sábado, 26 de septiembre de 2015

La Merca


    Encendí la luz de la habitación. Los zancudos me observaban silenciosos; se habían dado un festín durante la noche y reposaban satisfechos en las paredes. Tenía ronchas en los brazos, en piernas y en el cuello. Aplasté otro y dejé una mancha roja. La pared estaba salpicada de manchas de sangre como una tela de arte moderno. 

    Me levanté a beber un poco de agua. Era lo único fresco en esa casa. Sabía que la hepatitis era un riesgo, pero la sed era más fuerte que el miedo.
La merca estaba sobre la mesa. Cien kilos. El dinero dentro de mis zapatos. Eran las cinco treinta de la mañana; ya estaba amaneciendo. Afuera los papagayos parloteaban su discurso matutino. Tendría que atravesar la ciudad con la merca encima.

Dije en voz alta

- Francisca, Francisca...

Como un conjuro para espantar la mala suerte. Dos días atrás nos habíamos despedido. Se levantó de mala gana y se puso mi suéter verde. Fue lo primero que encontró. No llevaba nada debajo. Me acompañó hasta el umbral de la puerta. La rodeé por la cintura y la besé en la frente. Estaba adormecida y me miró con ojos entrecerrados; nos besamos en la boca y sentí su aliento pesado del amanecer. Balbució

- ¿Cuántas mudas llevas?
- Cuatro
- ¿desodorante, tu cepillo?
- Sí
- No olvides el lápiz
- ¿lápiz?, ¿para qué quiero un lápiz?
- Lo siento -sonrió- estoy durmiendo... no estoy pensando.

Y se apoyó en el marco de la puerta.

- No te duermas aquí... se te van a partir los labios.
- Ahhhh!! qué ordinario. Dime algo romántico.
- ¿Algo romántico a las siete de la mañana?
- ¿Me vas a extrañar?
- Está bien.
- Imbécil -me arregló el cuello de la camisa- ¿qué tienes que hacer exactamente?
- Llevar un paquete
- ¿Un paquete? -y sonrió con malicia- ¿de qué tamaño?
- Así de grande -puse su mano entre mis piernas- enorme.

Tomó mi manó, la llevó a sus muslos, se apretó contra mí y nos besamos con intención. De su cuello subía el aroma de sus senos. Me separé y le dije

- Ya, me tengo que ir

Y la dejé ahí, de pie, mirándome bajar la escalera.

A las seis de la mañana aparecieron los policías. Mis escoltas. Venían montados en un vehículo institucional. Parecían soldados de juguete. A uno de ellos lo había visto antes. Era un moreno con rostro salpicado de espinillas, pero sabía manejar bien su revólver y no dudaba si tenía que disparar. El otro era el factótum de turno; al que le tocó conducir aquel día. El plan era bien simple, me llevarían hasta la iglesia. Allí estaría el párroco dando la misa. Aprovecharíamos la procesión para sacar la carga. El alcalde se había comprometido con hombres que distribuirían la merca entre niños y mujeres. Luego, a esperar.

Subí al automóvil y nos pusimos en marcha. El conductor viró a la derecha y tomó rumbo hacia el oriente.

- ¿Quiere fumar? -preguntó Nolberto, el moreno de las espinillas.

Tomé un cigarrillo, lo encendí, aspiré profundo y lancé una bocanada de humo por la ventana. Las calles estaban adornadas con guirnaldas. Varios borrachines dormían bajo un árbol amontonados con sus perros. Éste era el Itaboraí que recordaba.

- ¿Cómo pasó la noche?
- Malditos zancudos; si no chillaran tanto antes de dar un bocado
- No son zancudos, son jerjeles.

No hubo más comentarios. Estaba pasando los minutos previos de angustia antes de finalizar un trabajo. El otro policía era un tipo rechoncho; en la nuca se le formaba un rollo de carne que sobresalía del cuello de la camisa. Parecía que lo hubieran encajado en el asiento y que nunca saldría de ahí. Aceleró y no se detuvo en el semáforo. Nolberto dijo

- ehhh...

Entonces sacó el arma y me apuntó.

- Recuéstese en el asiento.
- El alcalde sabe que...
- El alcalde, el alcalde... ese maricón no sabe nada.

Sabía que el alcalde podría hacerme la jugarreta, pero quién estaría detrás de esta pasada. Nolberto no era tan astuto. Dimos un par de vueltas y nos metimos en la carretera hacia el sur. El conductor no había pronunciado ninguna palabra. Entró por un camino adyacente no asfaltado. Nos sacudimos un poco porque no redujo la velocidad. Otros diez minutos así y luego se detuvo. Un tipo abrió la puerta desde afuera. Nolberto dijo con voz monótona

- Baje

Tendrán que matarme -pensé. Miré alrededor. Vi leña amontonada y varios bidones. Me van a quemar. Mi pobre fran. Se iba a enterar por las noticias. Debí decirle “te amo, mi cielo, mi luna, mi flor, mi hormiga” antes de bajar la escalera. Quizás nunca encontraran mi cuerpo. Ni siquiera podría llevarme flores al cementerio para mi cumpleaño. A ella le encantan los lirios.

Nolberto me auscultó

- Veamos qué tenemos por acá

Yo nunca llevaba armas encima.

- Está pelado -dijo. No encontró el dinero que tenía amarrado a los tobillos. 
 
El otro policía seguía en el automóvil. Abrió la puerta lentamente, puso un pie en el suelo, se acercó con una escopeta y le disparó a Nolberto por la espalda, a quemarropa. Un único y contundente disparo. El negro se desplomó como un saco de papas. Me apuntó y dijo con una mueca parecida a una sonrisa

- ¿Usted por qué no viene armado?

Sus ojos eran dos bolas negras que me miraban con ironía. Tenía el rostro mofletudo recién rasurado; sus labios gruesos y nariz ancha le daban un aire bobalicón. Hizo un gesto al otro tipo y luego se dirigió a mí

- Ayúdele, por favor.

Tomé los pies de Nolberto; curiosamente aun respiraba. Pesaba tanto como un cajón de clavos. Lo depositamos cerca de la zanja. El otro hombre puso manos a la obra armando una pira de madera; luego lo roció con bencina. El mofletudo preguntó

- ¿Cuántos kilos son?
- Cien
- ¿Quiénes iban en esta pasada?
- El párroco, su jefe de policía …. y el alcalde.
- Claro, se acercan las elecciones. Pero no queremos su reelección -sonrió.

Prendieron fuego. Nolberto intentó levantarse y chilló mientras las llamas le entraban por la boca.

- Usted váyase -dijo el bobalicón- esto tardará un par de horas.
- Pero y...
- Le recomiendo que no se acerque al pueblo, podrían estar buscándolo. Déjenos el resto a nosotros.

Primero caminé lentamente esperando el disparo. Luego corrí durante una hora hasta alcanzar la carretera. Me había quedado con el dinero de la merca. Tomé un bus y regresé a casa. Llegué a eso de las doce de la noche. Llovía. Francisca estaba trabajando en su tesis. Cuando me vio entrar sonrió. Me quedé de pie disfrutando su sonrisa como si la viera por primera vez en diez mil años. Iba a dar el primer paso para acercarme, pero ella exclamó

- ¡No! Sacúdete bien los pies antes de entrar

Tenía los zapatos embarrados. Me descalcé, tomé una ducha y luego nos metimos alegremente en la cama.

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