La sala estaba llena de estudiantes concentrados rindiendo una prueba.
El profesor abrió la ventana.
Afuera hacía buen tiempo.
Los aromos florecidos se mecían con las ráfagas de viento empujadas por el sol.
En la ribera de la laguna revoloteaba una garza; sus aguas color petróleo eran habitadas por una docena de peces muertos; la lengua dorada del sol rebotaba en la superficie y reflejaba sus escamas en el techo de la sala.
Entonces, una ráfaga sacudió el aromo más cercano y el polluelo de un tiuque cayó sobre las zarzas. El polluelo aturdido parecía haberse roto el cuello. Se mantuvo pico arriba con los ojos cerrados, indefenso y ciego, pero se incorporó y comenzó a piar. A los pocos minutos aparecieron sus padres que se exaltaron al observar el desastre.
- Profesor, ¿este es el eje X y este es el eje Y, verdad?
Le estaba mostrando un dibujo con los ejes cambiados.
El profesor negó con la cabeza.
- Ah, ya entiendo. Otra cosa, aquí dice que C es el centro, ¿eso significa que es la mitad de la vara?
Al medio día vio a un hombre joven empujando basura tímidamente desde dentro de la casa con una escoba, la puerta entreabierta, intentando no ser visto. Calzaba pantuflas peludas de color rosado.
Tez amarillenta. Suéter. El televisor encendido al fondo de la cueva. Un limpiapié de lana colgando en el pasamanos de la escalera. La dueña de casa debió salir temprano al trabajo y él desocupado -no tenía para sus propias pantuflas- debía dedicarse a las labores domésticas.
En la casa de al lado un anciano abrió el portón a una mujer joven. Ella lo saludó con un beso en la mejilla y entró al jardín. Se oyó el grito de una mujer desde dentro de la casa. El grito de una vieja. Entonces el anciano dijo
- Espérame un poco
- ¡Papá espere!, ¡Papá!...
El anciano entró en la casa y juntó la puerta. Luego, lentamente, la cerró.
En el parque Manuel Rodríguez corría una joven con short de lycra ajustados. Una botella en la mano derecha se agitaba al ritmo de sus senos. Los jardineros observaban sus hermosas curvas y hacían comentarios alegres entre sí. Una muchacha empujaba a una niña en el columpio. La niña sonreía y mostraba sus dientes de leche como si fueran girasoles
- Empújame, mami, empújame -debía tener cuatro años.
La muchacha empujó una, dos veces, y continuó enviando mensajes por celular.
En una de las bancas del parque, sentada en el respaldo, una joven tocaba guitarra y cantaba Linger de "The Cranberries" con voz idéntica a la de Dolores O'Riordan, como si todo el mundo girara a su alrededor.
La chica guapa que trotaba cruzó calle Castellón, cuando un tipo en bicicleta la quedó mirando. Detrás de él un perro atravesó avenida Manuel Rodríguez, feliz de poder alcanzar a su amo, pero un micro bus lo arrolló y lo estrujó como a un estropajo. El pobre animal quedó desparramado en la calle. Los jardineros corrieron a ver. La joven se acercó a abrazar a su hija.
- Profesor, C es la mitad de la vara; o sea, es el centro.
- Sí el centro, el lugar donde se concentra todo el peso.
- ¿Y aquí debo usar seno o coseno?
El profesor suspiró sin responder.
Todo estaba perdido, pero qué importancia tenía. Afuera había primavera. Los aromos florecían, los pájaros seguían reproduciéndose. La chicas bonitas trotaban por el parque y tocaban guitarra. Aun había oportunidad para enamorarse; aun quedaba tiempo para hacer estupideces de las cuales arrepentirse cuando reirse cuando viejo con el corazón lleno de dicha.
- Chicos, se acabó el tiempo. Entreguen sus pruebas.
- Cinco minutos, profe, cinco minutos.
Poco a poco fueron entregando sus pruebas y salieron de la sala hasta que quedó completamente vacía. El profesor tomó la carpeta con cientos de pruebas por corregir. Puso los audífonos en sus oídos, digitó algo en el teléfono y caminó escuchando Miles Davis por la ciudad.
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