jueves, 26 de febrero de 2015

Diego


Estaba hablando solo conmigo mismo en la cocina cuando sonó el teléfono. Era diego, mi mejor amigo. Casi un hermano. Nos conocimos en la facultad de odontología; al finalizar la carrera perdimos contacto, pero luego nos volvimos a encontrar un par de años después. Por aquel entonces yo estaba “casado” con Sandra y él con Heriberto Domínguez, un ingeniero con vocación para el melodrama. Heriberto era un histérico que perdía el control periódicamente. Mitómano y celópata desde el núcleo celular. Revisaba las llamadas telefónicas de Diego; le escondía micrófonos y grabadoras en los bolsillos, descargaba programas para espiar sus correos electrónicos, lo seguía, lo acosaba, lo amenazaba. Diego llevaba una vida de mierda con él, pero tenían un enorme departamento en Andalué, un magnífico hammer, vestían a la moda europea y se iban de vacaciones a los mejores lugares del mundo, así que guardaban muy bien apariencias.

- ¿qué cuentas, misógino conchetumadre?- siempre lo saludaba fraternalmente -

Diego escuchó silenciosamente; era su turno de responder.

- bien y vos, borrachín de mierda.
 
 Algo andaba mal. Ese no era el Diego que yo conocía.

- ¿qué te pasa? ¿Por qué tan señorita? - bromeé
- ¿estás ocupado? ¿almorzaste?
- estoy en eso, ¿por?
- voy a tu casa. Estoy ahí en veinte minutos.

Tardó una hora. Lo esperé con media botella de vino dentro del cuerpo. Sonó el timbre y abrí. Nos dimos un abrazo y un beso en la mejilla. Diego era todo estilo: pantalón de gabardina beis, camisa celeste con las mangas dobladas hasta el codo; en la muñeca derecha su brillante reloj tag heuer que le regaló Heriberto la última navidad. Yo tenía puesto mi pijama, bata y calzaba mis deformadas zapatillas de descanso, pero la cara de Diego era la de alguien que no dormía en tres semanas.

- ¿qué pasa, hombre?, traes una cara del terror. ¿quieres una copa de vino?
- no, gracias. Tengo que volver al trabajo
- y para qué trabajas tanto, huevón.
- y tú, ¿no atendiste hoy?
- hoy trabajo hasta el medio día.
- jaja, para variar. ¿qué hiciste de comer?


Entró en la cocina. Oí que cogía una cuchara, destapaba ollas y probaba mi guisado de lentejas. Luego abrió el resfrigerador y urgó dentro. Yo me serví otra copa de vino. Comenzaba a sentirme de buen humor y con la lengua traposa. Me senté en el sofá y esperé a que terminara de olisquear mi cocina.

- bueno, ¿y? - espeté – llevo una hora en ascuas. ¿Qué idiotez hizo Heriberto esta vez?, ¿quiso suicidarase tragando un paquete de aspirinas?, ¿intentó ahorcarse con tu hilo dental?, ¿abrió la llave del gas y esperó la muerte recostado teatralmente en el parquet de tu departamento?

Aquel sarcasmo tenía su razón de ser. Heriberto había amenazado con suicidarse cientos de veces. En una ocasión, después de una fuerte discusión, se lanzó bajo las ruedas del hammer para que Diego le pasara encima. En otra oportunidad, Heriberto llamó para decirle que se había tragado un kilo de somníferos y que había bajado media botella de whisky; Diego me contó que le decía lastimosamente

- me queda poco tiempo, se me va la cabeza - respiraba con dificultad; hablaba con voz temblorosa, como quien está agonizando - todo me da vueltas; sólo te pido que me perdones por quererte demasiado.

