sábado, 21 de marzo de 2015

Dos Hermanas (*)


Cuando Marcela se hubo marchado, Camila se encerró en su cuarto a llorar. La luz fria de mayo se derramaba dentro de la habitación y le daba a su rostro cetrino un aire más melancólico de lo usual

Camila - sola y en silencio - recostada sobre la cama, pensaba en su hermana. Marcela estaba pasando por un momento complicado. Necesitaba dinero. Ella podía conseguírselo, pero tendría que hablar con su marido, y para ello debía prepararse mentalmente. Heriberto era un hombre de negocios difícil. No soportaba a Marcela, la consideraba liberal e irresponsable. Marcela era viuda,  tenía dos hijos que mantenía con trabajos esporádicos y mal pagados. Las cosas no siempre fueron así. Cuando Marcela acababa de quedar sola, Heriberto le ofreció su ayuda y apoyo; la visitaba una o dos veces por semana, jugaba con los niños y bebía una copa. Camila nunca estuvo al tanto de esas visitas; Heriberto cesó de realizarlas repentinamente.
  
Por fin se decidió. Se levantó y miró por la ventana. Heriberto debía llegar de la oficina en cualquier momento; la hora del almuerzo sería la mejor oportunidad para hablar; no había otra alternativa. Llamó a la mujer encargada de las labores de la casa

- ¡Teresa!, ¡Teresa, por dios! - dijo algo irritada. Abrió la puerta de su cuarto y repitió - ¡Teresa! ¿es que no me contesta, santo dios? En esta casa todos hacen lo que quieren - Teresa apareció.
- Dígame - dijo Teresa con toda calma.
- ¿Está todo preparado? - se escuchó el motor de un automóvil - Acaba de llegar Heriberto; ponga pan caliente sobre la mesa, mantequilla y una botella de carmenere tibio
- Sí señora, ya está todo listo – Teresa conocía la dinámica de los dueños de casa.
- No olvide cubrir el pan para que no se enfríe.  

Camila regresó hasta el espejo y cepilló su delgado cabello gris. Pintó sus labios, roció la curva de su delgado cuello con perfume e intentó sonreír. Antes de salir a escena tomó aire y exhaló con fuerza para darse ánimos.
En la sala Heriberto veía las noticias del medio día. Camila pasó a su lado y rozó los cabellos de Heriberto con sus delgados dedos blancos.

- ¿Quieres algo de beber? - preguntó ella.

Heriberto no la miró.

- No.
- Pues yo sí beberé un pisco sour.

Y se dirigió hacia la cocina. Buscó una copa, la llenó y bebió un sorbo. Teresa estaba poniendo unos filetes de salmón sobre la plancha. 

- ¿Con qué va a preparar eso? ¿cuántas veces le he dicho que primero ponga la mantequilla? - Camila solía tutear a Teresa, pero manifestaba su mal humor tratándola de usted
- Había puesto la mantequilla, señora – respondió Teresa, sin mirarla ni inmutarse.

Regresó a la sala. Heriberto hablaba por teléfono.

- No le dimos tiempo para reaccionar; ni siquiera nos vió venir el huevón... jajaja... así es, estaré... estaré toda la tarde... pierde cuidado, tenemos las facturas al día. Nos vemos luego – y colgó.
- Tengo que pedirte algo -
- ¿Está servido el almuerzo? Quiero dormir unos minutos antes de regresar a la oficina
- Ordenaré a Teresa que sirva.

Una vez en la mesa ella comenzó

- Estoy tan angustiada. Me preocupa tanto el futuro esos niños. Mis sobrinos - puntializó -. Y Marcela que no acaba de estabilizarse.
- Ahá
- Carlitos está entusiasmado con la idea de ingresar a la escuela de oficiales.
- ¡Teresa! - llamó Heriberto. Teresa se asomó al comedor – Este vino está frío ¿puede chambrearlo a veinticinco grados, por favor? - Teresa desapareció llevándose la botella.
- Siempre le ha gustado el ejército a ese muchacho – Continuó Camila.
- ¿Llegó Marcelo?
- No, aun no. Él come en su habitación; si es que come.
- Detesto que haga eso; en esta casa deben observarse las costumbres familiares.
- ¿Qué tal estuvieron las cosas en la oficina hoy?

