Aquella mañana los pacientes no
paraban de llegar. Primero un hombre gordo al que le dolía
una muela. Tuvo dificultades para acomodarse en la
silla. Trabajé lo mejor que pude soportando su agitada respiración, el vaho que despedía su cuerpo y las gotas de sudor que se deslizaban
por su cara.
Luego una mujer no tan joven que vestía
minifalda. Tenía enormes tetas. "Solterona sexy chapada a la atigua is detected" -pensé. Su perfume dulzón se me introdujo en
la nariz como un chorro de agua.
Más tarde un maldito pendejo inquieto. Tardé un siglo en ponerle anestesia.
En la sala de al lado trabajaba Fernanda. Acababa de egresar de la facultad. Veintiseis dulces años. La mejor de su generación. Premio
universidad y todo el rollo. Bajita, pálida, cabello castaño
oscuro ondulado, y una sonrisa casi perfecta. Quiero decir, su sonrisa era perfecta, pero siempre que terminaba de sonreír hacía un gesto con los labios parecido a un sarcasmo. Tenía sonrisa sardónica; pero yo pensaba que se burlaba de mí, o que era
un poco amargada.
De cualquier modo, Fernanda era apasionada por su trabajo. Se movía como ardilla nerviosa por todos los rincones de su jaula."Toda escoba nueva barre bien", decía mi madre. Tenía un novio joven y musculoso que la recogía una vez por semana. El tipo aparecía en la clínica hablando por teléfono; siempre ocupado, siempre acelerado. Saludaba a todo el mundo con la misma sonrisa y se la llevaba por ahí para echarle un polvo de cinco minutos.
Casi todos los días, cuando se desocupaba, se detenía en el umbral de la
puerta de mi consulta y me hablaba desde ahí. Generalmente para hacerme sugerencias o
correcciones. Decía cosas como
- Doctor, creo que mejor utiliza un
arco 0,8
O cosas como
- Doctor, primero debe palpar la encía
antes de pinchar con la aguja.
A mi no me molestaban sus observaciones. A veces la ignoraba por completo y en otras ocasiones le devolvía una
sonrisa. De cualquier modo, me resultaba agradable verla ahí, de pie, coqueteándome a su manera.
Muchas veces había pensado
invitarla a salir, pero no me atrevía. Sin embargo, esa tarde, se detuvo
como de costumbre en el umbral de la puerta y me lanzó
- Estoy tremendamente agotada.
Paré las antenas. Hasta ese momento nunca había
declarado algo personal.
- Tiene que relajarse doctora
- Sí, necesito relajarme un poco, ¿conoce algún lugar dónde relajarse,
doctor?
- Conozco muchos, doctora
Y se devolvió a su jaula.
Sé que mi asistente olfateó todo el
asunto. Salimos de la clínica juntos y la llevé a un antro a beber cerveza artesanal. Al cabo de un par de copas nos fuimos a mi departamento. Puse música, descorché una botella de blanco bien frío. Se quitó sus zapatos y se recostó en el sillón. Cogió uno de mis libros
- No sabía que te gustaba leer a Sófocles
- ¿Qué sabe usted de mí, doctora?
Preparé algo rápido de comer. Pastas con salsa roquefort. Me senté en el suelo frente a ella y comimos. Bajamos la botella de vino y abrí la siguiente
- Wow, me gusta tu ambiente. Desordenado, pero me gusta -estaba medio borracha.
Había programado los grandes éxitos de Chet Baker. Me miró significativamente y nos besamos.
Siguiente escena. Estábamos metidos en la cama, desnudos. Yo besaba sus hombros por la espalda, su cuello, y me embriagaba con el aroma de su cabello. Ella estaba despertando
- ¿Qué hora es?
No respondí. Continué besando su espalda, acariciando sus senos. Pero ella insistió
- ¿Qué hora es? Me tengo que ir
- ¿Por qué no te quedas, preciosa? ¿para qué te vas a ir?
Se incorporó y entró al baño. La oí hacer esfuerzos para mear como una dama, pero el chorro resonó con impertinencia. Tiró la cadena, carraspeó, abrió la llave del lavamanos y salió desnuda, tal como había entrado
- ¿Dónde está mi ropa? -preguntó toda seria
Sus prendas estaban desperdigadas por la habitación, confundiéndose con mi ropa sucia, mis zapatos, mis libros, mis apuntes, mis ideas y todo lo que formaba parte de mi vida cotidiana. Encendí la luz y la ayudé a buscar. Encontró sus calzones, sus sostenes y sus jeans.
- Supongo que no tendrás ninguna enfermedad, ¿verdad? Nada de lo que me deba enterar -comentó.
Lo habíamos hecho sin condón.
- ¿Y tú?
- Yo tengo pareja estable. Primera vez que hago algo así.
Me encogí de hombros y respondí soportando la puñalada
- Igual que yo.
La llevé hasta su casa y se despidió friamente con un beso en la mejilla.
Desde entonces no volvió a detenerse en el umbral de mi puerta para hacer bromas o comentarios.
Me hubiera gustado decirle que extrañaba su actitud alegre y juvenil, pero no tuve oportunidad de hacerlo.
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