Todos los domingos la abuela me ordenaba limpiar tres tazas de porotos. Ella compraba varios kilos a granel. Traían las piedrecillas, trozos de barro y tallos secos. Tenía que escoger los granos de dos en dos, y depositarlos en una fuente con agua para dejarlos en remojo durante la noche. No podía irme a la cama si no limpiaba antes los porotos. Todos los domingos por la noche; después de regresar de la iglesia.
Yo no sé si creía en dios. Creo que le tenía miedo. La tía Ester se vino a vivir con nosotros y trajo consigo a sus dos hijos, Jacob y Abraham. La tía Ester hablaba de los personajes bíblicos como si fueran de una telenovela. Por las mañanas se retrasaba el desayuno. Se quedaban encerradas con la abuela en el cuarto rezando, bendiciendo el aire, de rodillas al borde de la cama. Dormían juntas. Yo compartía cama con Jacob; Abraham dormía en la cama del tío Herman, que era alcohólico y llegaba de madrugada a ocupar su catre, entonces Abraham se metía en la cama con nosotros y dormíamos los tres, hasta que los ronquidos del tío Herman y su olor de pies nos despertaban por completo. Esos pies olían a pescado podrido. El resto del día lo pasaba vendiendo golosinas o trabajando en autobuses, mientras la abuela y la tía seguían leyendo la biblia y bendiciendo el aire y las moscas.
Así transcurrió mi adolescencia hasta que cumplí dieciocho y me enrolé en el ejército. Durante dos años alterné entre los regimientos de Coyhaique, Traiguén y Concepción. Tenía una cama donde dormía solo y ropa para el invierno, y sólo tuve que aprender a disparar, limpiar baños, marchar, seguir órdenes y realizar turnos de guardia nocturna.
Por mi buena pinta me llevaban a eventos para trabajar de garzón. A las señoras de clubes y los caballeros de logias les encanta ser atendidos por un tipo alto y rubio.
- Schermann - me decían - ¿te quieres ganar unas estrellas?
Por mi buena pinta me llevaban a eventos para trabajar de garzón. A las señoras de clubes y los caballeros de logias les encanta ser atendidos por un tipo alto y rubio.
- Schermann - me decían - ¿te quieres ganar unas estrellas?
Escupía las botas para sacarles brillo, el teniente Palacios me rociaba con perfume y me prestaba gomina para fijarme el cabello. Esas reuniones se llenaban de mujeres hermosas. Se sentaban alrededor de las mesas a conversar; yo me acercaba y retiraba un plato, llenaba una copa con vino o servía el café, intentando no perderme lo que decían. Pertenecían a un club de damas y se encargaban de ayudar a los menesterosos. Hablaban de cualquier cosa, incluso de Cecilia Bolocco.
- Da lo mismo si es joven o viejo, lo
importante es lo que diga el corazón.
- En cambio la hermana es tan distinta.
- Ambas son estupendas y distinguidas.
- Digan lo que digan es una dama.
- Es que las italianas son todas así:
elegantes y alegres.
- Pensé que los Bolocco eran polacos;
no sé por qué tenía esa impresión.
- Son italianos. El abuelo emigró
desde Italia en los años veinte.
- Pero la madre es francesa. También
es estupenda.
- Dicen que la mejor combinación es la
alemana con la francesa.
- Eso es combinar eficiencia en el
trabajo con buen gusto y delicadeza
- A propósito de trabajo, la última
intervención resultó bastante satisfactoria
- Lo siento, no pude ir. María Ignacia
tenía su fiesta de kermesse.
- Tanta mujer sin diente, por dios,
pero se ven tan felices.
- A mí me impresionó verlas sonreír
y abrir sus bocas vacías, ¡Valor!
- ¡Y con tanta soltura!
Tanto la abuela como la tía Ester no tenían dientes deltanteros. Pero ni los oficiales ni las damas lo sospechaban. Sus maridos bebían whisky en un rincón con los capitanes. Uno de ellos me ofreció una copa, lo rechacé muy cortésmente, como me habían indicado, y el hombre me ofreció un cigarrillo.
Más tarde lo vi tan borracho que no podía conducir. El teniente Palacios se me acercó
- Schermann - él también estaba pasado de copas - ¿sabes conducir?
- Pero no tengo licencia
- Lleva a este caballero hasta su casa. Si te detienen les dices que vas de parte del regimiento guía y les das el teléfono de mi oficina.
Yo no tenía ningún teléfono de su oficina. Conduje por las calles de Concepción y lo llevé hasta su casa. Ellos entraron y me quedé en la puerta con las llaves del automóvil en la mano. Pasaron diez o quince minutos hasta que apareció la mujer. Me miró sorprendida. Le ofrecí las llaves y cerró la puerta. Tuve que caminar hasta el regimiento. Eran como la una de la madrugada.
