lunes, 27 de abril de 2015

El Divorciado

    Daniel Céspedes es un cincuentón nihilista, interesando en Mozart, James Joyce y la sodomía; una enorme panza rodea su cintura. Había perdido su trabajo y su mujer le pidió el divorcio; después de treinta años tuvo que regresar vivir con su madre. La anciana vivía sola en una enorme casa. Daniel tenía ahorros y vendió su jeep. Según sus cálculos el dinero le alcanzaría para vivir cómodamente durante seis meses si no pagaba arriendo. Tenía una deuda con el banco y había decidido no pagar; recibía llamadas de cobranza casi todos los días.

    Pensaba utilizar esos seis meses para escribir una novela. Había tomado notas mentales; tenía incluiso la frase con que iniciaría el primer capítulo: “El corazón del hombre es un misterio insondable que alberga la bestia de la furia y al mismo tiempo del amor”. Tras acomodarse en el segundo piso y acondicionar otra habitación como estudio, compró botellas de whisky, copas, una lámpara, papeles, impresora, lápices, correctores, una cómoda silla, un escritorio apropiado, un equipo de sonido pertinente, un poco de marihuana y se dispuso a escribir. Decidió que se levantaría todos los días a las seis de la mañana para dedicarse al rubro de las letras. Calculó que si escribía tres páginas diarias, en un mes haría noventa páginas y en cuatro meses tendría un manuscrito de alrededor de 350 páginas. Una novela corta no estaba mal para ser la primera. Dedicaría los meses restantes para correciones y luego llevaría su trabajo donde algún editor dispuesto a publicar la "opera prima" de un profesor de filosofía. Pensaba escribir una novela que reflejara los conflictos éticos modernos de la sociedad. Ese era su plan.

     La primera mañana apagó el despertador y se levantó a las 8:30 de mal humor. Bajó por un café. Encontró a su madre en la cocina viendo el matinal mientras organizaba las píldoras del mes en una cajita donde tenía marcados los días de la semana. No había café de grano. Se conformó con té de hierbas. Regresó a su templo de trabajo. Encendió el computador. Pasó una hora y media revisando noticias, videos y chistes del The Clinic. 

     A las diez se decidió. Se enfrentó a la primera frase de su novela. “el corazón del hombre es un misterio insondable”. ¿Insondable? “que no se puede averiguar”. Intentó con sinónimos: hondo, profundo, misterioso, impenetrable, e hizo la corrección: “profundo”. No quedó muy convencido. Intentó cambiar la frase a “el corazón del hombre es un abismo profundo que alberga la bestia de la ira y el nido del amor”. Demasiado cursi. Puso algo de música y se acercó a la ventana a echar una ojeada. Desde la cocina le llegó el aroma del pan tostado. Su nariz reaccinó y su estómago también. ¿Quién puede trabajar así? Intentó concentrarse. Finalmente bajó.

    Su madre había acomodado un lugar para él. Tostadas, palta y mantequilla.

- ¿Te preparo huevos revueltos?
- No, madre.
- Ayer compré huevos de campo. Tienen una yema amarilla, casi roja.
- Bueno, madre, prepáreme huevos revueltos.
- ¿Cuántos quieres: tres o cuatro?
- Con dos bastan madre.
- Te prepararé tres.

    Puso palta en una tostada y la mordió. La mujer del matinal hablaba de las botas que se llevarían durante la temporada otoño invierno. Una delgada modelo con falda corta lucía botas negras que le llegaban a la rodilla. La muchacha tenía hermosas piernas, pero nada de culo. Oía a su madre revolver algo en la sartén.  

- Madre, ¿no tienes café de grano?
- Hoy voy al supermercado, ¿quieres que te traiga alguna marca en especial?
- No te preocupes. Puedo ir yo mismo, así aprovecho caminar un poco.
- En ese caso, ¿me puedes traer leche, yogurt, pechuga cocida y berenjenas?
- ¿Alguna otra cosa? -comentó algo irritado.
- Si no puedes me lo dices.
- Está bien, pero hazme una lista porque no tengo buena memoria
- Hoy vienen las damas del club de señoras a tomar el té
- Humm, qué bueno.

En el matinal, el tema central de discusión eran las botas que había llevado puestas la personaje X en la fiesta de Y. Aquel era el foco de la conversación.  Un reportero estaba en terreno con un micrófono en la mano, de pie en una esquina. El cámara apuntaba el ojo electrónico a las calles rotas; unos perros dormían en manada junto a un hombre cubierto con cartones; los automovilistas malhumorados esperaban el cambio de luz del semáforo.

