miércoles, 15 de julio de 2015

Invierno: El Índigo


    Era jueves y ambos teníamos libre. Sofía se paseaba en bata. Debían ser las doce del día. Quizás menos. Se sientó a mi lado en el sofá. Tomó una revista y la hojeó sin prestarle atención. Cogió mi taza de café y bebió un sorbo. No me molesta que beba de mi taza, pero si la vacía no irá por más. Así que la rescato de sus manos. Entonces cambia de canal: CNN Chile, están entrevistando a un ministro.

- ¿Qué vas a cocinar hoy?
- ¿Yo? -pausa- Con esta lluvia no salgo a comprar nada
- ¿Por qué no preparas salmón?

No respondo. No hay salmón. 
El ministro está entre las cuerdas. La presidenta no se pronunció sobre el tema de cohecho en su gabinete durante la semana. En el norte del país un senador recibió dinero de la industria pesquera. Pagaron campañas, compraron votos en el senado para aprobar la ley de pesca.

- No hizo nada que no haga todo el mundo -responde el ministro- la política debe financiarse.
- Estamos hablando de cohecho, señor ministro
- Eso es algo que tendrán que definir los tribunales
- ¿No le parece que si un senador está siendo investigado debería inhabilitarse?
- Esa es una decisión personal; por lo demás, en un estado de derecho como el nuestro los tribunales actúan de manera independiente. Debemos confiar en nuestros tribunales.
- Sus declaraciones fueron distintas en el caso bombas, donde los inculpados fueron puestos en prisión preventiva.
- Son cosas distintas; estábamos hablando de actos terroristas.
- Le recuerdo que finalmente todos fueron declarados inocentes, aunque pasaron 18 meses detenidos en la cárcel de alta seguridad.

Pero Sofía aun está preocupada por el almuerzo. 

- Estoy segura que hay Salmón o mariscos en el congelador.
- ¿Qué te parece si preparo este chorito?

    Deslizo mi mano entre sus piernas. No lleva calzones. Se queda quieta, mirando el televisor, como una faraona indiferente siendo atendida. Me acerco y la acaricio; besos sus senos, su cuello. Muevo dos dedos lentamente, como un prestidigidador, su vientre se tensa, pero ella no reacciona; ella está pegada a la pantalla. No mueve ningún músculo de la cara. Tanda de comerciales.

- Ese ministro es bastante guapo, ¿no crees? -dice como si nada.
- ¿Quién? -

Me incorporo y alejo, pero retiene mi mano entre sus piernas. Entonces me mira y sonríe. 

    Estábamos en la cocina; aun en bata. Yo descorchaba una botella de vino. Acaba de ducharse, huele fresca y sana. Algo hierve en una olla. El vapor inunda el lugar. Los vidrios se empañan. Lleva bata de toalla, pantuflas y calzones. Yo no me he duchado. Sirvo una copa y la bebo de un sorbo. Lleno otra para ella. Se la ofrezco desde atrás y rozo, con todo lo que se llama púbis, su culo; mi mano va hacia el calzón y acaricio sus muslos por debajo de la bata; es sólo un gesto. Me gusta acariciar su piel y su carne.

- ¿Avanzaste algo anoche?

Se refiere a mi novela. A una novela que supuestamente estoy empeñado en escribir. Detesto hablar de mi novela; principalmente porque no avanzo nada y no tengo nada que contar. 

- ¿Cuándo me vas a mostrar algo? Estoy segura que debe ser muy interesante

    Renté un departamento pequeño para usarlo como estudio. Puse un  sillón, una mesa y sillas. Algunas noches duermo ahí. Lo utilizo como vía escape. Frente al departamento hay bares. La noche anterior estuve allí bebiendo vodka y conversando con el tipo de la barra. Llegué al estudio a eso de las ocho de la tarde; me recosté en el sofá y dormí hasta las once. Tuve pesadillas. Me incorporé para escribirlas, pero una vez sentado frente al computador la abulia se apoderó de mí. Volví al sofá molesto. Me paseé por la pequeña cocina, por el baño. Me miré al espejo y finalmente bajé al bar.

- ¿Y a tí desde cuándo te interesa la literatura?

    Se molesta. Me deja solo en la cocina. Bebo otra copa y luego bebo otra más. En el televisor un programa de medio día.  Un muchacho está de pie frente una mesa con los ojos cubiertos. Ponen ante él un objeto. El joven escanea con las manos desde lejos

- Una cuchara - dice.
- Es maravilloso, ¿verdad? -comenta emocionado el conductor del programa- Pero no hay que sorprenderse. Los niños índigo vienen a la tierra con un propósito: a iluminar, a guiar a los seres humanos. Son una compensanción de la naturaleza en un mundo materialista.