En el fondo nos reíamos de todas sus estupideces, aunque yo sé que Diego sufría mucho con sus ataques de ira y celos. Después de esos ataques - que ocurrían regularmente cada dos o tres meses - Heriberto se arrepentía, pedía disculpas con lágrimas en los ojos, prometía tratar su ansiedad y controlar su ira con psiquiatras y ansiolíticos, pero no hacía nada de eso. En cambio, se sumergía febrilmente en el trabajo y en reuniones que lo mantenían ocupado todo el día durante los meses sigueintes, y durante ese tiempo ignoraba completamente a Diego que, por su parte, también se sumergía en el trabajo, en la rutina y en su solitario mundo burgués.

Diego apareció en el umbral de la puerta de la cocina mordiendo una manzana. 

- ¿estás a dieta, huevona?
- este conchesumadre se va

Me encogí de hombros y fruncí el entrecejo

- Anoche Heriberto llegó con tres  amigos - me explicó - unas locas de mierda. Bebieron varias botellas y armaron escándalo. En fin, yo los atendí un rato, pero luego me fui a dormir. Como a las cinco de la mañana siento que se acuesta. Estaba borracho. Comenzó a besarme y a ponerse insistente. Lo rechacé de mal humor, le dije que tenía que levantarme temprano. Entonces discutimos fuerte. Me insultó, lo insulté; me lanzó un zapato, le devolví un puñetazo en el cuello. Finalmente, fui a dormir al cuarto de invitados. Por la mañana voy saliendo de la ducha y me dice "necesito hablar contigo". Yo pensé "claro, se le quitó la borrachera y se va a disculpar, está arrepentido", ya sabes, el show de siempre. Entonces, nos vamos a la habitación y me lo dice todo sin anestesia.

>- Anoche estaba celebrando mi despedida con mis compañeros de trabajo
>- ¿tu despedida?
>- Sí, huevón, me voy a Delaware

A Diego se le quebró la voz. "Va a haber llanto" - pensé.
Heriberto trabajaba proveyendo de soporte informático a una compañía financiera norteamericana. Diego sacó fuerzas de flaquezas y continuó su relato; yo lo escuché sin chistar.

- Hace unos meses me comentó que existía la posibilidad de trasladarse a Estados Unidos, pero fue un comentario que lanzó al boleo; no le dí importancia en ese momento, pero este maricón hizo todo en silencio. Habló con sus jefes, tomó clases de inglés y de pronto, de la nada, me comunica, ¡me avisa! que se va dentro de una semana. Lo peor de todo, lo más terrible es que yo pensaba que las cosas iban bien. No habíamos peleado en meses, la fiesta estaba en paz... no sé, huevón, no sé... tengo la sensación de que todo este tiempo he estado viviendo con un completo desconocido.

Diego comenzó a gimotear acodado sobre la mesa. 
¿Les digo algo? En el fondo me alegraba de que ¡por fin! este huevón se deshiciera de ese tarado, pero vi que Diego estaba tan afectado, tan hecho trizas, que no sabía qué pensar. Estaba confundido. Por otra parte, no sabía si todo eso era real o si era otro de los regulares espectáculos del par. Así que me quedé sentado con mi copa de vino. Me levanté y me serví otro poco.

- Quizás... lo dijo para asustarte... ¿tú crees realmente que se va a ir?, ¿alguna vez ha hablado en serio ese pobre huevón?

Diego no respondió.
Me quedé ahí acompañándolo un rato. De pronto Diego se puso de pie

- Me tengo que ir.
- Claro
- Por favor, no le cuentes a nadie... esto es... algo muy doloroso.
- No tienes que decírmelo. Tú sabes que puedes confiar en mí.

Y se fue.
Me serví otra copa de vino y la bebí de un trago. De algún modo me sentía afectado por el malestar de mi amigo. A mí también me había abandonado mi mujer, así que podía comprender la sensación de malestar que estaba experimentando Diego.

Sonó el teléfono y conesté. Era mi hermano.

- ¿te acuerdas del Diego? - le pregunté
- ¿el Diego tu amigo?
- El mismo. Su pareja lo acaba de dejar, de un día para otro.

Le conté toda la historia, con detalles incluídos; y nos cagamos de la risa.
No crean que me gusta reirme de la desgracia ajena, pero ¿qué otra cosa puede uno hacer?

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