sábado, 26 de septiembre de 2015

La Venganza de Bosch

La mujer desdobló la carta y leyó.

Me voy. 
Estoy harta de vivir  a la sombra de un farsante. 
¿Qué? ¿nunca te lo habían dicho? 
Eres un farsante y un marica impotente. Estoy segura que ya lo sabes.
Me voy con Carlos porque al menos él sabe hacer algo: hacerme feliz. 
¿sabes lo que es eso? 

Te dejo tus estupideces, pero las joyas son mias; me las gané.
No me busques. 
NO INTENTES buscarme.
Si realmente tienes bolas no me buscarás.

- Seis meses después la encontraron muerta a la muy puta, jojojo -comentó Bosch jocosamente
- ¿Te divierte? ¿Qué edad tenía?
- Veintipocos, aunque ya era una zorra vieja.
- ¿No la extrañaste? ¿nunca lamentaste que se fuera?
- ¡Bah! Fue lo mejor que me pudo pasar. Gracias a eso conocí a este sabio demonio -señaló una botella de whisky-. Un tipo tranquilo y conversador; es mi mejor amigo.

Levantó una copa y bebió.

- Bueno. ¿para qué me hiciste venir? -preguntó la mujer- ¿Necesitabas testigos para recordar tu pasado?
- Una vez estuve bajando una botella tras otra de Jack Daniel's durante un mes... era una vieja zorra, pero la quise, sabes, la quise mucho, y siempre la deseé... me enloquecía en la cama. Me enardecía. Ella decía que no le calentaba mi cuerpo sino mi cerebro. Le gustaba mi intelecto y mi...
- Ya. Fascinante. Dime, ¿de qué se trata?
- Él huyó hacia el sur. La abandonó en Puerto Montt y huyó hacia Punta Arenas. Era un buen amigo, sabes. Nunca sospeché nada. Lo conocí en la escuela de investigaciones. Yo los presenté. De algún modo me siento el padrino de esa relación -sonrió. 
- Creo que has bebido demasiado.
- Sí. Los presenté y los empujé para que huyeran. Soy el autor intelectual de ese delito.

Bosch dejó una fotografía sobre la mesa

- ¿Lo reconoces?

La mujer dio una bocanada a su cigarrillo y lo depositó en el cenicero

- A simple vista, no ¿Quién es? ¿tu padre?
- No, el espíritu Santo.
- ¿Y le gustan las fotografías de perfil?
- Sí, para subirlas a su facebook.
- ¡Maldita vanidad!

Tomó la fotografía y la observó más detenidamente. 

- Ese bigote me molesta
- ¿Cuándo?

Ella sonrió.

- ¿Así resuelves tus casos?
- Sólo cuando estoy borracho.
- ¿Y qué otras cosas haces borracho?
- Conducir a 150 km/h
- No me gusta la velocidad.

Bosch sonrió y bebió lo que le quedaba en la copa de un sorbo. Ella comentó

- Definitivamente el bigote me molesta.
- Se la tomamos hace dos meses.
- ¿Se la tomamos?
- Nada personal. Asuntos internos lo investiga por defraudar al fisco y aportar a una campaña política.
- ¡Mierda! ¿Y de la vieja escuela?
- No te pongas sexy tan pronto. Dejó la institución hace años, pero tiene buenos contactos, así que no ha sido tarea fácil. Está muy protegido.
- ¿Dentro o fuera?
- En todas partes.
- ¿Y tu ex qué?
- Por eso te llamé. No quiero que digan que se trata de venganza.

Ella lo observó y reflexionó unos instantes.

-¿Por qué te dijo que eras impotente?

No pasaron toda la noche juntos.
Por la mañana Bosch se sentía satisfecho. Había hecho el amor con una mujer madura y hermosa; y era sábado. Le gustaba el sexo maduro. Con Isabel -su ex- todo era intenso y preciso, pero demasiado rápido. Lo enloquecía el aroma de Isabel, su piel, su risa y su voz, pero después de cada acto quedaba con la insatisfacción de algo inacabado, un vacío. En cambio, la torpeza de Melissa en las artes amatorias proveía la profundidad sexual que necesitaba. 

Pasó revista a sus pensamientos. Carlos había huido con Isabel; se apropió de sus joyas, de su cuenta corriente, la dejó en Puerto Montt y viajó con la excusa de establecerse en Punta Arenas y regresar por ella. Nunca lo hizo. Isabel no pudo soportarlo, enloqueció y se pegó un tiro. Hasta ahí era la historia de un trio amoroso. Pero Carlos tenía ambiciones. En Punta Arenas administró un bar para militares; ese fue su salto saltó a la fama. Transportaba cocaína y marihuana para oficiales y políticos en aviones del ejército. Manejó una red de prostitución por la llamada confraternidad chileno-argentina. El gobierno regional hizo la vista gorda. Aquello no era delincuencia; era el espacio ocupado por un emprendedor del entretenimiento. Le decían "charlo" porque además cantaba tangos.

La red de narcotráfico creció y "charlo" quiso expandir su esfera. Propuso a algunos generales importar la coca directamente desde Perú. Para ello se organizó un vuelo no registrado por la dirección de aeronáutica. Hacía dos viajes semanales entre Arica a Punta Arenas por la costa. Le llamaban con el nombre clave "la abeja", porque traía saquitos miel en las patas. Pero no era el narcotráfico ni el fraude al fisco lo que lo tenía acabado. Se había metido con las hijas de los generales. Entonces se lo cargaron por secretaría. Desbarataron la red de narco, las putas, el bar y salieron a la luz los fraudes para financiar campañas regionales de alcaldes y senadores. 

Bosch no estaba interesado en ese aspecto del asunto. La justicia haría lo necesario, cuando lo encontraran. El capitán Bosch quería saber quién más estaba involucrado dentro de la institución, en investigaciones. Estaba seguro que peces gordos estarían sacudiéndose mientras colgaban de las aletas.

Recibió una llamada, era Melissa

- ¿Entonces? Aun no respondes mi pregunta -comenzó ella.
- Preparé café
- ¿Por qué te dijo que eras impotente?

Bosch guardó silencio.

- Si no te gusta el café puedo prepararte una infusión de hierbas.
- ¿Agua de boldo?
- O pata de vaca. ¿Sabías que la hoja de la pata de vaca parece una vagina?
- Francamente no sé si pueda con esto; estoy llena de cosas y...
- Hazlo por la institución -bromeó Bosch
- Creo que tomaré agua de boldo con cedrón, ¿tienes frutas?
- Acá te espero.

Colgó y fue a tomar una ducha.

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