miércoles, 30 de septiembre de 2015

¿Qué Será?

Me enamoré de la mujer barbuda.
La conocí en un banco. Yo estaba haciendo un depósito; ella lo estaba asaltando.
Llevaba el rostro cubierto y me robó el reloj.
Días más tarde lo encontré adornando su muñeca en un café

- Ese reloj es mio
- Ah, ¿sí?
- Me lo robaste en el banco hace unos días.

Tres tipos se pusieron de pie; dos payasos y el trapecista.
Pertenecían a un circo pobre que estaba en las afueras de la ciudad. 

- No vale gran cosa, ¿lo quieres de regreso?

Uno de ellos puso la hoja de un cuchillo en mis costillas. Me subieron a un destartalado volkswagen escarabajo celeste  -como el de Mujica- y me trasladaron hasta el circo.
Se llamaba Isidora; vivía en un remolque con su monita.

- A ver, ¿qué haremos contigo? Naturalmente sabes que asaltamos el banco.

Mientras hablaba podía ver los vellos rubios de su rostro recortados por el sol.

- ¿Tienen leones acá? -pregunté

Sonrió. Su rostro se iluminó. Las calles y edificios florecieron. Los mares se alzaron en enormes olas y luego fueron solo espuma.

- Y están hambrientos -respondió-
- No parece un lugar que reciba mucho público
- Por eso hacemos horas extras

Se sentó sobre la mesa. Cruzó las piernas y pude observar que no tenía vellos en los muslos. 

- ¿Te gustan mis piernas? -no respondí- ¿y esto te gusta?

Se quitó la blusa y me mostró sus enormes senos.
Uno de los payasos golpeó la puerta

- Isi... ¿necesitas ayuda?
- Tranquilo, yo me encargo.

Nos desnudamos e hicimos el amor.
Aclaro que el único lugar de su cuerpo que concentraba vello era su rostro. Lo demás estába minuciosamente depilado.
Al finalizar se vistió y me dijo

- Te puedes ir.
- ¿eso es todo? ¿No te preocupa que los denuncie?
- Después de esto no lo harás.
- ¿qué quieres decir? ¿Hacemos el amor y problema resuelto?
- Así se resuelven todos los problemas de la vida, ¿o no? Con sexo.
- Te informo que también existe el diálogo, los correos electrónicos, las llamadas, el whatssap, los comentarios en el muro de facebook...
- ¡Vale! -me detuvo-. No estoy para enrollarme con nadie. Así que te largas o vas a dormir a la jaula de los leones.

Tuve que caminar. Por la noche no podía quitármela de la cabeza. Había sido un pésimo polvo, pero su aroma, su piel, el roce de tus vellos en mi rostro, me habían atrapado en las redes del enamoramiento.
Tenía que verla nuevamente; por suerte se había quedado con mi reloj.

Regresé la tarde siguiente. Encontré al trapecista sentado alrededor del fuego. Una mujer preparaba sopa desteñida. La niña mono hacía malabarismo con las brazas. El hombre lanzallamas secaba unas sábanas con su aliento. Unos payasos tocaban los tambores. El imitador de pájaros cantaba sentado en la rama de un árbol. Había ambiente festivo y alegre

- Ella no está -dijeron.

Me senté con ellos; tomé sopa, bailamos y estuvimos conversando. A media noche dormimos amontonados dándonos calor unos con otros.

Por la mañana apareció la mujer barbuda. Venía de mal humor. Me acerqué a su remolque. Abrió la puerta y me atacó con su escote y su sensual furia

- Te dije que no aparecieras por acá, ¿qué quieres? ¿quitarte las ganas conmigo?
- Te quedaste con mi reloj

Se lo quitó, me lo lanzó en el rostro y me cerró la puerta en la nariz.

Su mejor amiga me contó lo que pasaba.
Isidora estaba enrollada con el hombre gorila. Tenían una monita y compartían el remolque. Todo iba bien hasta que lo sorprendió enrollándose con la mujer tragasables. Entonces la mujer barbuda armó escándalo, amenazó con castrarlo mientras dormía y con afilar los sables de su amante. El hombre gorila la echó cagando. Sus nuevos planes eran instalarse con la tragasables en el remolque.
Así que la mujer barbuda tenía dos opciones: dormir en la jaula de los leones o regresar con sus padres. El problema es que los padres de la mujer barbuda ya no formaban parte del circo; se habían instalado en una cómoda casa en el centro de la ciudad; y ella amaba la vida itinerante del espectáculo... y al gorila. 

- No la culpes; tiene muchas cosas en qué pensar

Comentó su amiga. Y agregó en voz baja

- Además... ella tiene mucha testosterona.

De regreso a mi casa vi el titular de un periodico. En la fotografía de la portada aparecía el hombre gorila con semblante triste, sentado a la orilla de una laguna. A su lado un hombre muerto.
Una de las aficiones del gorila era emborracharse y hacer competencias acuáticas. Así que la tarde anterior se había dirigido con dos amigos a la laguna de Las Tres Pascualas. Bebieron hasta emborracharse y se lanzaron al agua, con tan mala suerte que uno de ellos se ahogó. Lo encontraron un par de horas más tarde a seis metros bajo el agua.

- Vaya -pensé- un idiota menos en la fila del banco. 

Durante el resto del día trabajé intensamente, e intenté olvidar a Isidora. No pude; me sentía en el infierno. Por la noche, en casa, lustré mis zapatos, bajé media botella de vino y me derrumbé en la cama sin ambiciones, sin talentos y con el pecho vacío y sin gloria. A las dos de la madrugada recibo una llamada suya.

- ¿Dónde estás? -dijo con voz meliflua y seductora- ven a buscarme; necesito besarte, necesito que me hagas el amor. ¡Ahora!.

Un impulso sensual me lanzó bajo la cama; corrí como un adicto tras la droga. La recogí en una esquina. Pasamos toda la noche juntos. Por la mañana seguíamos abrazados. Yo estaba medio dormido, y de pronto comenzó a rezar lentamente

- ¿Qué será esto dios mio,
esto que vive en las ideas de esos amantes,
que cantan los poetas más delirantes,
que juran los profetas embriagados,
que está en la peregrinación de los mutilados
que está en la esperanza de los infelices,
que está en el día a día de las meretrices,
también en los bandidos y en los desvalidos,
en todas partes y en todos los sentidos?
¿qué será, dios mio,
ésto que no tiene decencia, ni nunca la tendrá,
ésto que no tiene censura, ni nunca la tendrá,
ésto que no tiene sentido?

Cuando finalizó yo estaba llorando. Lloré y lloré como un crio de ocho años frente a dios. No frente al dios todopoderoso judío, católico ni griego. Sencillamente frente al espíritu religioso que hizo que nos entenderiéramos en la cama en ese momento. Le dije

- ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

No respondió. Me levanté al baño. Ella exclamó

- Estás orinando con la puerta abierta y te estoy escuchando.

Cerré la puerta. Terminé de mear. Me lavé las manos, me miré al espejo. Me sentía bien, en calma. Salí del baño. Ella no estaba. Se había largado nuevamente. Se llevó mi reloj y vació mi billetera. Por absurdo que parezca me sentí feliz.

Por la noche volví al circo. Estaban comiendo sopa de tallarines. Me dijeron

- Están ahí los tres, discutiendo.

Se referían a la mujer barbuda, a la tragasables y al gorila, metidos en el remolque. Una verdadera jaula de monos. Bebí con el trapecista y los payasos. Nos emborrachamos. Isidora apareció con rostro furioso a buscar su plato; no me dirigió la palabra. Pero a media noche se acercó

- Te necesito, bésame, por favor.

Estaba ebrio. No sé en qué lugar nos acostamos, pero sé que era un lugar blando y sucio. Hicimos el amor y nos dormimos abrazados. Por la mañana cuando desperté el circo se había marchado. Sólo quedaban las huellas de las jaulas, de las ruedas, de las carpas sobre el pasto. Me incorporé y deambulé por ahí. Me senté bajo un árbol. En el bolsillo de la camisa tenía un bulto. Era mi reloj. Por fin lo había recuperado.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La Merca


    Encendí la luz de la habitación. Los zancudos me observaban silenciosos; se habían dado un festín durante la noche y reposaban satisfechos en las paredes. Tenía ronchas en los brazos, en piernas y en el cuello. Aplasté otro y dejé una mancha roja. La pared estaba salpicada de manchas de sangre como una tela de arte moderno. 

    Me levanté a beber un poco de agua. Era lo único fresco en esa casa. Sabía que la hepatitis era un riesgo, pero la sed era más fuerte que el miedo.
La merca estaba sobre la mesa. Cien kilos. El dinero dentro de mis zapatos. Eran las cinco treinta de la mañana; ya estaba amaneciendo. Afuera los papagayos parloteaban su discurso matutino. Tendría que atravesar la ciudad con la merca encima.

Dije en voz alta

- Francisca, Francisca...

Como un conjuro para espantar la mala suerte. Dos días atrás nos habíamos despedido. Se levantó de mala gana y se puso mi suéter verde. Fue lo primero que encontró. No llevaba nada debajo. Me acompañó hasta el umbral de la puerta. La rodeé por la cintura y la besé en la frente. Estaba adormecida y me miró con ojos entrecerrados; nos besamos en la boca y sentí su aliento pesado del amanecer. Balbució

- ¿Cuántas mudas llevas?
- Cuatro
- ¿desodorante, tu cepillo?
- Sí
- No olvides el lápiz
- ¿lápiz?, ¿para qué quiero un lápiz?
- Lo siento -sonrió- estoy durmiendo... no estoy pensando.

