sábado, 30 de enero de 2016

Orden, Obeciencia y Santidad

Los jovencitos se amontonaban en la plaza de la parroquia para saludar al santo. El Padre Hurtado le había dicho antes de morir

- Fernando, tienes un Don. Debes usarlo para guiar a la juventud y encaminarlos a la santidad.

Durante los últimos cuarenta años se había dedicado a la tarea.
Les había mostrado su santidad.

Juan estaba sentado en sus rodillas. Se había quitado el pantalón. Juan era seminarista. Había viajado desde Iquique para conocer al padre Fernando, el santito. Después de un par de semanas el santito lo llevó a su oficina y le preguntó

- ¿Quieres conocer la santidad?

El muchacho asintió

- Esta es la santidad -dijo el santito manoseando la entrepierna del joven- éste es el camino que conduce a Cristo.

Se habían hecho amantes. De eso hacía ya mucho tiempo.
Juan preguntó

- Padre, ¿por qué no acepta mujeres en las reuniones?
- Las mujeres son sucias; arrastran el pecado. ¿Sabías que muchas de ellas tienen infecciones urinarias? Me lo comentan en el confesionario. Sufren cuando orinan. El Señor las castiga por sus pecados de vanidad y avaricia.
- Pero Telma...
- Esa niñita parece virtuosa, pero no te confíes -sentenció el curita.

Los besos del padre Fernando eran atropellados y torpes. No sabía usar la lengua. Telma Echenique besaba bien. Cursaba tercero medio. Aparecía por las tardes con uniforme de falda con pinzas. Él la miraba subir las escaleras. Se encontraban en la sacristía. Ella sabía hacer mamadas de experta. No había comparación alguna con las pésimas mamadas del santito, aunque le divertían sus extravagancias, como colgarle el rosario en el miembro antes de echárselo a la boca; lo mamaba con adoración y torpeza.

Telma era hija del general.
La junta de gobierno lo envió al norte. El general Echenique se confesaba con el padre Fernando, igual que su mujer. No confiaba en el capellán del regimiento. Había pasado las últimas semanas soportando el calor bajo un techo de totora en Pozo Almonte; pero regresaba a Santiago. 

Lo recibió una escolta de militares y lo condujeron a tejas verdes. Entregó los informes respectivos, se entrevistó con algunos coroneles; pasó revista de los detenidos, las ejecuciones, la lista a desaparecer durante esa semana.

Por la tarde se dirigió a su casa de campo. La familia: contentos de verlo. El padre Fernando y un grupo de jóvenes seminaristas acompañaba la cena. Aquello era su isla de tranquilidad en medio del océano de las exigencias cotidianas. Telma estaba radiante. Se abalanzó a su cuello

- Papito, papaito, por fin llegaste

Quiso confesarse antes de comer. El padre Fernando lo tranquilizó

- Tenemos tiempo y me voy a quedar todo lo que sea necesario. Sé que has tenido unas semanas durísimas.

También asistían los Amunátegui, los Larraín Cotapo, el clan Larraín Vidal y la familia Sánchez Ossandón. Toda la hidalguía chilena sentada alrededor de la mesa. Se bebía buen vino. Ostiones, salmón, conejo horneado y choclos de la quinta. Se habló de los proyectos de modernización en infraestructura; la inversión en Codelco. La mujer del general Echenique era quien explicaba los progresos experimentados por el país a un matrimonio español interesado en invertir en vinos

- Lo que pasa es que el chileno es de una mentalidad mediocre; entonces, cuando uno vive en un país mediocre necesita tener a alguien fuerte encima. El general es un hombre fuerte, de mano dura... lo que este país necesitaba era una limpieza. Desmalezar; pero los comunistas crecen como la mala hierba. Es un dicho que tenemos acá en Chile.
- Pues las noticias que tenemos de ustedes es de estabilidad y mucho espacio para las inversiones.
- Estamos llamando inversionistas; los excedentes del cobre...
- El cobre y sus excedentes -intervino el padre Fernando- creo que no hay que descuidar el alma del país. El rol de la iglesia en todo este proceso ha sido y será muy importante. La iglesia es la garante de los valores, y un país sin valores es como un barco sin timón.

Todos asintieron. Telma y Juan estaban en el jardín, escondidos detrás de un árbol de bugambilias. Juan intentaba entrar por detrás.

- Ten cuidado, Juan, despacito... me duele, ay, ay, así, así... eso. 

Cuando regresaron el santito le dio una mirada de reproche a su pupilo. Entonces, el general quiso confesarse. Entraron en su despacho. Una oficina amplia con fotografías familiares. Había una biblia sobre el escritorio.

- No tienes nada que explicarme; con sólo mirarte sé que has hecho un buen trabajo. El país y la historia te lo agradecerán.
- Son miles, padre. Usted no se imagina. Llegan de todas partes. El país está infestado de comunistas. Los escuadrones entran a las poblaciones y los rojos emanan como la pus.
- Y ustedes van a terminar con esta inmoralidad. ¡Santo dios! Cuéntame, ¿cómo se comporta Osorio allá en el norte? ¿comulgan esos impíos, se arrepienten? 
- Algunos se arrepienten; algunos parecen buenas personas. La marea roja convenció a esos incautos y recién ahora van tomando consciencia de su ceguera... otros, parecen cambiar, pero luego han intentado fugarse. No sabemos quiénes se arrepienten con sinceridad y quiénes...
- Hay que acabarlos a todos. Ante la duda, es mejor hacer una limpieza profunda.

Se oyeron dos golpes en la puerta. La mujer del general entró. 

- La telmita está mal...
- ¿qué le ocurre, mija? - preguntó el santito.
- Tiene hemorragia, padre. Está sangrando.
- Estará con la menstruación, esa niñita; eso es lo más normal.
- No, padrecito -carraspeó y habló en voz baja- está sangrando por detrás.

El santito detuvo el automóvil. Viajaba solo con Juan.

- A ver, muchachito, ¿fuiste tú?
- ¿Yo qué?
- Lo de Telma, no te hagas el desentendido.
- Padre, le juro por la cruz de Cristo y pongo a san Padre Hurtado de testigo, que yo no tengo nada que ver con eso. 
- Bien. Te creo... 

Lo besó en la boca, esos besos torpes y húmedos, se reconciliaron y continuaron el viaje.




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