momento en que pensé en invertir para crecer más. Bien dice el adagio: la ambición es una bolsa que no se llena con nada.
Había observado que Fincard renegociaba los créditos con otros bancos: vendían deudas. Así que puse mi dinero en el banco de Talca, por recomendación de uno de los gerentes, y me dediqué a comprar sus deudas. Tal como suena - así de disparatado - compré las deudas ajenas y las revendí. Esto es tan simple como la compra-venta de chatarras: compras un auto viejo, lo desarmas y vendes cada una de sus partes a un precio mayor. Invertí todos mis ahorros en ello. Lo crean o no, el negocio especulativo da generosas ganancias y ganar dinero es una droga muy adictiva, mejor que la cocaína, mejor que el sexo. Aunque por cierto, si ganas dinero y te metes dos líneas y te echas un polvo con la hija cuica de un ganadero de Valdivia, sientes que vas caminando sobre las nubes. El dinero abre puertas y piernas.

¿Qué creen? El banco de Talca era gerenciado por Sebastián Piñera. Este chico listo había creado un enjambre de empresas ficticias a las que les prestaba dinero, luego vendía las deudas al mismo banco y después el banco vendía esas deudas a las moscas especuladoras que rondábamos el basural. De este modo hizo crecer los activos del banco y lo quiso vender a buen precio, pero cuando las entidades financieras extranjeras se interesaron en la compra, enviaron a sus contadores a revisar las cuentas reales del banco: y explotó la podredumbre. A Piñera lo declararon reo. Huyó del país con un maletín lleno de plata; su hermano, el ministro del Trabajo, tuvo que interceder ante la justicia para exonerarlo de ir a la cárcel, y el resto de nosotros quedamos en la más completa ruina. Lo perdí todo, así es. Quedé en pelotas: con una mano me tapaba el culo y con la otra me cubría las bolas.

Y eso fue todo. La onda expansiva de esa bomba no solamente me dejó sin dinero, sino que además marcó mi imagen. En Concepción las grandes familias me cerraron sus puertas; era comprensible, nadie quiere verse involucrado con un especulador pobre.

Tuve que regresar a Lota, donde todo había comenzado, a casa de la abuela, muerta un par de años antes. Me cedieron una habitación del tamaño de una mesa. Puse mi colchón en el suelo y usé una caja de cartón como cortina. Tenía veitiocho años; había vivido un poco, había nadado en el océano del mundo y la marea del mundo me había devuelto a la playa. Donde fuera que mirara habían crisis: crisis económicas, crisis políticas, crisis existenciales. Así que hice lo que todo ser humano hace en momentos de crisis: me volví evangélico.

En la iglesia Pentecostal, donde me llevaba la abuela, me recibieron con los brazos abiertos. Acudía todos los días a las cadenas de oración, a las reuniones de jóvenes, visitaba enfermos en los hospitales, a los ancianos en sus cuartos oscuros. Cantaba los himnos con el corazón en la garganta; por la mañana encendía el televisor y veía "El Club 700", escuchaba las predicaciones de Jimmy Swaggart, ponía mis palmas sobre la pantalla y rezaba con él. Así pasaron rápidamente dos años, sin trabajo, limpiando dos tazas de porotos los domingos por las noches, recibiendo asistencia de la iglesia, sumergido en las profundidades de la subjetividad religiosa.

De pronto la empresa carbonífera - ENACAR - cerró. A los mineros les prometieron reconvertirlos en miniempresarios. Les entregaron dinero para sus emprendimientos, pero los mineros no sabían qué hacer con una cantidad tan exigua. Pedían crétidos, pero no se los otorgaban. Querían invertirlo, pero no sabían cómo. Y ahí estaba yo, otra vez en una encrucijada. Tenía conocimientos en inversiones y al mismo tiempo conocía la mentalidad religiosa de la comunidad lotina. Podía hacer algo por ellos; tenía que ayudarlos. Así que sinteticé todo lo que sabía en una empresa... pero esto es algo de lo que les conversaré en el próximo capítulo.

sábado, 7 de marzo de 2015

El Debate

Me derrumbé en la cama como un árbol.  Había almorzado charquicán de pescada seca y humedecido el paladar con una botella de merlot. Era viernes por la tarde. A eso de las cinco recibo una llamada. 

- Te acabo de enviar por correo el mapa del lugar
- Ya - respondió mi piloto automático interno
- No olvides que debes estar acá a las siete y media
- Siete y media - balbucié mecánicamente - ¿a do... a dónde?
- ¿estás bien? Te oyes como si estuvieras enfermo

Silencio. Desde el fondo de mi consciencia traté de empujar algo de lucidez a mis palabras. Respiré varias veces intentando recordar de qué trataba la película. Al fin reconocí la voz del personaje; era Pedro Aldunate. Una oleada de mal humor se me vino a la garganta

- Estoy bien. Estaba durmiendo. ¿Repite lo que acabas de decir?

Lo repitió humildemente, pero sólo retuve "siete y media".
Terminó la llamada. Di media vuelta y seguí durmiendo. Pero el bicho de la lucidez se estaba retorciendo dentro de mi cabeza. Los recuerdos comenzaron a llegar gota a gota. Me incorporé y miré la hora. Eran las cinco y veinticinco. Entré al baño a mear, me senté en el váter y esperé a que sucediera. Aun no tenía las ideas claras, estaba medio aturdido por el sueño y el alcohol. Observé los dedos de mis pies y se me cerraron los ojos nuevamente. Meé sentado. Luego, me puse de pie y me miré en el espejo. Un rostro desencajado, horrible. Picasso no hubiera requerido mucha imaginación para retratarme. Abrí la boca y bostecé como un hipopótamo; tenía los dientes amarillos. Entonces recordé todo. Iba a participar en un debate aquella tarde, en una escuela rural en la comuna de Rafael donde Pedro Aldunate era encargado de educación.
¡Rafael! ¿Dónde chucha queda Rafael?