Y se apoyó en el marco de la puerta.

- No te duermas aquí... se te van a partir los labios.
- Ahhhh!! qué ordinario. Dime algo romántico.
- ¿Algo romántico a las siete de la mañana?
- ¿Me vas a extrañar?
- Está bien.
- Imbécil -me arregló el cuello de la camisa- ¿qué tienes que hacer exactamente?
- Llevar un paquete
- ¿Un paquete? -y sonrió con malicia- ¿de qué tamaño?
- Así de grande -puse su mano entre mis piernas- enorme.

Tomó mi manó, la llevó a sus muslos, se apretó contra mí y nos besamos con intención. De su cuello subía el aroma de sus senos. Me separé y le dije

- Ya, me tengo que ir

Y la dejé ahí, de pie, mirándome bajar la escalera.

A las seis de la mañana aparecieron los policías. Mis escoltas. Venían montados en un vehículo institucional. Parecían soldados de juguete. A uno de ellos lo había visto antes. Era un moreno con rostro salpicado de espinillas, pero sabía manejar bien su revólver y no dudaba si tenía que disparar. El otro era el factótum de turno; al que le tocó conducir aquel día. El plan era bien simple, me llevarían hasta la iglesia. Allí estaría el párroco dando la misa. Aprovecharíamos la procesión para sacar la carga. El alcalde se había comprometido con hombres que distribuirían la merca entre niños y mujeres. Luego, a esperar.

Subí al automóvil y nos pusimos en marcha. El conductor viró a la derecha y tomó rumbo hacia el oriente.

- ¿Quiere fumar? -preguntó Nolberto, el moreno de las espinillas.

Tomé un cigarrillo, lo encendí, aspiré profundo y lancé una bocanada de humo por la ventana. Las calles estaban adornadas con guirnaldas. Varios borrachines dormían bajo un árbol amontonados con sus perros. Éste era el Itaboraí que recordaba.

- ¿Cómo pasó la noche?
- Malditos zancudos; si no chillaran tanto antes de dar un bocado
- No son zancudos, son jerjeles.

No hubo más comentarios. Estaba pasando los minutos previos de angustia antes de finalizar un trabajo. El otro policía era un tipo rechoncho; en la nuca se le formaba un rollo de carne que sobresalía del cuello de la camisa. Parecía que lo hubieran encajado en el asiento y que nunca saldría de ahí. Aceleró y no se detuvo en el semáforo. Nolberto dijo

- ehhh...

Entonces sacó el arma y me apuntó.

- Recuéstese en el asiento.
- El alcalde sabe que...
- El alcalde, el alcalde... ese maricón no sabe nada.

Sabía que el alcalde podría hacerme la jugarreta, pero quién estaría detrás de esta pasada. Nolberto no era tan astuto. Dimos un par de vueltas y nos metimos en la carretera hacia el sur. El conductor no había pronunciado ninguna palabra. Entró por un camino adyacente no asfaltado. Nos sacudimos un poco porque no redujo la velocidad. Otros diez minutos así y luego se detuvo. Un tipo abrió la puerta desde afuera. Nolberto dijo con voz monótona

- Baje

Tendrán que matarme -pensé. Miré alrededor. Vi leña amontonada y varios bidones. Me van a quemar. Mi pobre fran. Se iba a enterar por las noticias. Debí decirle “te amo, mi cielo, mi luna, mi flor, mi hormiga” antes de bajar la escalera. Quizás nunca encontraran mi cuerpo. Ni siquiera podría llevarme flores al cementerio para mi cumpleaño. A ella le encantan los lirios.

Nolberto me auscultó

- Veamos qué tenemos por acá

Yo nunca llevaba armas encima.

- Está pelado -dijo. No encontró el dinero que tenía amarrado a los tobillos. 
 
El otro policía seguía en el automóvil. Abrió la puerta lentamente, puso un pie en el suelo, se acercó con una escopeta y le disparó a Nolberto por la espalda, a quemarropa. Un único y contundente disparo. El negro se desplomó como un saco de papas. Me apuntó y dijo con una mueca parecida a una sonrisa

- ¿Usted por qué no viene armado?

Sus ojos eran dos bolas negras que me miraban con ironía. Tenía el rostro mofletudo recién rasurado; sus labios gruesos y nariz ancha le daban un aire bobalicón. Hizo un gesto al otro tipo y luego se dirigió a mí

- Ayúdele, por favor.

Tomé los pies de Nolberto; curiosamente aun respiraba. Pesaba tanto como un cajón de clavos. Lo depositamos cerca de la zanja. El otro hombre puso manos a la obra armando una pira de madera; luego lo roció con bencina. El mofletudo preguntó

- ¿Cuántos kilos son?
- Cien
- ¿Quiénes iban en esta pasada?
- El párroco, su jefe de policía …. y el alcalde.
- Claro, se acercan las elecciones. Pero no queremos su reelección -sonrió.

Prendieron fuego. Nolberto intentó levantarse y chilló mientras las llamas le entraban por la boca.

- Usted váyase -dijo el bobalicón- esto tardará un par de horas.
- Pero y...
- Le recomiendo que no se acerque al pueblo, podrían estar buscándolo. Déjenos el resto a nosotros.

Primero caminé lentamente esperando el disparo. Luego corrí durante una hora hasta alcanzar la carretera. Me había quedado con el dinero de la merca. Tomé un bus y regresé a casa. Llegué a eso de las doce de la noche. Llovía. Francisca estaba trabajando en su tesis. Cuando me vio entrar sonrió. Me quedé de pie disfrutando su sonrisa como si la viera por primera vez en diez mil años. Iba a dar el primer paso para acercarme, pero ella exclamó

- ¡No! Sacúdete bien los pies antes de entrar

Tenía los zapatos embarrados. Me descalcé, tomé una ducha y luego nos metimos alegremente en la cama.

La Venganza de Bosch

La mujer desdobló la carta y leyó.

Me voy. 
Estoy harta de vivir  a la sombra de un farsante. 
¿Qué? ¿nunca te lo habían dicho? 
Eres un farsante y un marica impotente. Estoy segura que ya lo sabes.
Me voy con Carlos porque al menos él sabe hacer algo: hacerme feliz. 
¿sabes lo que es eso? 

Te dejo tus estupideces, pero las joyas son mias; me las gané.
No me busques. 
NO INTENTES buscarme.
Si realmente tienes bolas no me buscarás.

- Seis meses después la encontraron muerta a la muy puta, jojojo -comentó Bosch jocosamente
- ¿Te divierte? ¿Qué edad tenía?
- Veintipocos, aunque ya era una zorra vieja.
- ¿No la extrañaste? ¿nunca lamentaste que se fuera?
- ¡Bah! Fue lo mejor que me pudo pasar. Gracias a eso conocí a este sabio demonio -señaló una botella de whisky-. Un tipo tranquilo y conversador; es mi mejor amigo.

Levantó una copa y bebió.

- Bueno. ¿para qué me hiciste venir? -preguntó la mujer- ¿Necesitabas testigos para recordar tu pasado?
- Una vez estuve bajando una botella tras otra de Jack Daniel's durante un mes... era una vieja zorra, pero la quise, sabes, la quise mucho, y siempre la deseé... me enloquecía en la cama. Me enardecía. Ella decía que no le calentaba mi cuerpo sino mi cerebro. Le gustaba mi intelecto y mi...
- Ya. Fascinante. Dime, ¿de qué se trata?
- Él huyó hacia el sur. La abandonó en Puerto Montt y huyó hacia Punta Arenas. Era un buen amigo, sabes. Nunca sospeché nada. Lo conocí en la escuela de investigaciones. Yo los presenté. De algún modo me siento el padrino de esa relación -sonrió. 
- Creo que has bebido demasiado.
- Sí. Los presenté y los empujé para que huyeran. Soy el autor intelectual de ese delito.

Bosch dejó una fotografía sobre la mesa

- ¿Lo reconoces?

La mujer dio una bocanada a su cigarrillo y lo depositó en el cenicero

- A simple vista, no ¿Quién es? ¿tu padre?
- No, el espíritu Santo.
- ¿Y le gustan las fotografías de perfil?
- Sí, para subirlas a su facebook.
- ¡Maldita vanidad!

Tomó la fotografía y la observó más detenidamente. 

- Ese bigote me molesta
- ¿Cuándo?

Ella sonrió.

- ¿Así resuelves tus casos?
- Sólo cuando estoy borracho.
- ¿Y qué otras cosas haces borracho?
- Conducir a 150 km/h
- No me gusta la velocidad.

Bosch sonrió y bebió lo que le quedaba en la copa de un sorbo. Ella comentó

- Definitivamente el bigote me molesta.
- Se la tomamos hace dos meses.
- ¿Se la tomamos?
- Nada personal. Asuntos internos lo investiga por defraudar al fisco y aportar a una campaña política.
- ¡Mierda! ¿Y de la vieja escuela?
- No te pongas sexy tan pronto. Dejó la institución hace años, pero tiene buenos contactos, así que no ha sido tarea fácil. Está muy protegido.
- ¿Dentro o fuera?
- En todas partes.
- ¿Y tu ex qué?
- Por eso te llamé. No quiero que digan que se trata de venganza.

Ella lo observó y reflexionó unos instantes.

-¿Por qué te dijo que eras impotente?

No pasaron toda la noche juntos.
Por la mañana Bosch se sentía satisfecho. Había hecho el amor con una mujer madura y hermosa; y era sábado. Le gustaba el sexo maduro. Con Isabel -su ex- todo era intenso y preciso, pero demasiado rápido. Lo enloquecía el aroma de Isabel, su piel, su risa y su voz, pero después de cada acto quedaba con la insatisfacción de algo inacabado, un vacío. En cambio, la torpeza de Melissa en las artes amatorias proveía la profundidad sexual que necesitaba. 

