Comenzaba a sentirme mareado, somnoliento, medio aturdido. Sabía que me quedaba poco tiempo. Cogí el teléfono y marqué su número. Ella contestó, con voz malhumorada y seca. Me había tragado medio
frasco de pastillas para dormir y tres generosas copas de whisky. Este
era mi cuarto o quinto intento de suicidio en un año. Se lo conté.
Ella respondió
Y colgó. ¡Maldición!
Les juro que no sentí nada, sólo un rotundo y definitivo silencio.
Bebí un buen trago de
whisky que ardió en mi estómago.
Habíamos tenido buenos tiempos con Patricia; ella era espontánea, alegre, llena de vitalidad. Hicimos todo lo que se hace en relaciones como la nuestra: poemas, libros, música, noches enteras en el sofá, botellas de vino a un costado de la cama, marihuana en sus calzones en el aeropuerto -¿alguna vez han fumado un porro con olor a concha?- Intempestivos viajes en automóvil por varias comunas de la región que duraban toda la noche, hablando de literatura, cine, amores pasados, anécdotas cotidianos. Compuse música para ella. Me sentía inspirado, lleno de ideas. Recibía encargos; estaba lleno de trabajo. Pero pasó el tiempo, y el amor que una vez fue joven, envejeció. Comenzaron los celos mutuos, palabrotas, golpes, y una tarde me vi a mí mismo propinándole un puñetazo en esa boca hermosa que tanto amé. Todo se rompió. Nos separamos.
Ella rehizo su vida y yo, bueno, ustedes saben, no se puede encontrar una Patricia a la vuelta de la esquina o en un supermercado. Intenté seguir, pero no pude. Las ideas se acabaron, dejé de componer y mi trabajo se fue a la mierda.
Así que ahí me tenían ustedes, con medio frasco de somníferos remojados con whisky en la panza, intentando acabar con todo. Cuando no estás a gusto en una fiesta ¿qué haces? Pues te vas; y yo me quería largar lo antes posible de la parranda.
Me quedé esperando que la muerte acudiera al llamado que le estaba
haciendo, golpeara la puerta y se presentara frente a mí. Estuve
mirando la puerta esperando que algo sucediera. Tenía la boca sequísima;
la lengua tan caliente como para freir un par de huevos en ella. La luz
de la ampolleta me molestaba en los párpados. Había programado jazz en la radio y en ese momento comenzaban los primeros acordes de "Prince of Darkness", cuando noté que en la superficie del whisky vibraban pequeñas ondas que rebotaban contra las paredes de la botella. Olas insignificantes, pero que de a poco crecieron hasta convertirse en un vaivén.
Entonces sentí que yo también me estaba moviendo. Todo a mi alrededor se movía en una suave ondulación. La puerta chocaba con algo; la oscilación creció repentinamente. Tony Williams golpeaba la batería con fiereza cuando la enorme bestia se tragó mi casa y las paredes azotaron todo lo que estaba dentro. ¡Un terremoto! Oía platos cayendo en la cocina, muebles derrumbándose, paredes crujir como cáscaras de huevo. Las ventanas estallaron y los vidrios me golpearon la cabeza. Alguien me tomó del cuello, me lanzó al suelo, me pateó la espalda, las piernas, la boca, me pisó las manos. Estaba recibiendo una buena paliza. Se fue la música y la electricidad.
Todo quedó a oscuras; el movimiento se detuvo lentamente. Después de unos segundos de absoluto silencio percibí un denso olor a gas en la nariz y en el paladar; luego, un enorme estallido. Una ola de fuego penetró en mi casa y me quemó el cabello, las cejas y la cara. Todo ardía. Me arrastré hasta la puerta; el pomo chisporroteó cuando lo toqué y me arrancó la piel de las manos. Me puse de pie. No pude abrirla. Desde afuera alguien le dio una furiosa patada, la puerta se abrió y me golpeó el hocico. Cai de culo. Un desconocido entró, pasó mi brazo por sus hombros y me sacó de ahí.
Parecía un sueño. Vomité mientras bajábamos las escaleras. Una vez en la calle me dejó sentado en el suelo. Las explosiones iluminaban la ciudad como si fueran las tres de la tarde. Un rio negro corría por las calles y reflejaba la luz del fuego como un ojo. Los cables eléctricos despedían chispas, el aire estaba cargado con olor a circuito quemado. La gente gritaba, se agitaba y corría de un lugar a otro. Parecía una fiesta siniestra. Alguien se acercó y me dijo
- Venga amigo, vamos hacia allá.
Me tomó de las manos y ayudó a que me pusiera de pie. Curiosamente, sentía frio. No sé cómo ni porqué, pero estaba completamente empapado. Sentía que algo se deslizaba por mis piernas hacia abajo, dentro del pantalón. Me había cagado en la ropa. Llegamos a la esquina. Habían unos bultos tendidos en el suelo. Le pregunté al tipo que me llevaba
- ¿Están muertos?
El hombre respondió
- Amigo, esto es el infierno. Aquí todos estamos muertos.
De eso han pasado ocho años, quizás nueve. No sé, no llevo la cuenta. Acá encontré a mi padre y a mis abuelos. No los veo muy a menudo, pero están bien. Este es un lugar enorme, aunque todo está siempre cerca. Jimi Hendrix toca martes, viernes y domingos en algún antro. Miles Davis dejó la trompeta y se dedica a cultivar flores en un invernadero. Victor Jara está componiendo otra sinfonía; comparte casa con Hemmingway, Gandhi y Tolstoi. Un tipo super relajado llamado Jesús -le dicen el nazareno, pero créanme, no se parece en nada al de las películas- prepara paella para todos, una vez por semana, en la entrada de su casa. Nos cuenta historias y anécdotas mientras fumamos marihuana y bebemos un vino exquisito. Yo trabajo en lo que sea. A veces de carpintero, otras veces limpiando calles o echando leña al fuego.
Aunque no me crean, ni Hitler, ni el Papa, ni el padre Hurtado están acá; los mandaron al cielo. ¿Por qué? No sé. Supongo que aquí no hacen falta.
Aunque no me crean, ni Hitler, ni el Papa, ni el padre Hurtado están acá; los mandaron al cielo. ¿Por qué? No sé. Supongo que aquí no hacen falta.
Así que los dejo a todos invitados, y si vienen me traen a Patricia.
Tengan un linda día.
Pepe.
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