sábado, 30 de enero de 2016

La Sonata


   Me enteré que mi hermano perteneció a las SS por casualidad. En su guardarropa mantenía una revista con la esvástica. Yo temía preguntar. Siempre fue un tipo reservado. Eran los primeros meses después de la guerra. Algunos soldados regresaban a casa; otros desaparecieron para siempre. Berlín estaba hecho polvo. Recogíamos las colillas de los cigarrillos americanos y las cambiabamos por pan o pescado. A menudo pasaba las tardes pescando en el Spree.

   Los americanos resultaron ser bastante simpáticos. Mascaban chicle y calentaban sus alimentos en tarros. Nos enseñaron a decir “ok” y “fuck you”. De cualquier modo las chicas alemanas no eran de su interés. Estaban desnutridas. Todos temíamos las represalias. Cuando aparecieron las primeras familias judías nos escupían en la calle. Un par de veces despertamos con los vidrios rotos. Amenazas de incendio. Tuvimos que mudarnos al barrio de Neukölln; con edificios recién construidos para los ex-soldados. El departamento era pequeño, con un solo baño, pero cálido en invierno.

   Teníamos que compartir la habitación. Mi padre había muerto; mamá daba clases de piano por la mañana y trabajaba en un almacén por las tardes. Mi hermano intentaba rearmarse. Había participado en la guerra. Había pertenecido a las SS. Lo único que sabía era de armas, de combate y de reducir al enemigo judío. Por las tardes se reunía con Erik, un amigo del departamento de enfrente. Se enfrascaban en discusiones mientras yo practicaba las sonatas de Beethoven al piano.
Erik también había sido un SS. Después de la guerra se casó con la frau Olga; treinta años mayor. Ella había recibido una herencia sustancial, se sentía sola y necesitaba protección. Eran tiempos difíciles. Llegaron al departamento de enfrente pocas semanas después que nosotros. Frau Olga fumaba un cigarrillo tras otro y olía a tabaco. Tenía la voz ronca y pastosa. Por las mañanas la oía carraspear con fuerza y luego escupir. Yo imaginaba que sus flemas debían ser como el hollín de un panzer, y que nunca se desharía de ellas del todo.

   Erik eran un holgazán. A veces mi hermano lo recibía en calzoncillos; se encerraban en el baño a fumar. Ese verano mi madre compró un ventilador Kässel. Era el único aparato eléctrico que teníamos en casa, además de la radio. Fue un verano caluroso y polvoriento. Se cocinaba en las calles; a ratos olía a pólvora. Por las noches soñaba que en cualquier momento comenzaba la guerra. Veía paracaidistas invisibles en todas partes, bombas cayendo del cielo como azarosas gotas de lluvia. Recibimos las primeras imágenes de lo que los americanos habían hecho en Hiroshima un año antes; todos sufrimos pesadillas. Mamá apareció temprano esa tarde.

- ¿Tu hermano?
- Fumando en el baño -

   La sonata “Pathetique” me estaba dando problemas. Mamá se detuvo junto al piano a escuchar unos compases; corrigió mis imprecisiones y agregó

- Tu hermano no fuma.

Luego se dirigió al baño. Tras unos minutos regresó y dijo molesta

- Tú nunca serás concertista; debes volver al instituto.

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