Me cepillé los dientes mientras pensaba qué debía vestir para un debate. Iba a defender el "Paradigma Científico"; ¿debía parecer formal, casual o sexy? Casi no tenía ropa limpia. Quizás representar a un tipo desaliñado, demasiado ocupado en pensamientos elevados como para preocuparse de su apariencia. Escupí la espuma con una enorme risotada y dejé ese problema para después de la ducha.
Al salir del baño me sentía un poco más fresco, aunque todavía estaba medio borracho. Escogí una camisa negra, corbata amarilla y un pantalón de gabardina beige, pero no tenía calzoncillos limpios. Busqué en el canasto y elegí el que parecía menos sucio.

Me desplazaba por la habitación completamente desnudo; cada vez que pasaba frente al espejo veía la masa blanca y peluda que era mi cuerpo. Tenía tetas velludas como una mujer mono. Parecía una Eva antes de la evolución, y yo debía defender el paradigma científico.

- ¡¿Cómo mierda me metí en esta mierda?! - exclamé.

Yo sé que no suena muy elocuente; para ser sincero soy bastante malo con las palabras. Días atrás le había dicho a Pedro Aldunate

- No me siento capaz de defender a la ciencia en un debate; si quieres te pongo en contacto con amigos, doctores, científicos, gente que realmente cree en todo ese rollo; yo no creo en la ciencia, ni en la religión, es decir, creo un poco en ambas, no más de lo necesario, o sea, cuando me es útil creo en la espititualidad o en la ciencia, pero ¿defenderlas?, ¿por qué debatir sobre un tema tan añejo y frío? Y en una de esas dios existe. Me da lo mismo. ¿A quién le importa todo ese cuento?
- Excelente idea, te puedo presentar como un escéptico, un apátrida desencantado de la ciencia.
- ¿Escéptico? No huevees. Soy un fracasado al que no le interesa nada.
- Tendrás mucha libertad; no hay problema con que el tema se abra y fluya libremente, la idea es debatir, no importa que vaya a la deriva.

Se le había metido en la cabeza que yo era el tipo ideal ¿o se estaba burlando de mí? 

El otro tipo, mi contendor, era profesor de religión. Se la pasaba leyendo revistas y libros cristianos. Se declaraba antievolucionista y estaba empeñado en abrir un taller de biología creacionista en el liceo.  De hecho, estaba a cargo de la revista “renacer cristiano”, donde participaban estudiantes a los que él llamaba “Pablitos”, por ese Pablo de Tarso que escribió sobre Jesús a los romanos y toda esa historia bíblica. O sea, era un fanático, un convencido. 
Mientras tanto me  puse el calzoncillo menos sucio y me sentí completamente decadente. 
Pedro Aldunate me había dicho

- El propósito del debate es enseñar a los estudiantes a confrontar ideas que pueden ser diametralmente opuestas. Todo el mundo sabe que lo más opuesto a la religión es la ciencia. 
- ¿Quiénes asistirán al debate?
- Apoderados, estudiantes, profesores y público en general. 

Apretón de estómago. Terminé de vestirme y llené una petaca con whisky. Corté unas líneas de coca y me metí una en el cuerpo. Hubiera necesitado una chupilca, como mi mamá. Mi madre era dueña de una cantina en Lota que se llamaba "Tu madre la loca"; le había puesto ese nombre porque mis tías - sus hermanas - cuando niño me preguntaban "¿cómo está tu madre la loca?", sólo porque mi madre no asistía a ninguna iglesia evangélica y se las arreglaba sola, sin marido, de manera bastante independiente. Bueno, entonces mi madre, cada mañana, desayunaba una chupilca, un cigarrillo y dos líneas de coca, y funcionaba bastante bien durante todo el día, y si a ella la chupilca y la coca le venían bien, por qué a mí no. Pero no tenía vino ni harina tostada en casa.

Me estaba anudando la corbata y el teléfono sonó. Contesté. Era Claudia. Llevábamos un par de años juntos. Vivíamos independientemente, nos veíamos un par de veces por semana, pero nos llamábamos a diario. Naturalmente ella estaba al tanto de mi participación en el debate.

- ¿cómo estás, precioso? ¿estás listo ya? ¿qué ropa te pusiste?

Le conté que iría con camisa negra, pantalón de gabardina beige y corbata amarilla. No le hablé de mi calzoncillo porque me hubiera regañado.

- Olvídate de la corbata. Te desabrochas un poco la camisa y remangas los puños. Ponte los mocasines negros (yo iba con zapatos marrón), la chaqueta beige de cotelé, y no olvides llegar con un par de libros bajo el brazo.
- ¿Libros?
- Claro. Apabullas a tu contrincante si piensa que eres un hombre de letras y además causas buena impresión.
- No tengo ánimos de ir a esta huevá; me parece una pérdida de tiempo.
- Pero si a tí te gusta debatir; te encanta contraponer ideas.
- Me gusta conversar.
- Conversar, convencer... no estés nervioso; anda y disfrútalo.
- No estoy nervioso.
- Conduce con cuidado. Nos vemos más tarde. Te quiero. Besitos.

Me animé. Seguí sus consejos. Me puse la chaqueta, dejé la corbata y tomé un par de libros. Ni siquiera me importó olvidar la petaca con whisky. Conduje con todo el cuidado que pude. La ciencia, la religión o la política importaban una mierda. Quería regresar vivo. Esa noche nos meteríamos en su cama, le contaría cómo me fue en el debate y la haría reir con mis estupideces. ¿Quién quiere ser escéptico así?