Pasó revista a sus pensamientos. Carlos había huido con Isabel; se apropió de sus joyas, de su cuenta corriente, la dejó en Puerto Montt y viajó con la excusa de establecerse en Punta Arenas y regresar por ella. Nunca lo hizo. Isabel no pudo soportarlo, enloqueció y se pegó un tiro. Hasta ahí era la historia de un trio amoroso. Pero Carlos tenía ambiciones. En Punta Arenas administró un bar para militares; ese fue su salto saltó a la fama. Transportaba cocaína y marihuana para oficiales y políticos en aviones del ejército. Manejó una red de prostitución por la llamada confraternidad chileno-argentina. El gobierno regional hizo la vista gorda. Aquello no era delincuencia; era el espacio ocupado por un emprendedor del entretenimiento. Le decían "charlo" porque además cantaba tangos.

La red de narcotráfico creció y "charlo" quiso expandir su esfera. Propuso a algunos generales importar la coca directamente desde Perú. Para ello se organizó un vuelo no registrado por la dirección de aeronáutica. Hacía dos viajes semanales entre Arica a Punta Arenas por la costa. Le llamaban con el nombre clave "la abeja", porque traía saquitos miel en las patas. Pero no era el narcotráfico ni el fraude al fisco lo que lo tenía acabado. Se había metido con las hijas de los generales. Entonces se lo cargaron por secretaría. Desbarataron la red de narco, las putas, el bar y salieron a la luz los fraudes para financiar campañas regionales de alcaldes y senadores. 

Bosch no estaba interesado en ese aspecto del asunto. La justicia haría lo necesario, cuando lo encontraran. El capitán Bosch quería saber quién más estaba involucrado dentro de la institución, en investigaciones. Estaba seguro que peces gordos estarían sacudiéndose mientras colgaban de las aletas.

Recibió una llamada, era Melissa

- ¿Entonces? Aun no respondes mi pregunta -comenzó ella.
- Preparé café
- ¿Por qué te dijo que eras impotente?

Bosch guardó silencio.

- Si no te gusta el café puedo prepararte una infusión de hierbas.
- ¿Agua de boldo?
- O pata de vaca. ¿Sabías que la hoja de la pata de vaca parece una vagina?
- Francamente no sé si pueda con esto; estoy llena de cosas y...
- Hazlo por la institución -bromeó Bosch
- Creo que tomaré agua de boldo con cedrón, ¿tienes frutas?
- Acá te espero.

Colgó y fue a tomar una ducha.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Amor de una Tarde


Aquella mañana los pacientes no paraban de llegar. Primero un hombre gordo al que le dolía una muela. Tuvo dificultades para acomodarse en la silla. Trabajé lo mejor que pude soportando su agitada respiración, el vaho que despedía su cuerpo y las gotas de sudor que se deslizaban por su cara. 

Luego una mujer no tan joven que vestía minifalda. Tenía enormes tetas. "Solterona sexy chapada a la atigua is detected" -pensé. Su perfume dulzón se me introdujo en la nariz como un chorro de agua. 

Más tarde un maldito pendejo inquieto. Tardé un siglo en ponerle anestesia.

En la sala de al lado trabajaba Fernanda. Acababa de egresar de la facultad. Veintiseis dulces años. La mejor de su generación. Premio universidad y todo el rollo. Bajita, pálida, cabello castaño oscuro ondulado, y una sonrisa casi perfecta. Quiero decir, su sonrisa era perfecta, pero siempre que terminaba de sonreír hacía un gesto con los labios parecido a un sarcasmo. Tenía sonrisa sardónica; pero yo pensaba que se burlaba de mí, o que era un poco amargada.

De cualquier modo, Fernanda era apasionada por su trabajo. Se movía como ardilla nerviosa por todos los rincones de su jaula."Toda escoba nueva barre bien", decía mi madre. Tenía un novio joven y musculoso que la recogía una vez por semana. El tipo aparecía en la clínica hablando por teléfono; siempre ocupado, siempre acelerado. Saludaba a todo el mundo con la misma sonrisa y se la llevaba por ahí para echarle un polvo de cinco minutos.

Casi todos los días, cuando se desocupaba, se detenía en el umbral de la puerta de mi consulta y me hablaba desde ahí. Generalmente para hacerme sugerencias o correcciones. Decía cosas como

- Doctor, creo que mejor utiliza un arco 0,8

O cosas como

- Doctor, primero debe palpar la encía antes de pinchar con la aguja.

A mi no me molestaban sus observaciones. A veces la ignoraba por completo y en otras ocasiones le devolvía una sonrisa. De cualquier modo, me resultaba agradable verla ahí, de pie, coqueteándome a su manera.

Muchas veces había pensado invitarla a salir, pero no me atrevía. Sin embargo, esa tarde, se detuvo como de costumbre en el umbral de la puerta y me lanzó

- Estoy tremendamente agotada.

Paré las antenas. Hasta ese momento nunca había declarado algo personal.

- Tiene que relajarse doctora
- Sí, necesito relajarme un poco, ¿conoce algún lugar dónde relajarse, doctor?
- Conozco muchos, doctora

Y se devolvió a su jaula. 

Sé que mi asistente olfateó todo el asunto. Salimos de la clínica juntos y la llevé a un antro a beber cerveza artesanal. Al cabo de un par de copas nos fuimos a mi departamento. Puse música, descorché una botella de blanco bien frío. Se quitó sus zapatos y se recostó en el sillón. Cogió uno de mis libros

- No sabía que te gustaba leer a Sófocles
- ¿Qué sabe usted de mí, doctora? 

Preparé algo rápido de comer. Pastas con salsa roquefort. Me senté en el suelo frente a ella y comimos. Bajamos la botella de vino y abrí la siguiente

- Wow, me gusta tu ambiente. Desordenado, pero me gusta -estaba medio borracha.

Había programado los grandes éxitos de Chet Baker. Me miró significativamente y nos besamos.

Siguiente escena. Estábamos metidos en la cama, desnudos. Yo besaba sus hombros por la espalda, su cuello, y me embriagaba con el aroma de su cabello. Ella estaba despertando

- ¿Qué hora es?

No respondí. Continué besando su espalda, acariciando sus senos. Pero ella insistió

- ¿Qué hora es? Me tengo que ir
- ¿Por qué no te quedas, preciosa? ¿para qué te vas a ir?

Se incorporó y entró al baño. La oí hacer esfuerzos para mear como una dama, pero el chorro resonó con impertinencia. Tiró la cadena, carraspeó, abrió la llave del lavamanos y salió desnuda, tal como había entrado

- ¿Dónde está mi ropa? -preguntó toda seria

Sus prendas estaban desperdigadas por la habitación, confundiéndose con mi ropa sucia, mis zapatos, mis libros, mis apuntes, mis ideas y todo lo que formaba parte de mi vida cotidiana. Encendí la luz y la ayudé a buscar.  Encontró sus calzones, sus sostenes y sus jeans.

- Supongo que no tendrás ninguna enfermedad, ¿verdad? Nada de lo que me deba enterar -comentó.

Lo habíamos hecho sin condón.

- ¿Y tú?
- Yo tengo pareja estable. Primera vez que hago algo así.

Me encogí de hombros y respondí soportando la puñalada

- Igual que yo.

La llevé hasta su casa y se despidió friamente con un beso en la mejilla.

Desde entonces no volvió a detenerse en el umbral de mi puerta para hacer bromas o comentarios.
Me hubiera gustado decirle que extrañaba su actitud alegre y juvenil, pero no tuve oportunidad de hacerlo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Chancho Borracho

Mireya desapareció la noche del 8 de enero.
Salió por leche y cervezas. Debía pasar por el banco.
Efraín encendió un cigarrillo frente a la tele.
El cajero automático estaba a 10 minutos y la farmacia a un costado, pero el chancho borracho estaba a otros 7 minutos.

Mireya cogió el viejo hyundai del '93.
Llevó consigo a la niña -Dorothy- de seis.
Efraín calculó que tardaría media hora. Cuarenta minutos a lo más.
Encendió un cigarrillo mientras la pantalla escupía el concurso The Voice.
Quedaban dos latas de tekate y un paquete de gold leaf.

El hyundai tenía cambio de volante, pero funcionaba bien.
Tuvo que resolver algunos desperfectos, aunque era confiable.

Durante la tarde habían estado bebiendo; hicieron el amor en la piscina de plástico de los niños. Mireya había dicho que se aburría en Arica, mientras lo montaba. Quería viajar.
Mireya tenía 23. Se aburría. La ciudad era demasiado pequeña.
Efraín prometió sacarla más a menudo. En la sunset había un buen espectáculo.

Las noches sofocantes de enero transformaban el aire en alquitrán. Costaba respirar. Efraín abrió la puerta de calle. Iba vestido con pantalón bermuda sin polera.
Afuera las chicas fumaban sentadas en la berma con los muslos desnudos. Eran morenas. Sonreían. No notaron su presencia. Era martes.
El poste de enfrente estaba convertido en un vertedero. La vieja lanzó una bolsa con desperdicios. Las moscas revoloteaban alrededor de la luz amarilla. El aire olía a gelatina de pollo descompuesta. Cerró la puerta de calle.

A las once y treinta Mireya no regresaba. Había salido hacía más de una hora.
Sufrió ataques de celos y de ira.

¡¡puta conchetumadre!!

