Me derrumbé en la cama como un árbol. Había almorzado charquicán de pescada seca y humedecido el paladar con una botella de merlot. Era viernes por la tarde. A eso de las cinco recibo una llamada.
- Te acabo de enviar por correo el mapa del lugar
- Ya - respondió mi piloto automático interno
- No olvides que debes estar acá a las siete y media
- Siete y media - balbucié mecánicamente - ¿a do... a dónde?
- ¿estás bien? Te oyes como si estuvieras enfermo
Silencio. Desde el fondo de mi consciencia traté de empujar algo de lucidez a mis palabras. Respiré varias veces intentando recordar de qué trataba la película. Al fin reconocí la voz del personaje; era Pedro Aldunate. Una oleada de mal humor se me vino a la garganta
- Estoy bien. Estaba durmiendo. ¿Repite lo que acabas de decir?
Lo repitió humildemente, pero sólo retuve "siete y media".
Terminó la llamada. Di media vuelta y seguí durmiendo. Pero el bicho de la lucidez se estaba retorciendo dentro de mi cabeza. Los recuerdos comenzaron a llegar gota a gota. Me incorporé y miré la hora. Eran las cinco y veinticinco. Entré al baño a mear, me senté en el váter y esperé a que sucediera. Aun no tenía las ideas claras, estaba medio aturdido por el sueño y el alcohol. Observé los dedos de mis pies y se me cerraron los ojos nuevamente. Meé sentado. Luego, me puse de pie y me miré en el espejo. Un rostro desencajado, horrible. Picasso no hubiera requerido mucha imaginación para retratarme. Abrí la boca y bostecé como un hipopótamo; tenía los dientes amarillos. Entonces recordé todo. Iba a participar en un debate aquella tarde, en una escuela rural en la comuna de Rafael donde Pedro Aldunate era encargado de educación.
¡Rafael! ¿Dónde chucha queda Rafael?
Me cepillé los dientes mientras pensaba qué debía vestir para un debate. Iba a defender el "Paradigma Científico"; ¿debía parecer formal, casual o sexy? Casi no tenía ropa limpia. Quizás representar a un tipo desaliñado, demasiado ocupado en pensamientos elevados como para preocuparse de su apariencia. Escupí la espuma con una enorme risotada y dejé ese problema para después de la ducha.
Al salir del baño me sentía un poco más fresco, aunque todavía estaba medio borracho. Escogí una camisa negra, corbata amarilla y un pantalón de gabardina beige, pero no tenía calzoncillos limpios. Busqué en el canasto y elegí el que parecía menos sucio.
Me desplazaba por la habitación completamente desnudo; cada vez que pasaba frente al espejo veía la masa blanca y peluda que era mi cuerpo. Tenía tetas velludas como una mujer mono. Parecía una Eva antes de la evolución, y yo debía defender el paradigma científico.
- ¡¿Cómo mierda me metí en esta mierda?! - exclamé.
Yo sé que no suena muy elocuente; para ser sincero soy bastante malo con las palabras. Días atrás le había dicho a Pedro Aldunate
- ¡¿Cómo mierda me metí en esta mierda?! - exclamé.
Yo sé que no suena muy elocuente; para ser sincero soy bastante malo con las palabras. Días atrás le había dicho a Pedro Aldunate
- No me siento capaz de
defender a la ciencia en un debate; si quieres te pongo en contacto
con amigos, doctores, científicos, gente que realmente cree en todo ese rollo; yo no creo en la ciencia, ni en la religión, es decir, creo un poco en ambas, no más de lo
necesario, o sea, cuando me es útil creo en la espititualidad o en la ciencia, pero
¿defenderlas?, ¿por qué debatir
sobre un tema tan añejo y frío? Y en una de esas dios existe. Me da lo mismo. ¿A quién le importa todo ese cuento?
- Excelente idea, te puedo presentar como un escéptico, un apátrida desencantado de la ciencia.
- ¿Escéptico? No huevees. Soy un fracasado al que no le interesa nada.
- Tendrás mucha libertad;
no hay problema con que el tema se abra y fluya libremente, la idea
es debatir, no importa que vaya a la deriva.
Se le había metido en la cabeza que yo era el tipo ideal ¿o se estaba burlando de mí?
El otro tipo, mi
contendor, era profesor de religión. Se la pasaba leyendo revistas y
libros cristianos. Se declaraba antievolucionista y
estaba empeñado en abrir un taller de biología creacionista en el
liceo. De hecho, estaba a cargo de la
revista “renacer cristiano”, donde participaban estudiantes
a los que él llamaba “Pablitos”, por ese
Pablo de Tarso que escribió sobre Jesús a los romanos y toda esa historia bíblica. O sea, era un fanático, un convencido.
Mientras tanto me puse el calzoncillo menos sucio y me sentí completamente decadente.
Pedro Aldunate me había dicho
- El propósito del debate
es enseñar a los estudiantes a confrontar ideas que pueden ser
diametralmente opuestas. Todo el mundo sabe que lo más
opuesto a la religión es la ciencia.
- ¿Quiénes asistirán al debate?
- Apoderados, estudiantes, profesores y público en general.
Apretón de estómago. Terminé de vestirme y llené una petaca con whisky. Corté unas líneas de coca y me metí una en el cuerpo. Hubiera necesitado una chupilca, como mi mamá. Mi madre era dueña de una cantina en Lota que se llamaba "Tu madre la loca"; le había puesto ese nombre porque mis tías - sus hermanas - cuando niño me preguntaban "¿cómo está tu madre la loca?", sólo porque mi madre no asistía a ninguna iglesia evangélica y se las arreglaba sola, sin marido, de manera bastante independiente. Bueno, entonces mi madre, cada mañana, desayunaba una chupilca, un cigarrillo y dos líneas de coca, y funcionaba bastante bien durante todo el día, y si a ella la chupilca y la coca le venían bien, por qué a mí no. Pero no tenía vino ni harina tostada en casa.
Me estaba anudando la corbata y el teléfono sonó. Contesté. Era Claudia. Llevábamos un par de años juntos. Vivíamos
independientemente, nos veíamos un par de veces por semana, pero nos
llamábamos a diario. Naturalmente ella estaba al tanto de mi
participación en el debate.
- ¿cómo estás, precioso? ¿estás listo ya? ¿qué ropa te pusiste?
- Olvídate de la corbata. Te desabrochas un poco la camisa y remangas los puños. Ponte los mocasines negros (yo iba con zapatos marrón), la chaqueta beige de cotelé, y no olvides llegar con un par de libros bajo el brazo.
- ¿Libros?
- Claro. Apabullas a tu contrincante si piensa que eres un hombre de letras y además causas buena impresión.
- No tengo ánimos de
ir a esta huevá; me parece una pérdida de tiempo.
- Pero si a tí te gusta debatir; te encanta contraponer ideas.
- Me gusta conversar.
- Conversar, convencer... no estés nervioso; anda y disfrútalo.
- No estoy nervioso.
- Conduce con cuidado. Nos vemos más tarde. Te quiero. Besitos.
Me animé. Seguí sus consejos. Me puse la chaqueta, dejé la corbata y tomé un par de libros. Ni siquiera me importó olvidar la petaca con whisky. Conduje con todo el cuidado que pude. La ciencia, la religión o la política importaban una mierda. Quería regresar vivo. Esa noche nos meteríamos en su cama, le contaría cómo me fue en el debate y la haría reir con mis estupideces. ¿Quién quiere ser escéptico así?
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