Encendí la luz de la habitación. Los
zancudos me observaban silenciosos; se habían dado un festín
durante la noche y reposaban satisfechos en las paredes. Tenía
ronchas en los brazos, en piernas y en el cuello. Aplasté otro y
dejé una mancha roja. La pared estaba salpicada de manchas de sangre
como una tela de arte moderno.
Me levanté a beber un poco de agua.
Era lo único fresco en esa casa. Sabía que la hepatitis era un
riesgo, pero la sed era más fuerte que el miedo.
La merca estaba sobre la mesa. Cien
kilos. El dinero dentro de mis zapatos. Eran las cinco treinta de la mañana; ya estaba amaneciendo.
Afuera los papagayos parloteaban su discurso matutino. Tendría que
atravesar la ciudad con la merca encima.
Dije en voz alta
- Francisca, Francisca...
Como un conjuro para espantar la
mala suerte. Dos días atrás nos habíamos despedido. Se levantó de mala gana y se puso mi suéter verde. Fue lo primero que encontró. No llevaba
nada debajo. Me acompañó hasta el umbral de la puerta. La rodeé
por la cintura y la besé en la frente. Estaba adormecida y me miró
con ojos entrecerrados; nos besamos en la boca y sentí su aliento pesado del amanecer. Balbució
- ¿Cuántas mudas llevas?
- Cuatro
- ¿desodorante, tu cepillo?
- Sí
- No olvides el lápiz
- ¿lápiz?, ¿para qué quiero un
lápiz?
- Lo siento -sonrió- estoy
durmiendo... no estoy pensando.
Y se apoyó en el marco de la puerta.
- No te duermas aquí... se te van a
partir los labios.
- Ahhhh!! qué ordinario. Dime algo
romántico.
- ¿Algo romántico a las siete de la
mañana?
- ¿Me vas a extrañar?
- Está bien.
- Imbécil -me arregló el cuello de la
camisa- ¿qué tienes que hacer exactamente?
- Llevar un paquete
- ¿Un paquete? -y sonrió con malicia-
¿de qué tamaño?
- Así de grande -puse su mano entre mis piernas- enorme.
Tomó mi manó, la llevó a sus muslos,
se apretó contra mí y nos besamos con intención. De su cuello subía el
aroma de sus senos. Me separé y le dije
- Ya, me tengo que ir
Y la dejé ahí, de pie, mirándome
bajar la escalera.
A las seis de la mañana aparecieron
los policías. Mis escoltas. Venían montados en un vehículo institucional. Parecían soldados de juguete. A uno de ellos lo había
visto antes. Era un moreno con rostro salpicado de espinillas,
pero sabía manejar bien su revólver y no dudaba si tenía que disparar. El otro era el
factótum de turno; al que le tocó conducir aquel día. El plan era
bien simple, me llevarían hasta la iglesia. Allí estaría el
párroco dando la misa. Aprovecharíamos la procesión para sacar la
carga. El alcalde se había comprometido con hombres que
distribuirían la merca entre niños y mujeres. Luego, a esperar.
Subí al automóvil y nos pusimos en
marcha. El conductor viró a la derecha y tomó rumbo hacia el
oriente.
- ¿Quiere fumar? -preguntó Nolberto,
el moreno de las espinillas.
Tomé un cigarrillo, lo encendí,
aspiré profundo y lancé una bocanada de humo por la ventana. Las
calles estaban adornadas con guirnaldas. Varios borrachines
dormían bajo un árbol amontonados con sus perros. Éste era el Itaboraí que recordaba.
- ¿Cómo pasó la noche?
- Malditos zancudos; si no chillaran
tanto antes de dar un bocado
- No son zancudos, son jerjeles.
No hubo más comentarios. Estaba pasando los
minutos previos de angustia antes de finalizar un trabajo. El otro
policía era un tipo rechoncho; en la nuca se le formaba un rollo de
carne que sobresalía del cuello de la camisa. Parecía que lo
hubieran encajado en el asiento y que nunca saldría de ahí. Aceleró y no se detuvo en el
semáforo. Nolberto dijo
- ehhh...
Entonces sacó el arma y me apuntó.
- Recuéstese en el asiento.
- El alcalde sabe que...
- El alcalde, el alcalde... ese maricón
no sabe nada.
Sabía que el alcalde podría hacerme
la jugarreta, pero quién estaría detrás de esta pasada. Nolberto
no era tan astuto. Dimos un par de vueltas y nos metimos en la
carretera hacia el sur. El conductor no había pronunciado ninguna
palabra. Entró por un camino adyacente no asfaltado. Nos sacudimos
un poco porque no redujo la velocidad. Otros diez minutos así y
luego se detuvo. Un tipo abrió la puerta desde afuera. Nolberto
dijo con voz monótona
- Baje
Tendrán que matarme -pensé. Miré
alrededor. Vi leña amontonada y varios bidones. Me van a quemar.
Mi pobre fran. Se iba a enterar por las
noticias. Debí decirle “te amo, mi cielo, mi luna, mi flor, mi hormiga”
antes de bajar la escalera. Quizás nunca encontraran mi cuerpo. Ni siquiera podría
llevarme flores al cementerio para mi cumpleaño. A ella le encantan
los lirios.
Nolberto me auscultó
- Veamos qué tenemos por acá
Yo nunca llevaba armas encima.
- Está pelado -dijo. No encontró el dinero que tenía amarrado a los tobillos.
El otro policía seguía en el
automóvil. Abrió la puerta lentamente, puso un pie en el suelo, se
acercó con una escopeta y le disparó a Nolberto por la espalda, a
quemarropa. Un único y contundente disparo. El negro se desplomó como
un saco de papas. Me apuntó y dijo con una mueca parecida a una sonrisa
- ¿Usted por qué no viene armado?
Sus ojos eran dos bolas negras que me
miraban con ironía. Tenía el rostro mofletudo recién rasurado; sus
labios gruesos y nariz ancha le daban un aire bobalicón.
Hizo un gesto al otro tipo y luego se dirigió a mí
- Ayúdele, por favor.
Tomé los pies de Nolberto;
curiosamente aun respiraba. Pesaba tanto como un cajón de clavos. Lo
depositamos cerca de la zanja. El otro hombre puso manos a la obra
armando una pira de madera; luego lo roció con bencina. El
mofletudo preguntó
- ¿Cuántos kilos son?
- Cien
- ¿Quiénes iban en esta pasada?
- El párroco, su jefe de policía ….
y el alcalde.
- Claro, se acercan las elecciones. Pero no
queremos su reelección -sonrió.
Prendieron fuego. Nolberto intentó
levantarse y chilló mientras las llamas le entraban por la boca.
- Usted váyase -dijo el bobalicón-
esto tardará un par de horas.
- Pero y...
- Le recomiendo que no se acerque al
pueblo, podrían estar buscándolo. Déjenos el resto a nosotros.
Primero caminé lentamente esperando
el disparo. Luego corrí durante una hora hasta alcanzar la
carretera. Me había quedado con el dinero de la merca. Tomé un bus
y regresé a casa. Llegué a eso de las doce de la noche. Llovía.
Francisca estaba trabajando en su tesis. Cuando me vio entrar
sonrió. Me quedé de pie disfrutando su sonrisa como si la viera por
primera vez en diez mil años. Iba a dar el primer paso para
acercarme, pero ella exclamó
- ¡No! Sacúdete bien los pies antes de
entrar
Tenía los zapatos embarrados. Me
descalcé, tomé una ducha y luego nos metimos alegremente en la
cama.
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