La imaginó dentro del Hyundai sin calzones, falda en la cintura, piernas abiertas, en posiciones que podrían fracturarle la columna; el agua salada en el cuello.
Pero había salido con la niña de seis.
Se tranquilizó.
Mireya había engordado con el último embarazo, aunque seguía haciendo buenas mamadas.

Abrió la última lata y endenció un cigarrillo.
En el otro canal "El muro" del che-copete.
Se distrajo durante una hora.

Doce y treinta. El otro niño -de dos años- dormía.
Cogió la camioneta. El estanque estaba casi vacío. Dio unas vueltas por ahí. Se arrimó hasta el banco. La farmacia estaba abierta.
Conducía sin camiseta. Decidió no entrar a preguntar.
El chancho borracho tenía luces encendidas, pero nadie compraba frente a sus rejas.

Marcó el número de Marlene.
Marlene no había visto a Mireya aquella noche.
Marcó el número de Ximena. Ximena estaba durmiendo.
Karime estaba en Antofagasta.
Karime preguntó si habían discutido.

Dos de la mañana.
Entonces llamó a los padres de Mireya.

Ezequiel Fuentes era mecánico y aun seguía trabajando en casa a esas horas. Apareció con las manos sucias y el overall amarrado a la cintura.

Ezequiel consideraba a Efraín un vago. Su hija pudo optar por algo mejor; pero su hija se preñó de éste. Sabía que Efraín bebía demasiado, pero lo que le molestaba eran sus sospechas de que traficaba pasta.

Llamaron a carabineros; preguntaron por accidentes de tránsito.
Carabineros dijo que no habían reportes de accidentes de tránsito hasta ese momento, pero que pedirían a los patrulleros buscar un Hyundai gris del '93.
Carabineros recomendó llamar a policía de investigaciones para hacer la denuncia por presunta desgracia.
Policía de investigaciones no abriría el expediente hasta que se cumplieran 48 horas de la desaparición.

*

La encontraron el jueves en el Valle de Lluta. Tenía los brazos atados. Estaba desnuda. Le habían arrancado el labio de una mordida; le arrancaron una oreja. Fíjate en ese dedo, la uña no está. Intentó defenderse. ¿Y los pezones? Fotografía el cuello. La vagina amoratada. Sangre en el ano. Alguien le propinó una paliza. Busca restos de semen.
¿Quiénes están de turno esta noche?

Los oficiales Carlos Belmar y Tábata Salgado eran el equipo de peritos forenses. A Belmar le decían el poeta.
Estaba de rodillas tomando muestras. La oficial Salgado auscultaba dentro de la boca. Ella comentó

- Tendremos que llamar al dentista
- ¿A quién?
- A Cristian Aldana
- ¿El que le agarra el pico al marido de su hermana? -sintetizo Belmar
- Faltan piezas; también le mordieron la lengua. Aquí se nota el arco del maxilar superior de quien lo hizo.
- Quizás se lo hizo ella con un golpe
- La mordida va hacia dentro.
- Llamemos al dentista... el que le gustan las bolas exhibicionistas.

El hyundai gris del '93 estaba abandonado en la cuesta de Hacha.
Llamaron al marido. No tenían noticias de la niña de seis.
Efraín se presentó a revisar el automóvil y luego lo interrogaron.
¿A qué te dedicas? ¿tienes enemigos? ¿discutieron antes que ella saliera? ¿Cuánto dinero llevaba encima? El padre dice que mueves pasta por tu calle.
Efraín comentó que faltaba una llave Stillson de 24'', y una caja de herramientas que guardaba bajo el asiento del copiloto. 

Bosch consideró lo de la llave Stillson una pista importante. Belmar y Salgado dijeron que había sido violada y golpeada. Costillas rotas, pulmón perforado. Restos de semen en el ano, vagina y boca.
Bosch armó el cronograma en voz alta

- Entonces salió por leche y cerveza. Los del banco dicen que hizo un retiro de $25.000 desde la sucursal a las 22:20 hrs.  Luego pasó a la farmacia. Algunos clientes recuerdan haberla visto arrastrando a una niña que no paraba de llorar. Hizo algunas compras y salió. Entonces, debió dirigirse a "chancho borracho" a comprar cervezas.... y aquí perdemos el rastro.

Vigilaron el local durante dos días, y finalmente aparecieron los sospechosos. Un ciudadano peruano que trabajaba de manera independiente haciendo "pololitos". El otro, en el puerto. Lo vieron salir con la caja de herramientas.
Los muchachos se le echaron encima como moscas a la mierda.

Las pruebas coincidieron de inmediato; pero lo más contundente fue que el tipo llevaba consigo la llave stillson. Bosch lo interrogó

- ¿Dónde está la niña?
- El peruano...

El chancho borracho era una vieja botillería en la esquina de Artesanos con Robinson Rojas. Era una edificación amplia. Los dueños del local arrendaban piezas en el patio.

Esperaron a que llegara el peruano y lo abordaron.
Bosch lo golpeó en el estómago. El peruano se negaba a hablar. Los polis buscaron en el patio, entre cajas, en el entretecho. Nada.
Alguien rompió la pared de cholguan. Ahí estaba. Desnuda. La mantenían semi muerta para sus perversiones.  

La desaparición de la niña se transformó en noticia nacional. Los ariqueños pedían que colgaran a los asesinos; los más extremistas que deportaran a los extranjeros. El ministro del interior puntualizó

- No tenemos pena de muerte, pero aplicaremos el máximo rigor de la ley.

Pero el pueblo quería ver correr sangre.
Los amigos narcos de Efraín cortaron cabezas. Aparecieron cuerpos desmembrados en la playa, a los pies del Morro.
Los narcos peruanos reaccionaron. Mujeres violadas, desapariciones.

La policía entró a las poblaciones a incautar armas; las cámaras entraron detrás de la policía.

Por las pantallas podías ver los guetos peruanos, colombianos y bolivianos. Casas de cartón y plástico, parchadas con bolsas del Lider o del Jumbo. Casas hechas con cajas de tomates; casas semi-incendiadas con un abrigo como puerta. Niños mugrientos jugando entre las moscas con los mocos colgando. Mujeres desdentadas. Hombres que trabajaban por casi nada. Y en la mirada de todos ellos la venganza. Aquel era el plan de inmigración del país.


La encuestas cayeron en picada. La presidente tuvo que hablar

- Enviaremos al Senado una propuesta excepcional para estudiar el caso del Chancho borracho. Creo que es responsabilidad del Estado dar señales claras de que estos hechos no pueden quedar impunes. Vamos a reponer la pena de muerte.

Y como siempre, así se resolvió todo. Matando.

martes, 1 de septiembre de 2015

Primavera Rota

La sala estaba llena de estudiantes concentrados rindiendo una prueba.
El profesor abrió la ventana.
Afuera hacía buen tiempo.
Los aromos florecidos se mecían con las ráfagas de viento empujadas por el sol.
En la ribera de la laguna revoloteaba una garza; sus aguas color petróleo eran habitadas por una docena de peces muertos; la lengua dorada del sol rebotaba en la superficie y reflejaba sus escamas en el techo de la sala.

Entonces, una ráfaga sacudió el aromo más cercano y el polluelo de un tiuque cayó sobre las zarzas. El polluelo aturdido parecía haberse roto el cuello. Se mantuvo pico arriba con los ojos cerrados, indefenso y ciego, pero se incorporó y comenzó a piar. A los pocos minutos aparecieron sus padres que se exaltaron al observar el desastre.

- Profesor, ¿este es el eje X y este es el eje Y, verdad?

Le estaba mostrando un dibujo con los ejes cambiados.
El profesor negó con la cabeza.

- Ah, ya entiendo. Otra cosa, aquí dice que C es el centro, ¿eso significa que es la mitad de la vara?

Al medio día vio a un hombre joven empujando basura tímidamente desde dentro de la casa con una escoba, la puerta entreabierta, intentando no ser visto. Calzaba pantuflas peludas de color rosado.
Tez amarillenta. Suéter. El televisor encendido al fondo de la cueva. Un limpiapié de lana colgando en el pasamanos de la escalera. La dueña de casa debió salir temprano al trabajo y él desocupado -no tenía para sus propias pantuflas- debía dedicarse a las labores domésticas.

En la casa de al lado un anciano abrió el portón a una mujer joven. Ella lo saludó con un beso en la mejilla y entró al jardín. Se oyó el grito de una mujer desde dentro de la casa. El grito de una vieja. Entonces el anciano dijo

- Espérame un poco
- ¡Papá espere!, ¡Papá!...

El anciano entró en la casa y juntó la puerta. Luego, lentamente, la cerró.

En el parque Manuel Rodríguez corría una joven con short de lycra ajustados. Una botella en la mano derecha se agitaba al ritmo de sus senos. Los jardineros observaban sus hermosas curvas y hacían comentarios alegres entre sí. Una muchacha empujaba a una niña en el columpio. La niña sonreía y mostraba sus dientes de leche como si fueran girasoles

- Empújame, mami, empújame -debía tener cuatro años.

La muchacha empujó una, dos veces, y continuó enviando mensajes por celular. 
En una de las bancas del parque, sentada en el respaldo, una joven tocaba guitarra y cantaba Linger de "The Cranberries" con voz idéntica a la de Dolores O'Riordan, como si todo el mundo girara a su alrededor.  
La chica guapa que trotaba cruzó calle Castellón, cuando un tipo en bicicleta la quedó mirando. Detrás de él un perro atravesó avenida Manuel Rodríguez, feliz de poder alcanzar a su amo, pero un micro bus lo arrolló y lo estrujó como a un estropajo. El pobre animal quedó desparramado en la calle. Los jardineros corrieron a ver. La joven se acercó a abrazar a su hija.