- Estamos en directo desde el centro de la comuna de Puente Alto -al hablar expulsaba vaho de la boca-; deseamos saber qué piensa el chileno de a pie de las botas de 26 millones que usó X en la fiesta de Y... Señora, señora, quisiera hacerle una pregunta. 

La mujer pasa de largo sin decir ni pio. El reportero vuelve al ataque sobre un hombre que se acerca.

- Estos matinales de mierda no hacen otra cosa que hablar imbecilidades -comenta Daniel mientras muele una tostada con palta-. En el país están pasando otras: corrupción, cesantía, bajos salarios, empresas internacionales que se lo llevan todo, precios por las nubes ¿y qué hacen los matinales mientras tanto? Preocuparse por las botas que usó una putita que nadie conoce.
- Eran botas de 26 millones.
- ¿Y qué tiene que ver eso, mamá? -Daniel se acaloró-. Vivimos en un país tremendamente desigual, la educación es tan mala que nadie entiende lo que lee, las pensiones son tan bajas que más vale la pena suicidarse antes de jubilar...
- Ay, no seas tan exagerado. Mira qué huevos tan lindos -La señora puso sobre la mesa la sartén con huevos de un amarillo tan intenso que van Gogh se hubiera sentido fascinado-. ¿Quieres más tostadas?
- Yo me las preparo, madre. No sé cómo puede ver estos programas que desinforman a la gente, los embrutece.
- Siempre lo mismo. Los políticos son corruptos en todas partes. ¿Sabes? En el club de damas asiste una señora muy simpática.
- ¿Qué tienen que ver las botas con lo que pasa en chile? Eso es todo lo que me pregunto yo.
- Se conserva bastante bien.
- No entiendo cómo la gente pierde el tiempo viendo estas... - dejó la frase sin terminar porque mordió un trozo de pan con huevo. Sabía bastante bien.-
- ¿No le falta sal? - Preguntó la madre; Daniel negó con la cabeza-. Le encanta la lectura; es aficionada a las novelas de misterio.
- ¿Qué?, ¿De qué está hablando, mamá?
- De la señora eduvigis
- ¿Eduvigis? ¿quién es la señora Eduvigis?
- Te estaba comentando que en el club de damas asiste hace unos meses una señora que le gusta la lectura.

Daniel esperó un poco antes de responder

- ¿Y?
- Le comenté que tú también lees harto, que eres profesor de filosofía, que te divorciaste hace poco, que estás escribiendo una novela, y está muy interesada en conversar contigo.
- ¡Mamá! ¿Me quiere poner a conversar con una ancianita?
- Tiene 63, apenas nueve más que tú.
- Madre, por favor, y esto se lo digo con todo respeto, por favor, no hable de mi trabajo con las señoras de su club, ¿le parece? No quiero interrupciones ni que me estén preguntando nada.
- Va a venir esta tarde. Si estás aquí los puedo presentar. 

    Terminó de comer los huevos y subió a su cuarto dando zancadas por la escalera; molesto como un adolescente al que no dejaron salir a rodar en su patineta. Una vez en su escritorio intentó retomar las ideas. Leyó varias veces la primera frase: no decía demasiado. Debía profundizar; debía encontrar las palabras claves que expresaran lo que deseaba decir: los conflictos éticos de la modernidad son en el fondo los conflictos eternos del ser humano -pensó-. Algo así. Había comido demasiado; se sintió modorriento. Eran casi las doce del día. Se recostó en un sofá cama y se cubrió con una frazada. Antes de dormirse pensó en el vagabundo rodeado de perros que dormía tapado con cartones.

    Despertó a las tres de la tarde y se dirigió al baño a mear. La casa estaba en completo silencio, en absoluta quietud. Bajó al primer piso. Su madre no estaba. Abrió el resfrigerador. No habían fiambres; sólo mantequillas y mermeladas. Mordió un trozo de pan. En el horno había budín de verduras. No quiso comer. Necesitaba tomar aire. Cogió la chaqueta y se lanzó a la calle tal como estaba vestido: con un buzo viejo y desteñido, barba crecida, despeinado y una camisa con la que había dormido. Mientras caminaba observaba su reflejo en las ventanillas de los automóviles. Su aspecto desaliñado lo animaba pues -según él- tenía el aspecto bohemio y despreocupado de un escritor. En el bolsillo de la chaqueta llevaba un libro. Decidió buscar una cafetería y leer un rato. Encontró una que era atendida por una mujer de unos treinta cinco años. Se sentó, abrió el libro y comenzó a leer con aire indiferente. Avanzó varias páginas y tras varios minutos nadie lo atendió. La garzona estaba conversando con alguien en la barra. Hizo un gesto con la mano y se acercó un garzón enjuto y viejo, de voz aguardentosa.

- ¿Qué quieres?

