miércoles, 22 de abril de 2015

El Estudiante Universitario

Mi nombre es Gonzalo Pineda. Tengo 18 años y odio leer y las matemáticas. En enero me matricularon en la universidad. Mi papá quiere que saque una profesión. Ninguno de ellos estudió en la universidad. Soy el hermano mayor. En la primera prueba me fue mal, como lo que se llama hoyo. Me prometí estudiar; juré pasar el ramo. Pero se sentó a mi lado Cecilia. Una morena con tetas que dan deseos de volver a la lactancia. Me habla toda la clase. A ella no le importa pasar los ramos; sus papás tienen plata. Le obsequiaron un automóvil cuando terminó cuarto medio con dos años de retraso. Tiene un pololo que estudia medicina y al que casi no ve. Me cuenta sus aventuras sexuales con otros tipos, mientras el profe explica la ecuación cuadrática. Me la pone dura en clases y por las noches sus confesiones no me dejan dormir.  

En la segunda prueba me fue como el pico. El profe nos sorprendió riendo y nos echó de la sala. No había nadie en el pasillo 

- ¿Qué hacemos?

Teníamos clase en la hora siguiente

- Vamos al Mall -invitó Cecilia- Tengo que comprar algo.

Tomó la autopista y condujo a 120. Se estacionó en el subterráneo. El Mall estaba medio vacío, pero todas las tiendas abiertas. Vagamos un rato por aquí y por allá, sin comprar nada; se nos fue la mañana hablando tonteras, probándose zapatos y carteras. Se veía exquisita. Con tacones es un poco más alta que yo. 

Al medio día me invitó a comer un completo. Estábamos sentados en el Dominó's cuando de pronto veo que se viene acercando mi mamá a nuestra mesa.

- ¿y tú no estás en clases?- me escupió la vieja.

Me quedé helado; me quedé petrificado, sonriendo como un ciego al vacío.

- Nos suspendieron las clases -atravesó Cecilia- 

Mi mamá la miró con cara de "y esta puta quién es". El maquillaje, los jeans ajustados, los zapatos con plataforma, la cartera no le daban el típico aspecto de universitaria hippie.

- Ella es una compañera de curso.
- Ah, sí -la miró como se mira  a un zapato abandonado en mitad de la calle- ¿por qué no estás en clases?
- Mamá, el profe suspendió las clases.
- ¿Todo el día?
- Sólo las de la mañana. Tenemos un laboratorio a las dos y media.

Mi mamá levantó la manga de su chalequito de lana y le echó un vistazo al reloj. Comparada con Cecilia mi mamá parecía una mujer sencilla, con zapatos bajos, jeans, una blusa y un suéter de lana, ahora largo, que compró hace tiempo en Ripley. 
Eran las doce y media.

- ¿Y por qué estás aquí? ¿por qué no te quedaste estudiando en la biblioteca?
- Vinimos a ver unos libros en esa librería -explicó Cecilia mientras señalaba la librería Antártica-, pero no los encontramos. Además, están carísimos los libros, ¿verdad?
- Sí, mamá, ¿sabes cuánto cuesta un libro de anatomía? Ciento cincuenta mil pesos.

Mi mamá no se tragó todo el cuento, pero se tranquilizó. Igual me sermonió un rato delante de Cecilia. Al final la invitamos a un café.

- Y usted ¿qué anda haciendo aquí, mamá?
- Vine a comprar una tele. Tu papá me dijo que estaban en liquidación en falabella.
- ¿Una tele? Pero si lo que más tenemos son teles
- Quiere una para la cocina. Tú sabís cómo es tu papá; le gusta ver el partido los domingos mientras almorzamos.
- ¿Y ya la compró?
- Fui a ver, pero no sé cómo llevármela. Había una de cincuenta pulgadas, pero es demasiado grande para llevarla en bus, así que quería pagar un colectivo o un taxi.
- Yo la puedo llevar, ¿a dónde viven?

Mi mami la miró con desconfianza

- ¿Y ustedes no tienen clase?
- Pero a las dos y media. Tenemos tiempo. Piénselo mientras voy al baño.

Cecilia se puso de pie y se alejó. Mi mamá me lanzó en bolea

- No te creo nada lo que me estás diciendo ¿qué edad tiene esa mujer? No parece estudiante.
- Es mi compañera de curso.
- ¿Quién va a pagar esto?
- Ella me invitó
- ¿Ella te invitó?

Mi mamá estaba arrellanada en su silla mirándome con desconfianza. Debe haber sentido que su niñito mayor se estaba transformando en hombre al lado de Cecilia.

- ¿Y cómo te ha ido en las pruebas? No me has dicho nada. A tu papá no le quiero ni hablar del tema.
- Más o menos; pero en matemáticas mal. Usted sabe que nunca me han gustado las matemáticas.
- ¿Te sacaste un rojo? -asentí- ¿Quieres que te busque un profesor particular?
- No mamá, yo puedo. Tengo que estudiar más. Aparte que el profe de matemáticas es más fome que la cresta. Me tiene mala, todo el rato me hace preguntas y me molesta.
- Bueno, y ese huevón ¿qué se cree?
- No sé; es que los profes de repente se creen la gran cosa, se creen super sabios, bacanes.

Cecilia regresó a la mesa

- ¿verdad que el profe de matemáticas es aburrido y nadie le entiende nada?
- Sí, es aburrido, pero no explica tan mal. Hay que estar atento a la clase y hacer los ejercicios. No es tan difícil.
- Ah, yo no le entiendo nada.
- A ver, ¿qué estamos viendo en clases?

Mi mamá me clavó una mirada que más parecía un cuchillo inquisitivo

- No sé... ¿ecuaciones?
- Pero ¿qué ecuaciones? -insistió la perra de Cecilia. No sé qué se traía entre manos-.
- ¡Ecuaciones! Ecuaciones ordinales o algo así.
- Estamos viendo ecuaciones cuadráticas ¿Viste? Tienes que estar más atento.
- Este niñito no hace nada en la casa. Llega a ver tele, a jugar en el computador, pero yo nunca lo veo estudiando. Ni siquiera ordena su pieza.

Las dos se fueron contra mí. 

- Ya, mamá, córtela.
- ¿Se decidió? -cortó por fin Cecilia- ¿quiere que la lleve?

Mi mamá se decidió y Cecilia nos llevó hasta la casa con el televisior de cincuenta pulgadas. Mi mamá se sentó adelante; yo viajé en el asiento trasero sujetando la tele. No hablé en todo el camino. Ya ni siquiera encontraba rica a Cecilia. La detestaba.




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