Al día siguiente me dicen que tengo una llamada telefónica. ¿Quién me iba a llamar a mí? En Lota no habían teléfonos. Tomé el auricular y oí la voz de un hombre. Se presentó como Remigio Amunátegui; era la persona que había conducido hasta su casa la noche anterior. Llamaba para agradecerme y para ofrecerme trabajo. Se trataba de pintar una habitación. Acepté y el sábado me dirigí hasta tu casa.
Don Remigio era dueño de una tienda que importaba ropa desde Europa. La única tienda de Concepción a fines de los setenta. Pinté la habitación, la semana siguiente ordené una bodega y después arreglé el jardín. No me pagaba muy bien, pero me transformé en una especie de empleado de confianza.
Una tarde me llevó a su tienda. Paseamos por las oficinas; los empleados me observaban como si yo fuera parte de la familia Amunátegui. Don Remigio me dijo
Una tarde me llevó a su tienda. Paseamos por las oficinas; los empleados me observaban como si yo fuera parte de la familia Amunátegui. Don Remigio me dijo
- Al penquista le gusta aparentar, ¿viste a esas mujeres de la fiesta? Todas se creen europeas, y son más chilenas que los porotos con rienda. Les gusta vestir a la moda estrafalaria de Italia o París, pero no siempre tienen cómo pagar, entonces ahí es donde entro yo: les doy crédito.
Había ideado un sistema crediticio en
su tienda que, al mismo tiempo, servía para comprar en una farmacia y
en un supermercado de su familia.
- La idea es que todo se reduzca a una sola deuda, ¿comprendes?
Yo no comprendía cómo funcionaba el sistema, pero entendí que era importante lo que me estaba diciendo.
- ¿Qué estudios tienes tú? - me preguntó
- No muchos - era la primera vez que me avergonzaba por no tener estudios.
- ¿Sabes algo de balances o contabilidad?
- No
- Tengo algunos conocidos; haré unas llamadas y veremos.
Así ocurrió. Al finalizar mi temporada en el ejército viajé a Santiago y me presenté en las oficinas de Fincard. Me contrataron de factótum. Trabajaba de día y por las noches estudiaba. Terminé la enseñanza media en tres años y luego ingresé a Inacap a estudiar contabilidad. Había prometido a don Remigio regresar a penas finalizara mis estudios, pero Fincard me ofreció un puesto de ejecutivo de cuentas. Tenía que vender tarjetas de crédito a los clientes del banco.
Al cabo de dos años tenía una no poco ignorable cartera de clientes. Me ascendieron a gerente de cuentas. Ofrecí llevar la tarjeta a regiones y me trasladé a Concepción. Con quien primero me entrevisté fue con don Remigio que, en cuanto me vio, me dirigió una sonrisa amable y tímida.
- Vaya, hombre, sí que has cambiado.
- Don Remigio, me alegro mucho de verlo tan bien.
- ¿Necesitas trabajo? - Me preguntó, y luego me confesó en voz baja - Las cosas no están muy bien por acá; ya sabes que con la crisis.
- Vengo a ofrecerle un negocio con el banco.
Le propuse abrirse al crédito, de modo que sus clientes pagaran con la tarjeta bancaria, él recibiría el dinero al contado y el banco se quedaría con el interés.
- Así que de eso se trata todo esto.
- El crédito bancario es el motor que puede mantener en buen estado el consumo en esta época de crisis, don Remigio. La gente no tiene dinero, pero sí puede endeudarse.
- No. Agradezco tu ofrecimiento, pero no.
- Piénselo bien don Remigio. Este es un proceso irreversible. En Santiago las tiendas ya están trabajando con el dinero plástico, una vez que nos instalemos acá, esas tiendas vendrán a hacerle competencia. Ellos también importan ropa y electrodomésticos.
- Pero desde China.
- Al chileno le importa poder comprar, no le interesa de dónde provienen los artículos que necesita.
- Eso será en Santiago, pero acá es distinto; el penquista es distinguido, tiene buen gusto, prefiere calidad. Sabe lo que quiere - sentenció.
Convencí a dueños de farmacias y supermercados y en poco tiempo pudimos entrar en Concepción. Dos años después se abría la primera multitienda en la ciudad. Me anoté varios puntos en mi currículum. El dinero me mojó como una lluvia torrencial, y con el éxito económico llegaron las mujeres. Por fin podía relacionarme con personas de la clase alta, con chicas ABC1. Los padres me recibían y me presentaban a sus hijas como si yo fuera un ministro. Acudí a sus cumpleaños, a sus reuniones familiares, a sus almuerzos, a sus cenas en los mejores clubes de Concepción. La gente "bien" me admiraba y yo me hice parte de ellos.
Llegó un momento en que pensé en invertir para crecer más. Bien dice el adagio: la ambición es una bolsa que no se llena con nada.