- Profesor, C es la mitad de la vara; o sea, es el centro.
- Sí el centro, el lugar donde se concentra todo el peso.
- ¿Y aquí debo usar seno o coseno?

El profesor suspiró sin responder.
Todo estaba perdido, pero qué importancia tenía. Afuera había primavera. Los aromos florecían, los pájaros seguían reproduciéndose. La chicas bonitas trotaban por el parque y tocaban guitarra. Aun había oportunidad para enamorarse; aun quedaba tiempo para hacer estupideces de las cuales arrepentirse cuando reirse cuando viejo con el corazón lleno de dicha.

- Chicos, se acabó el tiempo. Entreguen sus pruebas.
- Cinco minutos, profe, cinco minutos.

Poco a poco fueron entregando sus pruebas y salieron de la sala hasta que quedó completamente vacía. El profesor tomó la carpeta con cientos de pruebas por corregir. Puso los audífonos en sus oídos, digitó algo en el teléfono y caminó escuchando Miles Davis por la ciudad.

domingo, 30 de agosto de 2015

Arresto Domiciliario

Terminamos de ducharnos en un motel de cuatro lucas, y nos secamos con las sábanas con motas.
Lo que siguió fue buscar un lugar donde comer por luca y media. Nos metimos dentro de una micro acondicionada para la ocasión y pedimos la especialidad de la casa: pan con mortadela frita, tipo churrasco, y un café para dos, Ecco. Malísima la hueá.

Afuera comenzó a llover. Temuco es así. Estábamos intentando deglutir nuestro desayuno cerca de una feria. El lugar olía a cáscaras de naranja. Unos hombres descargaban sacos de papa de un camión y la lluvia hizo barro en sus cuellos. Claudia -aun con el pelo mojado- me miraba y sonreía; nunca la vi tan hermosa.

- No creo que pare -dijo.
- Ojalá que no.

Dentro de la micro había una estufa a leña; dos huevos chisporroteaban sobre un sarten. La lluvia arreció y nos pareció sorprendente la alegría de no tener ningún lugar a donde ir. Creíamos que nos íbamos a quedar  ahí para siempre. El agua sólo intensificó el movimiento de los pionetas que ponían los sacos sobre una carreta. Una vez cargada un muchacho delgado se colgó del mangó e hizo palanca hasta hacer rotar la carga sobre el eje. Dio dos pasos y con apenas un minúsculo empuje puso en movimiento las ruedas metálicas  del acorazado rojo. Otros hombres sacaron una caja de vino y bebieron mientras echaban bromas al muchacho.

- ¿Por qué son tan felices? -preguntó Claudia

Yo no supe qué responder. Me encogí de hombros y sonreí. 

Subió un tipo con sombrero de fieltro y abrigo negro, mojado como una esponja. Se sentó a nuestro lado, miró a Claudia y le preguntó.

- ¿Les molesta que los acompañe?
- No, por cierto. 

Colgó el abrigo a un lado de la estufa que goteaba como si estuviera recién lavado. 

- Ustedes no son de acá. ¿Universitarios?

Claudia asintió.

- ¿Me permiten que los invite a un café?
- Con mucho gusto -dijo ella.

Él mismo se puso de pie, cogió tres tazones y los depositó sobre la mesa. Acto seguido fue por el agua. Yo puse tres cucharadas de café a mi taza y cuatro de azúcar. Claudia hizo algo similar. No paraba de sonreir. Se veía preciosa y coqueta; me entraron celos en la panza. El tipo se movía con seguridad dentro de la micro. Sirvió el agua y se sentó a nuestro lado.

- La verdad es que me encantan los días así. Este lugar es el más vivo y honesto de la ciudad. Ustedes son espectadores privilegiados de una escena teatral; están presenciando la alegría, la espondaneidad de personas que tienen vidas durísimas, pero que sin embargo, no pierden ocasión de disfrutarla a concho.
- Eso mismo pensaba hace un momento, por qué son tan felices. Están mojados, sucios, deben cargar esos sacos en sus espaldas, pero conservan la alegría.
- ¿Y ustedes? Apuesto que no tienen ningún peso.

Yo pensé "aquí saca el rollo y nos pide plata".

- Jajaja... algo así -dijo Claudia.
- Los vi desde afuera y me pareció que eran parte de esta escena alegre. Yo vivo en esta chancha hace trece años. Me cansé del trabajo, de la vida, de las deudas y de todo. Compré este adefesio, lo acondicioné un poco y...
- ¿Vive solo? -preguntó Claudia
- Tengo una cocinera -sonrió y dejó ver sus dientes amarillos- Somos como gitanos; viajamos de un lado a otro. Nos detenemos, vendemos desayunos, almuerzos, pasamos una o dos noches y luego continuamos la marcha.
- ¿Y cuando conduce por la carretera lleva la estufa encendida? -comenté.
- Jajaja... eres un malilla... 

Pero Claudia no entendió el doble sentido y me miró  confusa.

- ¿De dónde vienen ahora? -preguntó ella
- Estuvimos en Puerto Cisnes, Puyuhuapi, Melinka.
- ¿Y eso dónde queda?
- Hay que cruzar por barco desde Quellón. De regreso nos pilló mal tiempo; tuvimos que encadenar el adefesio... uf, fue una travesía. Pero es muy lindo... la cordillera se sumerge en el mar y se forman canales alrededor de sus faldas. 
- Tengo ganas de ir para allá -me miró.

Pero no teníamos un céntimo. El tipo dijo

- Aprovechen, láncense a la vida, a los viajes. 

Cogió un libro de un estante y se lo dio a Claudia. 

- Léanlo mientras tengan los pies en la carretera.

Era un libro de Kavafis. 

- Yo ya no piso la carretera; estoy con arresto domiciliario -sentenció y nos mostró sus dientes afilados y amarillos. 

Era realmente un tipo feo, pero simpático. 
Salimos sin pagar nuestra merienda. Claudia me dijo 

-¿vendamos ésto?

Era un collar de oro que tenía una C en relieve en un trozo grande del metal. Nos acercamos a una joyería, Claudia regateó y obtuvo un precio que le resultó conveniente. Caminamos hacia la carretera tomados de la mano. Llevábamos todos nuestros artefactos en una sola mochila. Nos sentamos en un paradero a esperar que pasara la lluvia. Claudia abrió el libro - debían ser las dos de la tarde- y leyó en voz alta

Itaca

Cuando te encuentres de camino a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado
, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.

Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.

Ten siempre en tu mente a Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.

Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te engañó.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.


Terminó de leer, se acercó y me besó. Nos quedamos abrazados viendo la lluvia caer, sin pensar en nada.

lunes, 3 de agosto de 2015

Los Amantes

1  

    Esta es la historia de Ismael, un tipo castrado por la vida común y corriente. Un tipo que en algún momento se atrevió a desear un poco de emoción para romper con la rutina, sin pensar, ni tan sólo imaginar que ese deseo se le cumpliría con creces.

    Hace dos años quedó solo; su mujer e hijo salieron de la ciudad. Ismael no sabía cocinar, y por tanto almorzaba todos los días en la "Picada de don Pedro". Ahí comía mucha gente; trabajadores del sector, camioneros, barrenderos, asaltantes, proxenetas, taxistas, secretarias y viajeros que se detenían en la esquina a beber ponche de frutilla, a degustar las ricas lentejas con pana y ají cacho de cabra,  chunchules o guatitas a la primavera. 

    Josefa también almorzaba en ese lugar. Josefa había sido novia de Ismael años atrás y por aquel entonces atendía una farmacia en el centro. No se veían desde hacía un buen rato, así que a primera vista no se reconocieron. Ismael estaba más calvo y había echado panza por encima del cinturón. Josefa por su parte había engordado proporcionalmente. Aquel día llevaba minifalda crema y una chaquetita ajustada con botones a punto de salir disparados; era una sensual arma cargada. Estaba solo y al verlo se detuvo a saludar

- ¡Y tú! Tanto tiempo sin verte.
- Hola, ¡¿cómo te va?!

     ¡Qué lindos son esos encuentos!
    Lo primero que observó fueron las mejillas regordetas de Josefa y luego el escote. Iba acompañada con una amiga, pero al día siguiente tomó la precaución de llegar sola y un poco antes. Se sentaron juntos en una mesa retirada del bullicio y las risotadas de los comensales. Conversaron de todo. Le contó que estaba casado y, aunque no precisó por qué, comentó que las cosas no iban bien en el matrimonio. Ella se alegró de verle y quedaron de reunirse la noche siguiente a en un bar que Josefa frecuentaba.

    Era un bar desordenado, jovial y ruidoso. Josefa pidió vodka tónica e Ismael piscola; luego ella pidió sushi. El rostro de Ismael expresó su perplejidad cuando Josefa le comentó que el salmón estaba crudo.

- No puedo creer que nunca hayas comido sushi, ¿en qué mundo vives?
- ¿qué es esto verde?
- ¡No te lo comas! Jajajaja...

Risas, luces y alcohol. Y de pronto el Dj del local programó una canción que Josefa conocía. Se puso de pie e hizo movimientos y gestos, como si estuviera cantando

Tú, amor mio, 
quién te ha dado en este mundo más cariño.
Yo, en cambio yo, 
siempre he sido muy amada.
Mas nosotros, amor mio,
muy unidos lograremos algo más. 
Tú, eres tú, una estrella que ilumina nuestro azul...

- Me encanta esta mujer; se llama Mina ¿la conoces? Es italiana
- A mí me gusta Maná
- A mí también

    Y se besaron. Un buen beso: profundo, alegre y calentón.