Heriberto la observó con suspicacia.

- ¿Y tú, por qué estás tan arreglada?

Camila intentó sonreir, pero todo lo que pudo ofrecer fue un resignado suspiro.

- Quiero... quiero pedirte un favor. Quiero que me prestes cinco millones para pagar los gastos de Carlitos. Yo te los devolveré; buscaré el modo de hacerlo, trabajaré, venderé algunas joyas. Tengo unos vestidos que ya ni uso; yo...
- ¿Trabajar tú? No me hagas reír, si no sabes hervir un huevo ¿Y tu hermana no puede trabajar?
- Heriberto, son cinco millones de pesos ¿cómo quieres que los consiga?
- ¿Y todos esos "amiguitos" que tenía? Claro, ellos la querían para una cosa, pero cuando necesita ayuda recurre al santo huevón, ¿verdad?
- Heriberto, por favor... te los devolveré.
- ¿Cómo me los vas a devolver? ¿Vendiendo tus trapos viejos? ¿O vas a salir a buscar hombres igual que tu hermana? Las dos hermanitas harían buena fama acá en Concepción, ahora que están de moda las viejas. Y a mí qué me importa ese mocoso de mierda; si no tiene para pagar la escuela que trabaje. Mucha gente joven trabaja y estudia, la vida es difícil, no le vendría mal una buena lección sobre cómo funciona el mundo... y por lo demás, qué más puede desear el hijo de esa...

Camila se levantó antes de que Heriberto terminara la frase. Huyó hacia su dormitorio y se encerró. Sabía que allí él no la molestaría; al menos no de día. Se durmió.
Teresa regresó al comedor con el vino chambreado y sirvió sólo una copa. Heriberto bebió dos sorbos y continuó comiendo taimadamente. 

A media tarde recibió un mensaje por celular. Era Heriberto. Se había marchado y le escribía desde la oficina.

Te informo que dejé un cheque sobre mi escritorio a nombre de tu hermana. Puede cobrarlo a partir de este momento. No lo hago por ella, sino por el futuro de ese joven. Espero que valores y agradezcas lo que hago por personas a quienes no les soy agradable. Regreso tarde esta noche.

Solían resolver sus conflictos con mensajes telefónicos. Camila sólo respondió.

Valoro lo que haces. Muchas gracias.

Se dirigió al escritorio y encontró el cheque. Todo estaba en orden. Regresó a su cuarto, se recostó sobre la cama y se sumió en meditaciones. Estaba quieta, pero algo se revolvía dentro de ella.
Teresa la interrumpió con dos suaves golpes en la puerta.

- ¿Ocurre algo?
- Acaba de llegar su hermana
- Dile que la espero acá.

Cuando Marcela entró en la habitación, Camila tenía el cheque envuelto en un pañuelo. Marcela notó que había estado llorando.

- ¿Cómo te fue? - preguntó Camila - ¿Pudiste entrevistarte con alguien?

Marcela negó con la cabeza.

- Me dicen siempre lo mismo, que con mi sueldo no puedo acceder al crédito.
- ¡Por favor, Marcela, no lo rechaces! - dijo repentinamente Camila, sacando el cheque del pañuelo y comenzando a llorar.

Marcela comprendió inmediatamente de qué se trataba. Se inclinó para besar las manos de su hermana.

- Es para Carlitos, para el uniforme y todos los gastos... de mi parte.

Ambas se abrazaron y lloraron copiosamente. Lloraban por el estrecho sentimiento de amistad que las unía, por tener corazón, por verse obligadas, como hermanas, a ocuparse de una cosa tan mezquina como el dinero. Lloraban también por la vida y por la juventud perdida. Pero tanto para Marcela como para Camila ese  abrazo y esas lágrimas eran un bálsamo que les refrescaba el alma.

(*) Este cuento es una réplica deformada, o una re-interpretación, del capítulo XIV, tomo 1, de la novela Guerra y Paz de León Tolstoi.

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