    La encuentro en la habitación acostada, dandome la espalda. Noto la curva de sus caderas debajo de las sábanas. Entro al baño a mear sintiendo los efectos del vino. Me visto y me echo a la calle. 
    Está lloviendo, pero no demasiado. Grandes charcos de agua rodean la salida del edificio, como en los castillos antiguos. Las gotas de lluvia salpican el agua que reflejan el cielo gris. Me agrada caminar bajo la lluvia. Llevo buenos zapatos y un paraguas. Antes de salir dejé una nota sobre la mesa “Voy al super a comprar salmón”. A mi izquierda - y un poco lejos - corre el rio BioBio, pálido y silencioso. Los bosques de enfrente se ven verdes y robustos, pero son sólo pinos. El aire huele limpio. El motor de los buses ronronea.

   El supermercado es ámplio y suficiente. Apenas ingreso veo el rostro del índigo multiplicado y amplificado cien veces en las pantallas planas y de alta definición. Los colores resplandecen e hipnotizan. El guardia, un tipo alto y gordo, me mira satisfecho. Más allá las máquinas eléctricas para calefaccionar ambientes, para calentar fideos, para hervir papas. Ollas eléctricas, freidoras eléctricas, cucharas eléctricas, tenedores eléctricos. Todo lo necesario para hacer la vida más cómoda y confortable. Me deslizo por el pasillo de zapatos, camisas, camisetas, pijamas, cubrecamas, parcas a precios ridículamente bajos “made in China”. El chino que fabricó estos productos ganaba medio dólar al día y tenía que vivir en la ribera de un río lleno de mierda y grasa para poder sustentar precios módicos en una ciudad que nunca conocerá al otro lado de su mundo.

    Echo un vistazo detallado a los vinos y licores. Hay mucho para elegir. Toda clase de vodkas, rones y tequilas. A Sofía le gusta el tequila. Se vuelve alegre y grosera cuando bebe tequila, pero lo que más me gusta es que se pone descarada y caliente. 
  
    En fiambres encuentro un matrimonio cincuentón. Ella empuja el carro con cara de princesa ofendida y desganada mirando la amplia variedad de cecinas. Él habla por teléfono en voz alta, con una papa en la boca; quiere que todos lo escuchen, quiere que todos lo vean y noten lo grandioso que es: gira sobre sus pies, mira hacia arriba, toma una lata de conservas y la deposita en el carro; cambia de parecer, toma otra cosa, la extrae nuevamente, la deja sobre una mesa. Coge longanizas secas y ahumadas selladas al vacío, revisa vinos, agarra botellas. Lo observa todo, pero su mirada no se detiene en nada; es un tipo hiperkinético. Todo lo que le rodea son bultos, desde su mujer hasta los tarros de conserva. Está dando indicaciones a alguien. Me alegro de estar semi-ebrio en un lugar así. 

    Hacia adelante tengo la panadería, la botillería, la cafetería, las legumbres, los alimentos sin sal, con sal, con poca sal, con sal artificial, con sal orgánica 

- ¿Dónde están los pescados?

Pregunto a un tipo pálido que me mira medio aturdido. Viste delantal de cocina y gorrito verde. Sólo escucho que dice

- guan flen flei iiiy.

    No, no habla otro idioma. El supermercado contrata personas con “capacidades distintas” para reponer, limpiar, trasladar cajas y realizar cualquiera de los trabajos menores. Así, la clase media se siente bien consigo misma por ser inclusiva y tolerante. 

    Me dirijo hacia donde señaló el tipo y observo que una señora muy bonita abre una botella de bebida amarilla para su hijito y me pregunto si podré hacer lo mismo, pero con una cerveza. Este es un país libre, acá todos somos honrados. En fin, me dirijo al sector cervezas e intento sacar la chapa de la botella con una llave. No soy experto en estas materias, así que tardo un poco, pero finalmente la chapa cede. Bebo un buen sorbo. La cerveza está tibia, pero es negra, espesa, y tiene buen sabor. Todo cobra sentido nuevamente.

    Camino hacia los pescados. Encuentro al matrimonio cincuentón. Esta vez el tipo me resulta simpático: un gracioso parlanchín. Deberían hacer juguetitos mecánicos basándose en sus actitudes y movimientos; estoy seguro que les iría bien. Me asombro de mi agudo sarcasmo; lamentablemente no tengo público, así que me rio solo. Es evidente que la cerveza y el alcohol desatan sinapsis en mi cerebro. 
   No hay pescados frescos. Todos congelados o envasados al vacío; éstos últimos son los que más detesto porque huelen mal. La razón es que les ponen un gas para evitar que se descompongan. Estoy reflexionando en el gas y en los malos olores cuando alguien me toca la espalda.

- Señor, no puede beber aquí.

Hago acopio de toda la ingenuidad y sorpresa para responder

- ¿Por qué? Si la voy a pagar.
- ¿Podría acompañarme, por favor?

    Es un tipo alto, joven y bien adiestrado. Camino a su lado y doy un par de sorbos extras a la botella. Nos encontramos con un mamut enorme y rechoncho, con pliegues de carne rodeandole el cuello como una bufanda y pienso “oh-oh”. Entonces, todo mi agudo sarcasmo cede paso a una civilizada cobardía

- Oiga, no quiero problemas. Lléveme a alguna caja, pago la cerveza y me voy... no sabía que no se podía...
- Sí, señor, pero tenemos que ingresar el producto en la oficina

Responde el mamut con despiadada cortesía y pienso en los campos de concentración nazis y en las artimañas de las que se valían para llevar los prisioneros a las “duchas”. Me siento un judío atrapado en una trampa con un señuelo amable. 