- ¿Vamos a tu casa? -propuso Josefa

   Pero los escrúpulos de Ismael lo impulsaron a recomendar otra cosa

- Mejor vamos a un motel en Rodriguez

   Entraron al Fish, un motel de mala muerte. El precio y la cercanía resultaron convenientes a Ismael. Se echó una píldora a la boca y entró al baño para tragarla con agua. Josefa se introdujo desnuda en la cama con un poco de repugnancia. Ismael salió del baño balanceando la panza. Encendieron el televisor; estaban dando "Un Paseo por las Nubes"

- Me encanta esa película -susurró Josefa mientras era besada en la boca- ¿la has visto?

    Todo salió bien. Ismael quedó con taquicardia y migraña, pero se guardó de hacer comentarios. Se vieron jueves y viernes, y acordaron pasar el fin de semana juntos en Cocholgüe.
    Arrendaron una cabaña frente al mar; compraron botellas de vino. Apenas llegaron se metieron en la cama, pero Josefa estaba distante: besaba maquinalmente y rehusaba entregarse por completo.

- ¿qué te pasa? 

   Por la noche, después de cenar pescado al horno, bajar una fría botella de "souvignon blanc" y estando sentados alrededor de la estufa a leña, Josefa contó lo que le ocurría.

- No pienses que no te deseo o que no quiero hacerlo contigo.  Tengo un problema que me tiene super preocupada.

    Estaban abrazados en el sillón. Ismael con actitud de amante comprensivo.

- Hace unos meses estuve saliendo con un tipo, el contador de la farmacia. A mí no me gustaba, pero me llamaba, me enviaba mensajes, regalitos y todos esos pequeños detalles... y como dice mi madre "de tanto ir el cántaro al agua se termina rompiendo". Nos enrollamos. Al poco tiempo estaba super enamorado de mí; me decía que me quería, que se quería casar conmigo, y a mí eso me produjo reticencia. Cuento corto: me alejé y como las cosas no funcionaron él solicitó su traslado a Antofagasta. Antes de irse me pidió que saliéramos por última vez. Yo no me cuidaba y él me decía que se había hecho la vasectomía.
- ¿Se cortó las bolas?
- No, jajaja, eso es castración. No, la vasectomía es otra cosa. En fin, salimos por última vez y pasamos toda la noche juntos. Y después de eso no lo volví a ver.
- ¿Cuál es el problema entonces?
- Esto ocurrió hace un mes y medio y desde entonces no me llega la regla.
- Ahá. ¿Y tú qué crees que pasó?
- Espera. Hace una o dos semanas este tipo me vuelve a llamar. Me dice que soñó conmigo, que en sus sueños veía que yo estaba mal, que presentía que a mí me pasaba algo. Siempre fue medio medio esotérico, con sueños premonitorios. Llama y dice que le confíe lo que me pasa; que  me puede ayudar, que nunca me ha dejado de querer.
- Qué extraño todo ese rollo...
- Hoy por la mañana me llamó nuevamente y volvió a decirme que estaba soñando conmigo. Le leyeron las cartas, el tarot, y le dijeron que había una noticia importante en el sur... yo creo que este tipo no se hizo la vasectomía; me engañó para embarazarme y quedarse conmigo.
- ¿De verdad crees todo ese cuento? -Ismael contuvo la risa- ¿Por qué no usaron condón?
-Y ¿A quién le gusta el condón? Mira, mañana quiero hacerme un test de embarazo para salir de dudas.

   Y esa noche durmieron juntos, pero sin sexo. Ismael se durmió con una sensación extraña y tuvo pesadillas. Por la mañana Josefa salió a comprar el test a Tomé. Al regresar pasó directamente al baño. Aunque no era asunto suyo, Ismael sintió una puntada de angustia en el estómago. 

    Al cabo de unos minutos oyó llanto. Josefa estaba sentada en el wc, con la falda levantada, los calzones en los tobillos, los muslos expuestos y el test en la mano con una nítida línea roja. Se acercó e intentó consolarla.

- Yo no puedo tener este hijo. No puedo, no puedo. No quiero.
- Pero un hijo es una bendición. Ahora piensas que no lo quieres, pero con el tiempo vas a adorar a tu hijito...
- Es que no quiero nada que me vincule a él. ¿Entiendes eso?

   Y el drama se prolongó por el resto de la mañana. Ismael llevaba apenas una semana sin su mujer y ya estaba enredado en un culebrón mexicano, y  pensó ¿qué mierda estoy haciendo aquí? Le hubiera gustado tomar su bolso y regresar a la rutinaria y anónima vida cotidiana. Pero algo lo detenía; una especie de sentido del deber para con su ex-novia y amante.

    Al medio día Josefa había tomado una decisión importante: abortar. No le comunicó nada a Ismael, aunque sí le pidió que la acompañara esa misma tarde donde un médico en Chiguayante.

- ¿Chiguayante? ¿Y por qué Chiguayante?
- Hoy es domingo y mi amiga conoce a un ginecólogo que tiene su clínica ahí. Yo no puedo conducir con estos nervios, por favor llévame tú. 



2

    Recogieron a la amiga en Concepción e Ismael las condujo por unas ensortijadas calles que desembocaban en el río Biobío.

- ¿Estás segura que es por acá?
- Sí. En la esquina doblas a la derecha -decía Ruth, amiga de Josefa-. Aquí es. Estaciónate un poco más allá. 

   La calle vacía estaba adornada por perros que dormían en la berma. Casas a medio construir con cercas de madera. Una ampolleta se iluminó tímidamente en la neblinosa cabeza de Ismael. 

- ¿Qué es esto, a qué vienes para acá?
- Si quieres me esperas aquí. 
- Pero ¿qué lugar es este?

    Tocaron el timbre de la casa. Atendió una mujer. Ruth preguntó por el doctor, y los hicieron pasar a un cuarto que venía a hacer las veces de consultorio; estaba provisto de una camilla, estantes con medicinas, plantas y  ventanas cubiertas con persianas celestes y gruesas. El "doctor" era un enano regordete que llevaba pantuflas y una arrugada camisa de franela a cuadros.

- Dígame -dijo el doctor dirigiéndose a Ruth
- Mi amiga está enfermita, doctor.
- ¿Qué tiene?, ¿qué le duele? -habló con suavidad a Josefa
- Creo que estoy esperando, doctor.
- ¿Ya se hizo ecografía?

   Josefa negó con un movimiento de cabeza. Entonces, el doctor sacó de un cuarto una destartalada máquina para hacer ecografías; una máquina con pantalla verde que vibró como un resfrigerador cuando la encendieron. 

- Desnúdese el torso y recuéstese aquí ¿usted es el papá?
- No, no. Yo soy amigo.

    Al doctor no pareció interesarle la respuesta. Ismael intuía el desenlace de toda la historia, pero se aferraba a la idea de que Josefa sólo quería hacerse una inofensiva ecografía en una casa que olía a comida. 

- Bien, ahí está. Ese puntito de ahí.

   Ismael sólo veía puntos en la pantalla. 

- Por el tamaño se puede decir que tiene entre seis y ocho semanas de embarazo -dijo el doctor mientras medía el tamaño del punto usando como referencia el pulgar y el índice de la mano izquierda, pegados a la pantalla-. Todavía es sólo una célula -enfatizó- debe cuidarse para que se estabilice en el útero. Venga a verme dentro de un mes para hacerle otra ecografía.

   Él doctor apagó la máquina y se produjo silencio en la habitación. Ismael respiró tranquilo, pero Ruth rompió la quietud con su voz

- Doctor, mi amiga quiere interrumpir el embarazo.

   El doctor no se sorprendió  por el comentario y se limitó a responder tranquilamente

- Con seis semanas no hay forma de interrumpir.
- Doctor, usted nos puede ayudar, ¿verdad?

   El doctor observó a los tres visitantes y se detuvo en Ismael

- De cualquier modo usted no tiene pinta de policía, ¿verdad? Eso cuesta 200 mil pesos. ¿tienen esa cantidad? Si no lo podemos dejar para otro día
- Sí, doctor, tenemos esa cantidad.
- Pero ¿cómo Josefa? Piénsalo bien -comentó un asustado Ismael- ¿qué vas a hacer? Esto puede ser peligroso. Mira donde estamos.
- No se preocupe, amigo -lo tranquilizó el doctor- en veinte minutos terminamos todo esto.

    Y dirigiéndose a Josefa agregó

- Pase a ese cuarto, desnúdese y póngase la bata que está detrás de la puerta.

    Josefa obedeció. Ruth la acompañó, pero antes de cerrar la puerta del cuarto, se volvió y le dijo a Ismael

- Si quieres nos esperas afuera.

    Ismael estaba paralizado. Vio que el doctor tomaba unos guantes y una jeringa en cámara lenta. Vio salir a Josefa y subirse a la camilla, con el rostro desencajado. Vio que el doctor buscaba la vena en el brazo de Josefa y la inyectaba

- Tranquilita, tranquilita... es sólo un calmante que le evitará molestias.

    Vio al doctor coger unos bastoncillos con los que se limpian los oídos de los niños. El doctor se acercó a Josefa y le dijo con toda calma y amabilidad

- Levante un poquito las piernas... Eso, un poquito más. Sepárelas un poco, eso muy bien, así está bien.