Había observado que Fincard renegociaba los créditos con otros bancos: vendían deudas. Así que puse mi dinero en el banco de Talca, por recomendación de uno de los gerentes, y me dediqué a comprar sus deudas. Tal como suena - así de disparatado - compré las deudas ajenas y las revendí. Esto es tan simple como la compra-venta de chatarras: compras un auto viejo, lo desarmas y vendes cada una de sus partes a un precio mayor. Invertí todos mis ahorros en ello. Lo crean o no, el negocio especulativo da generosas ganancias y ganar dinero es una droga muy adictiva, mejor que la cocaína, mejor que el sexo. Aunque por cierto, si ganas dinero y te metes dos líneas y te echas un polvo con la hija cuica de un ganadero de Valdivia, sientes que vas caminando sobre las nubes. El dinero abre puertas y piernas.
¿Qué creen? El banco de Talca era gerenciado por Sebastián Piñera. Este chico listo había creado un enjambre de empresas ficticias a las que les prestaba dinero, luego vendía las deudas al mismo banco y después el banco vendía esas deudas a las moscas especuladoras que rondábamos el basural. De este modo hizo crecer los activos del banco y lo quiso vender a buen precio, pero cuando las entidades financieras extranjeras se interesaron en la compra, enviaron a sus contadores a revisar las cuentas reales del banco: y explotó la podredumbre. A Piñera lo declararon reo. Huyó del país con un maletín lleno de plata; su hermano, el ministro del Trabajo, tuvo que interceder ante la justicia para exonerarlo de ir a la cárcel, y el resto de nosotros quedamos en la más completa ruina. Lo perdí todo, así es. Quedé en pelotas: con una mano me tapaba el culo y con la otra me cubría las bolas.
Y eso fue todo. La onda expansiva de esa bomba no solamente me dejó sin dinero, sino que además marcó mi imagen. En Concepción las grandes familias me cerraron sus puertas; era comprensible, nadie quiere verse involucrado con un especulador pobre.
Tuve que regresar a Lota, donde todo había comenzado, a casa de la abuela, muerta un par de años antes. Me cedieron una habitación del tamaño de una mesa. Puse mi colchón en el suelo y usé una caja de cartón como cortina. Tenía veitiocho años; había vivido un poco, había nadado en el océano del mundo y la marea del mundo me había devuelto a la playa. Donde fuera que mirara habían crisis: crisis económicas, crisis políticas, crisis existenciales. Así que hice lo que todo ser humano hace en momentos de crisis: me volví evangélico.
En la iglesia Pentecostal, donde me llevaba la abuela, me recibieron con los brazos abiertos. Acudía todos los días a las cadenas de oración, a las reuniones de jóvenes, visitaba enfermos en los hospitales, a los ancianos en sus cuartos oscuros. Cantaba los himnos con el corazón en la garganta; por la mañana encendía el televisor y veía "El Club 700", escuchaba las predicaciones de Jimmy Swaggart, ponía mis palmas sobre la pantalla y rezaba con él. Así pasaron rápidamente dos años, sin trabajo, limpiando dos tazas de porotos los domingos por las noches, recibiendo asistencia de la iglesia, sumergido en las profundidades de la subjetividad religiosa.
De pronto la empresa carbonífera - ENACAR - cerró. A los mineros les prometieron reconvertirlos en miniempresarios. Les entregaron dinero para sus emprendimientos, pero los mineros no sabían qué hacer con una cantidad tan exigua. Pedían crétidos, pero no se los otorgaban. Querían invertirlo, pero no sabían cómo. Y ahí estaba yo, otra vez en una encrucijada. Tenía conocimientos en inversiones y al mismo tiempo conocía la mentalidad religiosa de la comunidad lotina. Podía hacer algo por ellos; tenía que ayudarlos. Así que sinteticé todo lo que sabía en una empresa... pero esto es algo de lo que les conversaré en el próximo capítulo.
Le propuse abrirse al crédito, de modo que sus clientes pagaran con la tarjeta bancaria, él recibiría el dinero al contado y el banco se quedaría con el interés.
- Así que de eso se trata todo esto.
- El crédito bancario es el motor que puede mantener en buen estado el consumo en esta época de crisis, don Remigio. La gente no tiene dinero, pero sí puede endeudarse.
- No. Agradezco tu ofrecimiento, pero no.
- Piénselo bien don Remigio. Este es un proceso irreversible. En Santiago las tiendas ya están trabajando con el dinero plástico, una vez que nos instalemos acá, esas tiendas vendrán a hacerle competencia. Ellos también importan ropa y electrodomésticos.
- Pero desde China.
- Al chileno le importa poder comprar, no le interesa de dónde provienen los artículos que necesita.