Lo irritaba que los desconocidos lo tutearan. Contestó con el mismo tono

- Tráeme un irlandés; sin crema
- No tenemos whisky.
- Ponle ron, entonces -respondió de mala gana- o vodka
- Pisco podría ser.
- Bueno, pisco, pisco. Ponle pisco.
- ¿Algo para comer?

    Negó con un gesto. La garzona no estaba nada mal. Llevaba falda negra ajustada hasta las rodillas. Buen culo; piernas gruesas como de chilotas. Unas tetas que harían bailar al demonio. “con ese cuerpo usted no tendría que estar trabajando aquí, mi amor, usted podría conseguirlo todo con ese culito”. La garzona se mantenía a distancia. 

El hombre puso el café sobre la mesa.

- ¿Azúcar o endulzante?
- Amargo como la vida -respondió Daniel. El garzón sonrió.
- Si te parece muy suave me avisas.

    Probó un sorbo. Habían sido generosos con el pisco. Seguro usaron uno de mala calidad. De cualquier forma no sabía mal. Afuera comenzaba a llover. Se estaba bastante agradable ahí dentro. Se quitó la chaqueta y la colgó del respaldo. Notó que tenía una mancha de palta en la camisa. Ya era demasiado tarde. La garzona permanecía a distancia. Bebió un buen sorbo de café y hojeó el libro. Estaba leyendo “Padres e Hijos” de Turguenev. Deseaba escribir una novela como esa. Sintió cómo el alcohol se apoderaba de sus pensamientos y lo invadió un chorro de romanticismo literario. " Afuera llueve, los automóviles van y vienen, igual que las personas; la lluvia cae con suavidad y lentitud, para que nadie se sienta ofendido. Los neumáticos se deslizan por el asfaldo mojado, haciendo crujir las piedrecillas. Los limpiaparabrisas bailan sobre el vidrio despreocupadamente. Todo es alegre; nadie tiene apuro alguno". 

Pidió otro café. El garzón preguntó. 

- ¿Cómo estaba el anterior?
- Buenísimo. Tráeme otro idéntico.
- Quieres algo de comer. Tenemos un barros luco de miedo.

   Negó con la cabeza. Incluso el trato con el garzón le resultó amistoso. La garzona atendía una mesa más allá. Comenzaba a oscurecer. Leyó otro poco, pero el siguiente irlandés con pisco lo dejó medio aturdido. Pidió la cuenta y se echó a la llovizna. Se sentía alegre. En este estado de ánimo podría escribir una novela; hablar de la lluvia, los neumáticos, las chilotas bonitas y el amor. Se sentía dispuesto para el amor. 

    Pasó por el supermercado y compró pechuga de pollo ahumada, berenjenas y un par de sobres de café. Había olvidado el resto. Mientras caminaba sintió que el efecto del alcohol iba decayendo. Al llegar a su casa recordó que aquella tarde iban de visita las ancianas del club de damas. Entró por la cocina. Desde el comedor le llegaban el sonido de la conversación de las ancianas. Se preparó un sandwich y encendió el televisor. Su madre entró de improviso, cuando él daba la primera mordida.

- Bah, ¿estás acá? Ven a conocer a las damas
- Mamá, no estoy vestido para saludar a tus amigas.
- Son todas viejitas; casi no ven a más de un metro. Nadie se fijará en esos detalles.

    Se hechó la chaqueta sobre los hombros y siguió a su mamá de mala gana.
    En efecto, en un primer vistazo notó que era un grupo de ancianitas tomando el té. Algunas debían rozar los ochenta años. Pero con la segunda mirada notó a una mujer guapísima sentada en el brazo del sillón, ¿sería la señora Eduvigis? Parecía de unos 45 años. Labios finos pintados, nariz recta medio respingona. Llevaba un sobrio vestido con flores y zapatos de taco medio. Una mujer elegante, hermosa a la luz de la lámpara. Cuando su madre lo presentó la mujer sonrió jovialmente y le dijo "hola". Daniel sintió que lo observaban como a un perro que hace alguna gracia para los invitados.

- Hola, buenas noches. Me disculpan un segundo. Regreso enseguida.

    Subió a su cuarto dando zancadas, corriendo como un adolescente al que dejaron salir a una fiesta. Entró al baño, se miró al espejo. ¿Estaba sonriendo? Si, esos huesos amarillos detrás de los mostachos blancos eran sus dientes. Recordó la sonrisa de la señora Eduvigis ¡¡qué hermosa sonrisa!! Dios mio, Dios mio -Pensó-. Se cubrió la boca con las manos de emoción. Su corazón palpitaba a 200 km/h. ¡¡Qué mujer más hermosa!! Observó su aspecto desastrozo en el espejo y se preguntó

- ¿Qué camisa me puedo poner?

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