    Y con el bastoncillo raspó y rompió algo que hizo que Josefa gritara y comenzara a llorar. El tiempo se volvió sordidamente lento. Un coágulo de sangre sobre la camilla; la atmósfera sudorosa se mezcló con el pesado olor del aceite de freir papas. Se oyó un ahogado televisor detrás de las paredes. En algún lugar de esa casa había una familia comiendo. Todos eran cómplices. Ismael imaginaba lo peor. En cualquier momento podría llegar la policía; tendría que llevar a Josefa desangrándose a un hospital y luego no podría escabullirse de las explicaciones. Pensó en su familia, en la muerte, en su hijo, en la vergüenza de estar involucrado en un delito. Sintió que las piernas se le doblaban, cuando el doctor se puso de pie.

- Listo. Eso es todo. Pase al cuarto; hay un bidé donde se puede lavar. La llave roja es para el agua caliente. Tómese su tiempo, no hay apuro. 

    Ruth la acompañó. El doctor limpió la camilla, se quitó los guantes y sonrió a Ismael

- Eso es todo. ¿ve? No es para tanto; era sólo una célula amarradita a una tela de araña

    Ismael seguía de pie, aturdido. El doctor le alargó una receta 

- Tiene que comprar estos medicamentos. Esto es para los dolores, una cada ocho horas. Esto otro es un cicatrizante, cada doce horas. Y este para evitar una hemorragia; también cada doce horas. Cómprelas en la farmacia en esta dirección. Usted toma la calle principal, donde está el servicentro, hay una farmacia de unos conocidos que no le harán preguntas. ¿Me entiende?
- Esta cada doce horas, ¿verdad?
- Sí, le anoté todo ahí al lado. Todo va a estar bien, en dos días ni se va a acordar. 

    Esperaron  a que salieran Ruth y Josefa. Una vez que pagaron los honorarios, el doctor les ofreció un sillón para que se relajaran durante unos minutos.

- Cuando salgan dejan la puerta cerrada.

   Y el doctor desapareció en los interiores de la casa como tragado por un dragón. 
   Josefa, Ismael y Ruth permanecieron sentados en silencio en el sofá hasta que finalmente Josefa dijo

- Creo que ya se me quitó el efecto del calmante. ¿vamos?

    Salieron de la casa y no olvidaro cerrar la puerta. Ismael condujo tranquilo y sedado. Le dolían los músculos del cuello por la tensión. Se detuvo en la farmacia y Ruth bajó a comprar los medicamentos de la receta.

- ¿Dónde vamos? -preguntó Ismael
- Llévanos al Mall; me estoy muriendo de hambre - respondió resueltamente Josefa

    Las llevó al Mall costanera Center. Ahí las dejó y regresó caminando a su cada. Había sido un fin de semana terrorífico.

*


3 Enseñanza

    Apenas hubo entrado en su casa se desnudó, se duchó, comió algo y se sentó a frente al televisor. Vio el resumen del futbol, luego el noticiario, los asesinatos, los robos, las guerras en Siria y las muertes en Palestina. Nada de eso importaba. Tenía una cerveza en la mano y había decidido olvidar todo lo ocurrido durante la última semana. Se alegraba de volver a la tranquilidad. Cuando su mujer llamó le dijo

- Te extraño
- ¿Me extrañas? ¿Estás bebiendo?
- Un poco; sólo una cerveza.

  Y así, Ismael comprendió que es mejor tener una vida rutinaria y aburrida antes que vivir aventuras extramaritales, correr riesgos con amantes que eventualmente podrían arrastrarle a un mundo fuera de la estabilidad capitalista a la que estaba tan acostumbrado.

   Pasaron las semanas, los meses y lo olvidó todo. No quedaba una pizca de inquietud en su alma desértica cuando un día, al cabo de un año, tropezó con Josefa nuevamente, en el centro de la ciudad. Ella estaba igual: rellenita y sensual, y él más gordo y pelado. Josefa venía de hacerse un corte de cabello que le sentaba bastante bien. Le comentó que se había casado con el contador de la farmacia

- ¿Con el contador? Pero me dijiste que te había engañado con lo de la vasectomía
- Si lo hizo es porque le importo, ¿no crees? O sea, porque me quiere.
- Pero te mintió... te embaucó
- Quizás te cueste entenderlo, pero después de todo lo que pasó me di cuenta que él me ama, y eso es lo que a mí me importa.

   Le contó que habían comenzado un tratamiento para tener hijos, pero que nada daba resultados y que eso la tenía un poco deprimida, aunque no perdía las esperanzas. Ismael no quiso mencionar que su mujer tenía ocho meses de embarazo. Se despidieron y cada cual siguió su rumbo en el vertigionoso supermercado de la vida.

miércoles, 15 de julio de 2015

Invierno: El Índigo


    Era jueves y ambos teníamos libre. Sofía se paseaba en bata. Debían ser las doce del día. Quizás menos. Se sientó a mi lado en el sofá. Tomó una revista y la hojeó sin prestarle atención. Cogió mi taza de café y bebió un sorbo. No me molesta que beba de mi taza, pero si la vacía no irá por más. Así que la rescato de sus manos. Entonces cambia de canal: CNN Chile, están entrevistando a un ministro.

- ¿Qué vas a cocinar hoy?
- ¿Yo? -pausa- Con esta lluvia no salgo a comprar nada
- ¿Por qué no preparas salmón?

No respondo. No hay salmón. 
El ministro está entre las cuerdas. La presidenta no se pronunció sobre el tema de cohecho en su gabinete durante la semana. En el norte del país un senador recibió dinero de la industria pesquera. Pagaron campañas, compraron votos en el senado para aprobar la ley de pesca.

- No hizo nada que no haga todo el mundo -responde el ministro- la política debe financiarse.
- Estamos hablando de cohecho, señor ministro
- Eso es algo que tendrán que definir los tribunales
- ¿No le parece que si un senador está siendo investigado debería inhabilitarse?
- Esa es una decisión personal; por lo demás, en un estado de derecho como el nuestro los tribunales actúan de manera independiente. Debemos confiar en nuestros tribunales.
- Sus declaraciones fueron distintas en el caso bombas, donde los inculpados fueron puestos en prisión preventiva.
- Son cosas distintas; estábamos hablando de actos terroristas.
- Le recuerdo que finalmente todos fueron declarados inocentes, aunque pasaron 18 meses detenidos en la cárcel de alta seguridad.

Pero Sofía aun está preocupada por el almuerzo. 

- Estoy segura que hay Salmón o mariscos en el congelador.
- ¿Qué te parece si preparo este chorito?

    Deslizo mi mano entre sus piernas. No lleva calzones. Se queda quieta, mirando el televisor, como una faraona indiferente siendo atendida. Me acerco y la acaricio; besos sus senos, su cuello. Muevo dos dedos lentamente, como un prestidigidador, su vientre se tensa, pero ella no reacciona; ella está pegada a la pantalla. No mueve ningún músculo de la cara. Tanda de comerciales.

- Ese ministro es bastante guapo, ¿no crees? -dice como si nada.
- ¿Quién? -

Me incorporo y alejo, pero retiene mi mano entre sus piernas. Entonces me mira y sonríe. 

    Estábamos en la cocina; aun en bata. Yo descorchaba una botella de vino. Acaba de ducharse, huele fresca y sana. Algo hierve en una olla. El vapor inunda el lugar. Los vidrios se empañan. Lleva bata de toalla, pantuflas y calzones. Yo no me he duchado. Sirvo una copa y la bebo de un sorbo. Lleno otra para ella. Se la ofrezco desde atrás y rozo, con todo lo que se llama púbis, su culo; mi mano va hacia el calzón y acaricio sus muslos por debajo de la bata; es sólo un gesto. Me gusta acariciar su piel y su carne.

- ¿Avanzaste algo anoche?

Se refiere a mi novela. A una novela que supuestamente estoy empeñado en escribir. Detesto hablar de mi novela; principalmente porque no avanzo nada y no tengo nada que contar. 

- ¿Cuándo me vas a mostrar algo? Estoy segura que debe ser muy interesante

    Renté un departamento pequeño para usarlo como estudio. Puse un  sillón, una mesa y sillas. Algunas noches duermo ahí. Lo utilizo como vía escape. Frente al departamento hay bares. La noche anterior estuve allí bebiendo vodka y conversando con el tipo de la barra. Llegué al estudio a eso de las ocho de la tarde; me recosté en el sofá y dormí hasta las once. Tuve pesadillas. Me incorporé para escribirlas, pero una vez sentado frente al computador la abulia se apoderó de mí. Volví al sofá molesto. Me paseé por la pequeña cocina, por el baño. Me miré al espejo y finalmente bajé al bar.

- ¿Y a tí desde cuándo te interesa la literatura?

    Se molesta. Me deja solo en la cocina. Bebo otra copa y luego bebo otra más. En el televisor un programa de medio día.  Un muchacho está de pie frente una mesa con los ojos cubiertos. Ponen ante él un objeto. El joven escanea con las manos desde lejos

- Una cuchara - dice.
- Es maravilloso, ¿verdad? -comenta emocionado el conductor del programa- Pero no hay que sorprenderse. Los niños índigo vienen a la tierra con un propósito: a iluminar, a guiar a los seres humanos. Son una compensanción de la naturaleza en un mundo materialista.

    La encuentro en la habitación acostada, dandome la espalda. Noto la curva de sus caderas debajo de las sábanas. Entro al baño a mear sintiendo los efectos del vino. Me visto y me echo a la calle. 
    Está lloviendo, pero no demasiado. Grandes charcos de agua rodean la salida del edificio, como en los castillos antiguos. Las gotas de lluvia salpican el agua que reflejan el cielo gris. Me agrada caminar bajo la lluvia. Llevo buenos zapatos y un paraguas. Antes de salir dejé una nota sobre la mesa “Voy al super a comprar salmón”. A mi izquierda - y un poco lejos - corre el rio BioBio, pálido y silencioso. Los bosques de enfrente se ven verdes y robustos, pero son sólo pinos. El aire huele limpio. El motor de los buses ronronea.

