Terminamos de ducharnos en un motel de cuatro lucas, y nos secamos con las sábanas con motas.
Lo que siguió fue buscar un lugar donde comer por luca y media. Nos metimos dentro de una micro acondicionada para la ocasión y pedimos la especialidad de la casa: pan con mortadela frita, tipo churrasco, y un café para dos, Ecco. Malísima la hueá.
Afuera comenzó a llover. Temuco es así. Estábamos intentando deglutir nuestro desayuno cerca de una feria. El lugar olía a cáscaras de naranja. Unos hombres descargaban sacos de papa de un camión y la lluvia hizo barro en sus cuellos. Claudia -aun con el pelo mojado- me miraba y sonreía; nunca la vi tan hermosa.
- No creo que pare -dijo.
- Ojalá que no.
Dentro de la micro había una estufa a leña; dos huevos chisporroteaban sobre un sarten. La lluvia arreció y nos pareció sorprendente la alegría de no tener ningún lugar a donde ir. Creíamos que nos íbamos a quedar ahí para siempre. El agua sólo intensificó el movimiento de los pionetas que ponían los sacos sobre una carreta. Una vez cargada un muchacho delgado se colgó del mangó e hizo palanca hasta hacer rotar la carga sobre el eje. Dio dos pasos y con apenas un minúsculo empuje puso en movimiento las ruedas metálicas del acorazado rojo. Otros hombres sacaron una caja de vino y bebieron mientras echaban bromas al muchacho.
- ¿Por qué son tan felices? -preguntó Claudia
Yo no supe qué responder. Me encogí de hombros y sonreí.
Subió un tipo con sombrero de fieltro y abrigo negro, mojado como una esponja. Se sentó a nuestro lado, miró a Claudia y le preguntó.
- ¿Les molesta que los acompañe?
- No, por cierto.
Colgó el abrigo a un lado de la estufa que goteaba como si estuviera recién lavado.
- Ustedes no son de acá. ¿Universitarios?
Claudia asintió.
- ¿Me permiten que los invite a un café?
- Con mucho gusto -dijo ella.
Él mismo se puso de pie, cogió tres tazones y los depositó sobre la mesa. Acto seguido fue por el agua. Yo puse tres cucharadas de café a mi taza y cuatro de azúcar. Claudia hizo algo similar. No paraba de sonreir. Se veía preciosa y coqueta; me entraron celos en la panza. El tipo se movía con seguridad dentro de la micro. Sirvió el agua y se sentó a nuestro lado.
- La verdad es que me encantan los días así. Este lugar es el más vivo y honesto de la ciudad. Ustedes son espectadores privilegiados de una escena teatral; están presenciando la alegría, la espondaneidad de personas que tienen vidas durísimas, pero que sin embargo, no pierden ocasión de disfrutarla a concho.
- Eso mismo pensaba hace un momento, por qué son tan felices. Están mojados, sucios, deben cargar esos sacos en sus espaldas, pero conservan la alegría.
- ¿Y ustedes? Apuesto que no tienen ningún peso.
Yo pensé "aquí saca el rollo y nos pide plata".
- Jajaja... algo así -dijo Claudia.
- Los vi desde afuera y me pareció que eran parte de esta escena alegre. Yo vivo en esta chancha hace trece años. Me cansé del trabajo, de la vida, de las deudas y de todo. Compré este adefesio, lo acondicioné un poco y...
- ¿Vive solo? -preguntó Claudia
- Tengo una cocinera -sonrió y dejó ver sus dientes amarillos- Somos como gitanos; viajamos de un lado a otro. Nos detenemos, vendemos desayunos, almuerzos, pasamos una o dos noches y luego continuamos la marcha.
- ¿Y cuando conduce por la carretera lleva la estufa encendida? -comenté.
- Jajaja... eres un malilla...
Pero Claudia no entendió el doble sentido y me miró confusa.
- ¿De dónde vienen ahora? -preguntó ella
- Estuvimos en Puerto Cisnes, Puyuhuapi, Melinka.
- ¿Y eso dónde queda?
- Hay que cruzar por barco desde Quellón. De regreso nos pilló mal tiempo; tuvimos que encadenar el adefesio... uf, fue una travesía. Pero es muy lindo... la cordillera se sumerge en el mar y se forman canales alrededor de sus faldas.
- Tengo ganas de ir para allá -me miró.
Pero no teníamos un céntimo. El tipo dijo
- Aprovechen, láncense a la vida, a los viajes.
Cogió un libro de un estante y se lo dio a Claudia.
- Léanlo mientras tengan los pies en la carretera.
Era un libro de Kavafis.
- Yo ya no piso la carretera; estoy con arresto domiciliario -sentenció y nos mostró sus dientes afilados y amarillos.
Era realmente un tipo feo, pero simpático.
Salimos sin pagar nuestra merienda. Claudia me dijo
-¿vendamos ésto?
Era un collar de oro que tenía una C en relieve en un trozo grande del metal. Nos acercamos a una joyería, Claudia regateó y obtuvo un precio que le resultó conveniente. Caminamos hacia la carretera tomados de la mano. Llevábamos todos nuestros artefactos en una sola mochila. Nos sentamos en un paradero a esperar que pasara la lluvia. Claudia abrió el libro - debían ser las dos de la tarde- y leyó en voz alta
Itaca
Cuando te encuentres de camino
a Ítaca,
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.
desea que sea largo el camino,
lleno de aventuras, lleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al enojado Poseidón no temas,
tales en tu camino nunca encontrarás,
si mantienes tu pensamiento elevado, y selecta
emoción tu espíritu y tu cuerpo tienta.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al fiero Poseidón no encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si tu alma no los coloca ante ti.
Desea que sea largo el camino.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con qué alegría, con qué gozo
arribes a puertos nunca antes vistos,
deténte en los emporios fenicios,
y adquiere mercancías preciosas,
nácares y corales, ámbar y ébano,
y perfumes sensuales de todo tipo,
cuántos más perfumes sensuales puedas,
ve a ciudades de Egipto, a muchas,
aprende y aprende de los instruidos.
Ten siempre en tu mente a
Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
La llegada allí es tu destino.
Pero no apresures tu viaje en absoluto.
Mejor que dure muchos años,
y ya anciano recales en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que te dé riquezas Ítaca.
Ítaca te dio el bello viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Y si pobre la encuentras,
Ítaca no te engañó.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene más que darte.
Así sabio como te hiciste, con tanta experiencia,
comprenderás ya qué significan las Ítacas.
Terminó de leer, se acercó y me besó. Nos quedamos abrazados viendo la lluvia caer, sin pensar en nada.
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