- No lo quiero acompañar a ninguna parte. Llévese la botella e ingrésela usted. Yo lo espero aquí. No me iré de acá.
- Señor, necesito tomarle sus datos
- Tómelos acá, ¿qué necesita saber?

Se miran los dos. Finalmente, el joven bien adiestrado se lleva la botella y regresa con un formulario que me hacen responder en voz alta. Nombre, edad, rut, dirección, teléfono, correo electrónico

- ¿Por qué necesitan saber tanto? -pregunto molesto
- Señor, beber en un lugar público es un delito.

Palabra clave: Delito. Palabra atemorizante. Nadie quiere cometer un delito, nadie quiere ser un delincuente. Entonces, me emputeció que quisieran atemorizarme

- ¿Me van a tomar detenido o van a torturarme con preguntas? No pienso darles tanta información; si quieren llamen a los pacos.

    Me conducen hasta una caja donde hacía fila el matrimonio cincuentón. El muchacho se queda a mi lado como un custodia. Hace un gesto a la cajera y pasamos primero que todos. El parlanchín me mira como si fuera un neumático viejo a la orilla del camino. Debió pensar que habían atrapado a un delincuente. Pagué la cerveza y noté que había más gente observándome con desconfianza. Otro guardia me escoltó hasta la salida y se aseguró de dejarme bien fuera de ese mundo.

    Afuera llovía a torrentes. ¿Mi paraguas? Lo había dejado olvidado en un estante cuando destapé la cerveza. ¿Qué hacer? Caminar bajo esta lluvia torrencial me parecía tan indigno como volver a entrar para recuperar mi paraguas. Mi solución estaba estacionada a un par de metros. Hice un gesto y se detuvo delante de mí un automóvil negro.

- Buenas tardes, señor -saludó el conductor
- Buenas tardes.
- ¿Mucha lluvia?
- Sí. Bajo este chorro de agua no se puede caminar.
- ¿Dónde lo llevo señor?

Le di la dirección. Me llevó hasta el edificio de Sofía. Pagué y dejé algo de propina. 

- Muchas gracias señor, que tenga una buena tarde.

Con un par de billetes había vuelto a ser un Señor nuevamente. Así es la vida de la clase media moderna.

    Encontré a Sofía de mejor humor. La nota no estaba sobre la mesa. Ella estaba viendo los experimentos del índigo.

- Un reloj- decía la compensación de la naturaleza, con los ojos cubiertos, en este mundo materialista y desconfiado.

- ¿Vas a hacer salmón, entonces?
- No había salmón en el supermercado -respondí tratando de parecer frustrado.
- ¿Fuiste al supermercado? Ahhh, mi bebé hermoso. Y ¿por qué no preguntaste acá abajo, en la esquina? Venden congelados. Mariscos, verduras. De seguro tienen salmón u otro pescado

Así que en la esquina. 
Bajé nuevamente; con otro paraguas. El portero -un vejete sapo y entrometido- me lanza

- Lo mandaron de nuevo.

No respondí.
En efecto, en la esquina había salmón fresco. No congelado ni sellado al vacío: fresco; aunque a un precio de clase media. Pagué y salí. Afuera las nubes se abrieron para dejar pasar unos rayos de sol. Todo estaba mojado. El sol, la humedad, el índigo, el supermercado, el frío, el portero del edificio, el salmón fresco... todo me produjo un enorme hastío de la vida. Quise mandar todo a la mierda. ¿por qué no preparamos lentejas simplemente?

Lentejas, ¿qué otra cosa se puede comer un jueves de invierno? Lentejas, unas botellas de vino, valses peruanos o Miles Davis y por la tarde la ribera del río.
Puse el salmón en una bandeja, sal de mar, aceite de oliva, pimienta negra, merquén y al horno

- ¿Vas a hacer puré?

  Había bebido varias copas de tinto; me sentía de mejor humor.

- No hay papas, amor.
- Hay que ir al supermercado.

    Así era nuestra vida por aquel entonces. Sofía salió a comprar papas en auto. Yo me quedé bajando el resto de la botella. Hice un catastro: quedaban seis botellas de tinto y tres de blanco, además de las cervezas. Necesitaba alcohol para soportar el ritmo, y para hacerme soportable. Yo no era escritor; no me sentía parte de nada, ni de la clase media, ni del cuerpo de bomberos. La clase media se siente parte algo, la profesión les provee cierto sentido de identidad, o al menos eso pretenden. Me asomé a la ventana y miré hacia el balcón de enfrente. Estaban entrando ropa. Un gato también se asomó a mirar; observó el movimiento desquiciado de los automóviles abajo, observó los rayos de sol que se colaban por entre las hendiduras de las nubes, y luego me miró a mí. Nos miramos un rato, y luego regresé a llenar otra copa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario