[Todos los hechos narrados en esta historia fueron inventados por el autor. Cualquier alcance de nombre es coincidencia].
Es el último día del 'Sínodo Episcopal' realizado en España, 1982.
Es el último día del 'Sínodo Episcopal' realizado en España, 1982.
Después de varias jornadas, los buenos curitas se reúnen en la cafetería San Eustaquio a beber el último café, atendido por dos jovencitos que corren de mesa en mesa.
La barra del café está llena de hombres de iglesia, así que los cinco curitas de nuestra historia buscan un lugar entre las mesas de la acera, y la encuentran. Qué exquisito es descansar los pies. El lugar huele estupendamente, el ambiente es alegre. La conversación animada. Durante el almuerzo bajaron unos litros de mosto. El padre Fernando Karadima estaba efervescente, como una botella de champaña. Le encanta España; sentado en una cafetería como esa, se siente civilizado. Cuenta un chiste y provoca un estallido de risas.
El padre Juan Barros levanta una mano, intentanto llamar la atención de Bruno, uno de los garzones que de inmediato se acerca.
- Miren lo que tenemos por acá - comenta Karadima en voz baja mientras observa al joven que se acerca.
- Buenas tardes - saluda el muchacho - ¿qué les puedo ofrecer?
Bruno es un muchacho atlético y bien parecido, de unos diecisiete años, que sonríe condescendientemente a los curitas; es hijo del dueño de la cafetería. Viste pantalón negro ajustado y una camisa que delínea su musculatura.
- Un capuccino, dos expresos, dos macchiatos y pasteles de la casa para todos.
Bruno toma nota y se marcha con la orden. Karadima lo observa marcharse.
- Nada mal, nada mal
El octogenario padre Eulogio Algarracín parece el más triste en la mesa. Hace poco fue expulsado de la iglesia rumana; se está cursando una acusación eclesiástica por fotografíar a menores desnudos. Él alega que lo hizo con fines artísticos. Vuelve a la conversación que tenían hacía pocos instantes
- Fernando, ¿de verdad piensas que pueden trasladarme hasta allá?
- Como te dije –responde el padre Karadima– el régimen nos es favorable. Están exiliando comunistas
y los reemplazan por curas y obispos; es la reconverción del país.
Los militares están muy interesados en fundar nuevas órdenes
religiosas en el sur. Yo creo que te podemos ubicar en algún lugar.
- Sin embargo, todo depende de lo que
decida el Papa, mi caso está en sus manos y en las de Cristo-. Karadima sonríe y agrega.
- Tranquilo, hombre, Wojtyla hará lo que es correcto. Esta tarde me reúno con Maciel antes de partir a Chile. Quizás pueda convencerlo que te deje a cargo de un colegio en Coihayque.
- Pero es que no somos de la misma Orden -
- Mire, padre Eulogio -dijo el joven padre Barros- usted no debe pensar en términos de la Orden Eclesiástica. Estamos entrando en una nueva Era para la iglesia. Reagan y Thatcher están conectando el mundo, están desapareciendo las fronteras. Poco a poco los países y sus soberanías dejarán de existir en pos de un mercado mundial; es lo que algunos entendidos llaman la globalización. De algún modo, esas ideas, van a permear en la iglesia y desaparecerán las Órdenes.
- El punto es que Maciel necesita expandirse en el sur -dice enfático Karadima-, y por tanto, tendrá que reclutar gente de confianza y de la orden que sea. En el sur chileno hay mucho dinero, hay mucho por hacer.
- Con la salvedad de que se trata de alemanes no católicos -comenta el padre Barros-
- Bah!! -lanza el padre Fernando Karadima- esos alemanes son todos palurdos.
- De cualquier forma, es el Papa quien tiene la última palabra -dice Algarracín.
Se acerca Bruno con los cafés.
- Bueno, bueno, aquí viene el exquisito "queque" -bromea Karadima.
El padre Karadima dio una propina de veinte pesetas a Bruno que agradeció y sonrió dulcemente con sus bucles rubios ondeando en el viento. Cuando el muchacho se marchó Karadima suspiró
- Ahh!! ¡¡Qué belleza!! A propósito, tengo otro chiste. Un obispo está llenando un crucigrama y no encuentra la palabra exacta; entonces, le pregunta al curita que está cerca "oiga, padre, ropa de monaguillo de ocho letras". El curita lo piensa un poco y responde "¿Lencería?"
Provoca una explosión de risas en aquella concurrida calle de Madrid. Conversan durante poco menos de una hora, y luego,
regresan al obispado caminando lentamente, como hortensias que flotan en un aletargado
río.
Una vez en Chile, el padre Fernando Karadima puso inmediatamente manos a la obra. Hizo los contactos para ayudar en el
traslado del padre Algarracín. Dijo a las autoridades que se trataba de la jubilación de un
curita provecto que amaba la naturaleza. Coyhaique o Puerto Montt, daba lo mismo. El padre Eulogio Algarracín estaba acostumbrado al clima frio.
Desde el gobierno miraban con buenos ojos la llegada de curas
extranjeros. El vice canciller de la universidad católica sólo le
pidió que no trajera a curas con ideas contestatarias, pues de la Teología de la Liberación no querían saber nada.
- Queremos que en nuestro país el catolicismo se conserve fiel a sus preceptos y no se contamine con
interpretaciones.
- Comprendo, sé a lo que se refiere.
Pero el padre Algarracín es de toda nuestra confianza. El Papa ya
autorizó su traslado. Cometió unas faltas y quiere expiarlas en
soledad, entregado a la oración.
- Si es así, entonces, tiene todo mi
consentimiento.
El día en que el padre Algarracín
llegó, Karadima ofreció una misa nocturna para dar la bienvenida. Invitó a las autoridades del país, gente de bien, mecenas que
apoyaban económicamente la obra de Cristo. El padre Fernando Karadima estuvo muy ocupado durante la mayor parte del día en los
preparativos de la misa. A eso de las seis de la tarde cayó exhausto en el
sofá de su oficina. Deseaba tomar una siestecita. Se durmió casi inmediatamente.
Estaba adentrándose en el primer círculo del sueño cuando escuchó
unos golpecitos en en la puerta. El sólo hecho de dormir, aunque fuera
unos instantes, le había provocado una erección.
- Adelante. Pase.
Se trataba de uno de los jóvenes de la agrupación "Acción por Cristo". Este muchacho tenía vocación y deseaba ingresar al seminario. El padre Karadima prometió recomendarlo y se ofreció como su padre en el Espíritu Santo y confesor.
- Pasa, pasa. Cierra la puerta con pestillo. Estaba durmiendo una siestecita antes de la misa. ¿Por qué no me habías visitado antes? Pensé que te habías olvidado de mí.
- Vengo del colegio - dijo una tímida y delgada voz juvenil.
- ¿Estabas haciendo deporte? Bueno, bueno, ven a darme un beso.
El muchacho se acercó para besarle la mano.
- Ay, déjate de tonterías. En la boca, dame un besito en la boca.
El torpe muchacho no reaccionó ni se
movió; el padrecito tuvo que sujetarle el rostro y besarlo; pero el obstinado joven apretó los labios. Entonces, el padre Fernando, con mucha
paciencia y sabiduría, lo tomó del mentón y separó los taimados labios del muchacho. Luego lo besó
y paseó su lengua dentro de la boca del joven.
- Así está mejor. Ven, siéntate a mi lado.
El padrecito puso una mano en la pierna
del joven y la deslizó hasta la zóna púbica. El
muchacho estaba como paralizado, pero el curita lo calmó con dos suaves
palmaditas en los testículos.
- ¿Sabes que hoy recibimos a un cura
amigo mio? Es español; te encantará. Es muy simpático. Puedes
conversar con él, pero te prohibo que te confieses o lo acompañes a
su habitación. ¿Qué te pasa?, ¿estás triste por algo? Me
extrañaste.
- Padre Fernando, esto no está bien
- ¿Qué es lo que no está bien?
- Ésto –hizo un gesto con las manos-
el saludo y esas cosas.
- Tranquilízate, esto sólo lo hago contigo. De pronto me siento muy solo; el camino a la santidad es muy solitario. Algún día comprenderás. Pero bueno, cambie esa cara. ¿quiere cambiar esa
carita?, ¿me quiere regalar una risita? Muéstreme esa sonrisita tan preciosa, mi niño hermoso, muéstremela. ¿Quiere que lo haga reir?
Y el padre Fernando Karadima hizo muecas y gestos graciosos. El joven sonrió. El padre besó al muchacho en la mejilla, pero el joven se resistía. El padre Karadima deslizó su mano hasta la entrepierna del muchacho y abrió el cierre del pantalón.
- A ver, ¿qué tenemos por aquí? -el curita respingó la nariz-. Vaya, estuviste haciendo deportes; esto huele fuerte. Pero no importa, a mi favorito le puedo perdonar cualquier cosa.
El padre Karadima masturbó al aspirante a sacerdote suavemente, con la delicadeza que sólo un guía
espiritual sabe usar en situaciones como estas. El muchacho comenzó
a agitarse y los movimientos de mano del padre Fernando se hicieron frenéticos, hasta que finalmente el joven alcanzó el paroxismo
del placer. En ese preciso instante alguien tocó la puerta. Era el padre Juan Barros
- Padre Fernando, ¿está usted ahí?
- Estaba durmiendo una siestecita.
- Han llegado los feligreses, lo esperan en el templo.
- Ya voy, ya voy -gritó el padre, y luego en voz baja se dirigió al muchacho- El tiempo pasa volando cuando hacemos cosas que nos agradan, ¿no es así?
El padre Fernando Karadima se vistió con la sotana y salió rápidamente. Desde la puerta le dijo a su adoptado espiritual
- Espera unos minutos antes de salir.
Con el apuro el padre Fernando olvidó a lavarse las manos.
La iglesia estaba llena. Las personajes más importantes del país abarrotaban el lugar. Divisó en primera fila al presidente de la república, General Pinochet, acompañado por su esposa, a quienes dirigió una sonrisa servil. En una butaca contigua estaba el padre Eulogio Algarracín que intentaba mantenerse despierto. Cerca vio a algunos ministros y Coroneles del ejército. Jaime Guzmán intercambiaba comentarios con Jovino Novoa. El resto era una nube de uniformes, trajes caros y joyas.
Durante la misa, el padre Fernando
habló de la disciplina y el orden, de la fuerza moral de chile,
empujada por sus valerosos dirigentes y aconsejada por la iglesia. Citó a Chile como la luz del mundo. Luego dio la bienvenida
al padre Algarracín, que se despertó desorientado y con una
sonrisa.
Llegó el momento de repartir la
hostia. El primero en pasar fue Pinochet. Cuando se acercó a recibir
el cuerpo de cristo de manos del padre Fernando percibió un aroma
particular. Quizás recordó sus juveniles temporadas en los
cuarteles. Algunas ideas cruzaron efímeramente su abotagado cerebro
que podrían explicaban el retraso del padre. Tragó con desconfiaza y regresó
a su lugar. La esposa del general Pinochet, la esposa del presidente,
sonrió mansamente al recibir la hostia y le dedicó una coqueta
mirada al padre. Éste le devolvió una mirada condescendiente. Jaime Guzmán se persignó y besó las manos del padre. Jovino Novia recibió la hostia con una mirada suplicante y vidriosa.
Todo terminó. Lucía Hiriart se acercó a saludar al padre Algarracín.
- Estamos muy contentos de tenerlo aquí.
No sabe cuánto necesitamos de su experiencia y apoyo para nuestros
jóvenes. Padre Fernando -dijo dirigiéndose a Karadima- este sábado haremos una cena. Quisiera que ustedes nos honraran con su presencia. Asistirán mis hijos
y todos mis nietos. Quiero que usted los conozca.
- Tenga la seguridad que ahí estaré - Respondió alegremente el padre Algarracín.
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