   El supermercado es ámplio y suficiente. Apenas ingreso veo el rostro del índigo multiplicado y amplificado cien veces en las pantallas planas y de alta definición. Los colores resplandecen e hipnotizan. El guardia, un tipo alto y gordo, me mira satisfecho. Más allá las máquinas eléctricas para calefaccionar ambientes, para calentar fideos, para hervir papas. Ollas eléctricas, freidoras eléctricas, cucharas eléctricas, tenedores eléctricos. Todo lo necesario para hacer la vida más cómoda y confortable. Me deslizo por el pasillo de zapatos, camisas, camisetas, pijamas, cubrecamas, parcas a precios ridículamente bajos “made in China”. El chino que fabricó estos productos ganaba medio dólar al día y tenía que vivir en la ribera de un río lleno de mierda y grasa para poder sustentar precios módicos en una ciudad que nunca conocerá al otro lado de su mundo.

    Echo un vistazo detallado a los vinos y licores. Hay mucho para elegir. Toda clase de vodkas, rones y tequilas. A Sofía le gusta el tequila. Se vuelve alegre y grosera cuando bebe tequila, pero lo que más me gusta es que se pone descarada y caliente. 
  
    En fiambres encuentro un matrimonio cincuentón. Ella empuja el carro con cara de princesa ofendida y desganada mirando la amplia variedad de cecinas. Él habla por teléfono en voz alta, con una papa en la boca; quiere que todos lo escuchen, quiere que todos lo vean y noten lo grandioso que es: gira sobre sus pies, mira hacia arriba, toma una lata de conservas y la deposita en el carro; cambia de parecer, toma otra cosa, la extrae nuevamente, la deja sobre una mesa. Coge longanizas secas y ahumadas selladas al vacío, revisa vinos, agarra botellas. Lo observa todo, pero su mirada no se detiene en nada; es un tipo hiperkinético. Todo lo que le rodea son bultos, desde su mujer hasta los tarros de conserva. Está dando indicaciones a alguien. Me alegro de estar semi-ebrio en un lugar así. 

    Hacia adelante tengo la panadería, la botillería, la cafetería, las legumbres, los alimentos sin sal, con sal, con poca sal, con sal artificial, con sal orgánica 

- ¿Dónde están los pescados?

Pregunto a un tipo pálido que me mira medio aturdido. Viste delantal de cocina y gorrito verde. Sólo escucho que dice

- guan flen flei iiiy.

    No, no habla otro idioma. El supermercado contrata personas con “capacidades distintas” para reponer, limpiar, trasladar cajas y realizar cualquiera de los trabajos menores. Así, la clase media se siente bien consigo misma por ser inclusiva y tolerante. 

    Me dirijo hacia donde señaló el tipo y observo que una señora muy bonita abre una botella de bebida amarilla para su hijito y me pregunto si podré hacer lo mismo, pero con una cerveza. Este es un país libre, acá todos somos honrados. En fin, me dirijo al sector cervezas e intento sacar la chapa de la botella con una llave. No soy experto en estas materias, así que tardo un poco, pero finalmente la chapa cede. Bebo un buen sorbo. La cerveza está tibia, pero es negra, espesa, y tiene buen sabor. Todo cobra sentido nuevamente.

    Camino hacia los pescados. Encuentro al matrimonio cincuentón. Esta vez el tipo me resulta simpático: un gracioso parlanchín. Deberían hacer juguetitos mecánicos basándose en sus actitudes y movimientos; estoy seguro que les iría bien. Me asombro de mi agudo sarcasmo; lamentablemente no tengo público, así que me rio solo. Es evidente que la cerveza y el alcohol desatan sinapsis en mi cerebro. 
   No hay pescados frescos. Todos congelados o envasados al vacío; éstos últimos son los que más detesto porque huelen mal. La razón es que les ponen un gas para evitar que se descompongan. Estoy reflexionando en el gas y en los malos olores cuando alguien me toca la espalda.

- Señor, no puede beber aquí.

Hago acopio de toda la ingenuidad y sorpresa para responder

- ¿Por qué? Si la voy a pagar.
- ¿Podría acompañarme, por favor?

    Es un tipo alto, joven y bien adiestrado. Camino a su lado y doy un par de sorbos extras a la botella. Nos encontramos con un mamut enorme y rechoncho, con pliegues de carne rodeandole el cuello como una bufanda y pienso “oh-oh”. Entonces, todo mi agudo sarcasmo cede paso a una civilizada cobardía

- Oiga, no quiero problemas. Lléveme a alguna caja, pago la cerveza y me voy... no sabía que no se podía...
- Sí, señor, pero tenemos que ingresar el producto en la oficina

Responde el mamut con despiadada cortesía y pienso en los campos de concentración nazis y en las artimañas de las que se valían para llevar los prisioneros a las “duchas”. Me siento un judío atrapado en una trampa con un señuelo amable. 

- No lo quiero acompañar a ninguna parte. Llévese la botella e ingrésela usted. Yo lo espero aquí. No me iré de acá.
- Señor, necesito tomarle sus datos
- Tómelos acá, ¿qué necesita saber?

Se miran los dos. Finalmente, el joven bien adiestrado se lleva la botella y regresa con un formulario que me hacen responder en voz alta. Nombre, edad, rut, dirección, teléfono, correo electrónico

- ¿Por qué necesitan saber tanto? -pregunto molesto
- Señor, beber en un lugar público es un delito.

Palabra clave: Delito. Palabra atemorizante. Nadie quiere cometer un delito, nadie quiere ser un delincuente. Entonces, me emputeció que quisieran atemorizarme

- ¿Me van a tomar detenido o van a torturarme con preguntas? No pienso darles tanta información; si quieren llamen a los pacos.

    Me conducen hasta una caja donde hacía fila el matrimonio cincuentón. El muchacho se queda a mi lado como un custodia. Hace un gesto a la cajera y pasamos primero que todos. El parlanchín me mira como si fuera un neumático viejo a la orilla del camino. Debió pensar que habían atrapado a un delincuente. Pagué la cerveza y noté que había más gente observándome con desconfianza. Otro guardia me escoltó hasta la salida y se aseguró de dejarme bien fuera de ese mundo.

    Afuera llovía a torrentes. ¿Mi paraguas? Lo había dejado olvidado en un estante cuando destapé la cerveza. ¿Qué hacer? Caminar bajo esta lluvia torrencial me parecía tan indigno como volver a entrar para recuperar mi paraguas. Mi solución estaba estacionada a un par de metros. Hice un gesto y se detuvo delante de mí un automóvil negro.

- Buenas tardes, señor -saludó el conductor
- Buenas tardes.
- ¿Mucha lluvia?
- Sí. Bajo este chorro de agua no se puede caminar.
- ¿Dónde lo llevo señor?

Le di la dirección. Me llevó hasta el edificio de Sofía. Pagué y dejé algo de propina. 

- Muchas gracias señor, que tenga una buena tarde.

Con un par de billetes había vuelto a ser un Señor nuevamente. Así es la vida de la clase media moderna.

    Encontré a Sofía de mejor humor. La nota no estaba sobre la mesa. Ella estaba viendo los experimentos del índigo.

- Un reloj- decía la compensación de la naturaleza, con los ojos cubiertos, en este mundo materialista y desconfiado.

- ¿Vas a hacer salmón, entonces?
- No había salmón en el supermercado -respondí tratando de parecer frustrado.
- ¿Fuiste al supermercado? Ahhh, mi bebé hermoso. Y ¿por qué no preguntaste acá abajo, en la esquina? Venden congelados. Mariscos, verduras. De seguro tienen salmón u otro pescado

Así que en la esquina. 
Bajé nuevamente; con otro paraguas. El portero -un vejete sapo y entrometido- me lanza

- Lo mandaron de nuevo.

No respondí.
En efecto, en la esquina había salmón fresco. No congelado ni sellado al vacío: fresco; aunque a un precio de clase media. Pagué y salí. Afuera las nubes se abrieron para dejar pasar unos rayos de sol. Todo estaba mojado. El sol, la humedad, el índigo, el supermercado, el frío, el portero del edificio, el salmón fresco... todo me produjo un enorme hastío de la vida. Quise mandar todo a la mierda. ¿por qué no preparamos lentejas simplemente?

Lentejas, ¿qué otra cosa se puede comer un jueves de invierno? Lentejas, unas botellas de vino, valses peruanos o Miles Davis y por la tarde la ribera del río.
Puse el salmón en una bandeja, sal de mar, aceite de oliva, pimienta negra, merquén y al horno

- ¿Vas a hacer puré?

  Había bebido varias copas de tinto; me sentía de mejor humor.

- No hay papas, amor.
- Hay que ir al supermercado.

    Así era nuestra vida por aquel entonces. Sofía salió a comprar papas en auto. Yo me quedé bajando el resto de la botella. Hice un catastro: quedaban seis botellas de tinto y tres de blanco, además de las cervezas. Necesitaba alcohol para soportar el ritmo, y para hacerme soportable. Yo no era escritor; no me sentía parte de nada, ni de la clase media, ni del cuerpo de bomberos. La clase media se siente parte algo, la profesión les provee cierto sentido de identidad, o al menos eso pretenden. Me asomé a la ventana y miré hacia el balcón de enfrente. Estaban entrando ropa. Un gato también se asomó a mirar; observó el movimiento desquiciado de los automóviles abajo, observó los rayos de sol que se colaban por entre las hendiduras de las nubes, y luego me miró a mí. Nos miramos un rato, y luego regresé a llenar otra copa.