- Eso será en Santiago, pero acá es distinto; el penquista es distinguido, tiene buen gusto, prefiere calidad. Sabe lo que quiere - sentenció.
Convencí a dueños de farmacias y supermercados y en poco tiempo pudimos entrar en Concepción. Dos años después se abría la primera multitienda en la ciudad. Me anoté varios puntos en mi currículum. El dinero me mojó como una lluvia torrencial, y con el éxito económico llegaron las mujeres. Por fin podía relacionarme con personas de la clase alta, con chicas ABC1. Los padres me recibían y me presentaban a sus hijas como si yo fuera un ministro. Acudí a sus cumpleaños, a sus reuniones familiares, a sus almuerzos, a sus cenas en los mejores clubes de Concepción. La gente "bien" me admiraba y yo me hice parte de ellos.
Llegó un momento en que pensé en invertir para crecer más. Bien dice el adagio: la ambición es una bolsa que no se llena con nada.
Había observado que Fincard renegociaba los créditos con otros bancos: vendían deudas. Así que puse mi dinero en el banco de Talca, por recomendación de uno de los gerentes, y me dediqué a comprar sus deudas. Tal como suena - así de disparatado - compré las deudas ajenas y las revendí. Esto es tan simple como la compra-venta de chatarras: compras un auto viejo, lo desarmas y vendes cada una de sus partes a un precio mayor. Invertí todos mis ahorros en ello. Lo crean o no, el negocio especulativo da generosas ganancias y ganar dinero es una droga muy adictiva, mejor que la cocaína, mejor que el sexo. Aunque por cierto, si ganas dinero y te metes dos líneas y te echas un polvo con la hija cuica de un ganadero de Valdivia, sientes que vas caminando sobre las nubes. El dinero abre puertas y piernas.
¿Qué creen? El banco de Talca era gerenciado por Sebastián Piñera. Este chico listo había creado un enjambre de empresas ficticias a las que les prestaba dinero, luego vendía las deudas al mismo banco y después el banco vendía esas deudas a las moscas especuladoras que rondábamos el basural. De este modo hizo crecer los activos del banco y lo quiso vender a buen precio, pero cuando las entidades financieras extranjeras se interesaron en la compra, enviaron a sus contadores a revisar las cuentas reales del banco: y explotó la podredumbre. A Piñera lo declararon reo. Huyó del país con un maletín lleno de plata; su hermano, el ministro del Trabajo, tuvo que interceder ante la justicia para exonerarlo de ir a la cárcel, y el resto de nosotros quedamos en la más completa ruina. Lo perdí todo, así es. Quedé en pelotas: con una mano me tapaba el culo y con la otra me cubría las bolas.
Y eso fue todo. La onda expansiva de esa bomba no solamente me dejó sin dinero, sino que además marcó mi imagen. En Concepción las grandes familias me cerraron sus puertas; era comprensible, nadie quiere verse involucrado con un especulador pobre.
Tuve que regresar a Lota, donde todo había comenzado, a casa de la abuela, muerta un par de años antes. Me cedieron una habitación del tamaño de una mesa. Puse mi colchón en el suelo y usé una caja de cartón como cortina. Tenía veitiocho años; había vivido un poco, había nadado en el océano del mundo y la marea del mundo me había devuelto a la playa. Donde fuera que mirara habían crisis: crisis económicas, crisis políticas, crisis existenciales. Así que hice lo que todo ser humano hace en momentos de crisis: me volví evangélico.
En la iglesia Pentecostal, donde me llevaba la abuela, me recibieron con los brazos abiertos. Acudía todos los días a las cadenas de oración, a las reuniones de jóvenes, visitaba enfermos en los hospitales, a los ancianos en sus cuartos oscuros. Cantaba los himnos con el corazón en la garganta; por la mañana encendía el televisor y veía "El Club 700", escuchaba las predicaciones de Jimmy Swaggart, ponía mis palmas sobre la pantalla y rezaba con él. Así pasaron rápidamente dos años, sin trabajo, limpiando dos tazas de porotos los domingos por las noches, recibiendo asistencia de la iglesia, sumergido en las profundidades de la subjetividad religiosa.
De pronto la empresa carbonífera - ENACAR - cerró. A los mineros les prometieron reconvertirlos en miniempresarios. Les entregaron dinero para sus emprendimientos, pero los mineros no sabían qué hacer con una cantidad tan exigua. Pedían crétidos, pero no se los otorgaban. Querían invertirlo, pero no sabían cómo. Y ahí estaba yo, otra vez en una encrucijada. Tenía conocimientos en inversiones y al mismo tiempo conocía la mentalidad religiosa de la comunidad lotina. Podía hacer algo por ellos; tenía que ayudarlos. Así que sinteticé todo lo que sabía en una empresa... pero esto es algo de lo que les conversaré en el próximo capítulo.
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